Capítulo 35
Cata
Salgo de la casa de mis padres a zancadas con Ozzy pisándome los talones.
Por suerte, mi padre, Unai y el Innombrable quedaron en ir a su piso para arreglar unas cosas, lo que me da vía libre para desaparecer sin dar explicaciones.
Necesito espacio para grabarme a fuego en el cerebro que entre el robot corporativo y yo no puede pasar nada. Cero.
No solo porque me está haciendo sentir cosas que descolocan mi brújula interna y paso olímpicamente de que vuelva a hacerme tanto daño otra vez.
Meternos ahí supondría activar una bomba de relojería.
Mis padres son lo más parecido a figuras parentales que ha tenido, y Unai es su hermano de sangre elegida.
No puedo ser tan egoísta como para enredarme en un lío monumental que, si sale mal —y conmigo siempre lo hace—, termine explotándole en la cara y dejándolo sin el único apoyo que conoce.
Soy impulsiva por naturaleza, destructiva a ratos, pero jugar con la gente que quiero es cruzar una línea demasiado peligrosa hasta para mí.
Sí, has leído bien, he dicho «quiero». Tampoco te lo tomes a la tremenda ni pongas esa cara.
Aunque me caiga mal —cosa que, por desgracia, ha cambiado un poco y me está tocando las narices de mala manera—, Fran forma parte de la familia desde hace años y sería una ingenua si dijera que no le tengo afecto.
Solo que no del modo que piensas. No. Esa forma de querer quedó atrás, bien enterrada bajo tierra firme hace mucho tiempo, y no va a volver a pasar.
Necesito aire, mucho aire, y sobre todo a mi círculo de confianza para vaciar el cargador de la ansiedad.
Saco el móvil de camino al coche y lanzo un SOS colectivo al grupo de WhatsApp.
Ana responde al segundo para decir que está atrapada en su propio caos logístico con Isaac, y Leire me manda un audio donde de fondo se escuchan los gritos de las niñas peleando.
La única disponible es Blanca, que me avisa que acaba de aparcar cerca del rastro que montan los domingos en la plaza vieja, un rincón lleno de antigüedades, ropa de segunda mano con olor a naftalina y reliquias de otra época.
Quedamos en la esquina de la iglesia, al lado del puesto de las cámaras de fotos analógicas.
Llego en tiempo récord y los dioses del asfalto hoy deciden darme una tregua porque encuentro un hueco milagroso para aparcar a la primera vuelta.
Cruzo la entrada del rastro con Ozzy bien sujeto y diviso a Blanca entre la multitud.
Es que resulta imposible no verla, de verdad.
La tía destaca en medio de los expositores de madera mugrientos con esa elegancia innata que te hace dudar de si ha nacido en el mismo planeta que el resto de los mortales, vestida con unos pantalones anchos de lino y un jersey fino que parece recién sacado de una sesión de fotos para una revista de moda parisina.
Me planto detrás de ella en el momento en que examina unos marcos de madera tallada que descansan sobre una mesa coja y le tapo los ojos.
El bufido de Ozzy elimina el factor sorpresa.
—Solo quiero que sepas que tengo una bolsa negra y una pala en el maletero, por si al demonio que tienes por perro se le ocurre mearme encima.
Suelto una carcajada y retiro la mano para dejar que se gire. Después de un abrazo, nos ponemos en marcha, arrastradas por la corriente de gente que avanza entre alfombras y lámparas de araña desmontadas.
—Necesito encontrar unos apliques de bronce auténticos para el pasillo del piso de unos nuevos clientes. —Se aparta un mechón de pelo de la cara antes de examinar una caja llena de pomos de puerta oxidados—. El minimalismo está bien, pero un toque clásico aporta solidez.
—Tú busca tranquila, que yo hago de guardaespaldas oficial. —Dejo a Ozzy en el suelo y me subo la cremallera de la chaqueta hasta arriba—. ¿Cómo va la idea de montar el estudio?
