Capítulo 34
Fran
Contemplo la fachada de la casa unifamiliar a través del parabrisas. Estas paredes guardan los únicos recuerdos de infancia que merecen la pena, los que construí con Unai lejos de la frialdad del bloque de pisos donde vivía con mi padre.
Sujeto la botella de vino por el cuello y avanzo por el camino de baldosas del jardín delantero.
Pulso el timbre de latón y espero con una rigidez absurda para alguien que acude a un almuerzo familiar.
El clic de la cerradura interrumpe mis pensamientos y la puerta se abre para desvelar a la única persona que de verdad me preocupaba encontrar hoy.
Me congelo a medio saludo. No he vuelto