—Ni me hables de ese tema. —El tintineo del metal al dejar caer el pomo de latón acompaña sus palabras—. Tuve una discusión horrible con Damián ayer y tengo el asunto atragantado. Si abro la boca ahora mismo, puede que me ponga a llorar.
—No voy a presionarte para que sueltes prenda.
—Le doy un ligero apretón—. Ya sabes que, si necesitas desahogarte, gritarle al cielo o cagarte en todo lo que se menea, me tienes aquí a tu entera disposición.
Podemos comprar un jarrón horrible de porcelana y estamparlo contra el suelo para liberar tensiones.
—Me guardo el comodín del jarrón para más adelante —dice, esquivando a una pareja que discute por el precio de un sifón antiguo—. Cambiando de tercio, ¿qué tal va Unai?
—Mejor de lo que esperaba. Se pasa el día quejándose por vicio.
—¿Y la convivencia con el Innombrable?
—Ya se ha mudado a su piso y no tengo que soportar su presencia. Libre al fin.
Se detiene frente a un expositor de vinilos, se gira despacio hacia mí y me estudia.
—Es una excelente noticia para ti, ¿no?
Maldito radar de mejor amiga. Me acerco a una de las cajas y ojeo los discos.
—Sí, estupenda. —Cojo un ejemplar de Deep Purple que ya tengo.
Cuento los segundos porque sé lo que viene.
—Algún día vas a tener que explicarnos con pelos y señales el motivo real de ese mote. Llevas años tratándolo como si fuera el mismísimo Voldemort y nunca nos has contado la historia completa de cómo llegó a convertirse en el villano oficial de tu biografía.
Devuelvo el disco a su lugar y continúo la búsqueda para evitar mirarla.
—A veces, sobre todo ahora que me ha tocado compartir techo con él y ver su faceta más humana, me parece una soberana tontería y pienso que debería pasar página de una maldita vez.
Pero al bajar la guardia, vuelve a ser la persona fría y calculadora que tanto daño me hizo en el pasado y se me pasa la tontería. Es superior a mis fuerzas.
—El rencor acumulado es un equipaje demasiado pesado. No lleva a ninguna parte y solo te termina desgastando a ti.
—Tienes toda la razón del mundo, yo soy la primera que detesta guardar cuentas pendientes y, por norma general, no lo hago, lo sabes.
—Le entrego al vendedor uno de Black Sabbath y rebusco en el bolso—.
El problema es que ese tío tiene el superpoder de despertar lo peor que llevo dentro y no lo puedo evitar. Saca mi versión más desquiciada.
Acepto el cambio y la bolsa con mi compra. A mi lado, Blanca toma aire, dispuesta a rebatir mi teoría cuando una voz con un marcado acento inglés sobresale por encima del bullicio.
—¿Cata?
Me doy la vuelta despacio, convencida de que es una alucinación y de que el fantasma de mi pasado universitario que me sonríe no es de carne y hueso.
—Eres Catalina, ¿no?
Hace dos décadas que no veo esa sonrisa.
—¿Sean?
Asiente con un ligero movimiento de cabeza. Rompo la distancia de un salto y me cuelgo de su cuello en un abrazo que él me devuelve al instante, levantándome unos centímetros del suelo.
—Madre mía, no me lo puedo creer —digo en cuanto los pies vuelven a tocar el asfalto, apartando las manos de sus hombros para mirarlo bien—. ¿Qué haces aquí?
—Me sigue gustando buscar tesoros viejos los domingos —responde con ese acento del norte de Inglaterra que tanto me hacía reír en la universidad—. Veo que a ti tampoco se te ha quitado la costumbre.
—Oye, un respeto, que acabo de agenciarme una joya de Black Sabbath. —Le enseño la bolsa de plástico con orgullo—. ¿Estás de vacaciones?
—Algo así. He venido para una entrevista de trabajo.
Un carraspeo a mi lado me devuelve a la realidad.
—Perdona, ella es Blanca. Y él es Sean, un antiguo… amigo —digo al tiempo que él dice «novio».
—Oh, vaya —suelta Blanca con la mano extendida—. Tú eres «ese» novio.
Mientras se saludan, él desvía esos ojos verdes llenos de arrugas de expresión hacia mí con un brillo de absoluta diversión. Yo le pego un codazo disimulado a mi amiga para que cierre el pico.
—Por lo que más quieras, no me avergüences.
—No te preocupes, me alegra saber que el recuerdo no era tan malo —interviene Sean antes de mirar hacia el suelo.
Ozzy ha decidido reclamar su dosis de protagonismo y le raspa la pierna con las patas delanteras. Mi ex se agacha, lo alza en vilo con esas manos enormes y lo sostiene a la altura del pecho.
—¿Y quién es este caballero andante?
—Se llama Ozzy.
—Tendría que haber adivinado el nombre. Le queda perfecto.
—No he cambiado tanto, Brooks.
—Se ve que mi debilidad por ti tampoco —responde él con una media sonrisa después de dejar a Ozzy en el suelo—. Por eso me encantaría que quedáramos un día de estos para charlar con calma, tomarnos un café y ponernos al día como es debido. Han pasado demasiados años.
—Sí, claro, me parece una idea fantástica. —Saco el móvil a toda prisa por si al fantasma le da por esfumarse.
Intercambiamos los números, dictando los dígitos entre el bullicio, y se despide con dos besos suaves en las mejillas y la promesa firme de llamarme esta semana para vernos.
—Bueno, bueno, bueno. —Blanca me agarra del brazo en cuanto lo perdemos de vista—. Jamás me habría imaginado que el famoso Sean de la etapa universitaria fuera así.
Le pego un golpe flojo en el hombro, incapaz de borrar la sonrisa boba que se me ha quedado instalada en la cara.
—A ver, es que ahora está muchísimo más bueno que antes, las cosas como son.
—¿Él es el que se tuvo que marchar a Reino Unido porque la madre enfermó?
Blanca tira de mí hacia otro puesto.
—El mismo.
—¿Y de verdad no mantuvisteis el contacto en todo este tiempo?
—Preferimos que no —confieso, esquivando a un niño con un helado—. Lo intentamos al principio, nos mandábamos correos y hacíamos llamadas eternas por Skype, pero la distancia se volvió una tortura. Dolía demasiado, así que decidimos cortar.
—¿Y lo vas a llamar para quedar o vas a aplicar tu táctica habitual de esperar sentada?
Me lo pienso durante unos segundos.
—Voy a darle un voto de confianza y esperar unos días a ver si mueve ficha él primero.
Blanca empieza a rebuscar entre los objetos expuestos, aunque tiene esa cara de póker que delata que se está mordiendo la lengua para no soltar lo que piensa.
—Dilo ya —insto.
—¿Es por él que tienes el listón tan alto y ninguno de los tíos da la talla?
—A ver, primero: con mis conquistas pasadas estoy segura de que puedo rellenar un catálogo de tíos raros bastante más gordo que el de Ikea. Y segundo... sí, es él.
—Entre él y Víctor te jodieron de lo lindo —suelta a bocajarro.
Escuchar ese nombre me sienta como una patada directa en el estómago. Que mencione a la persona que más daño me ha hecho, el causante de que me costara años superar un pozo de inseguridades del tamaño de un camión, me jode bastante. Disimulo la mueca de dolor.
—No te olvides del Innombrable, que ese también tiene su buena parte de culpa en mi currículum de desastres amorosos.
—¿De verdad no quieres contarme por qué?
—Buen intento, bonita.
—Tenía que probar suerte. —Me guiña un ojo y vuelve a centrar toda su atención en un aplique de luz idéntico al que tenía mi abuela en el salón.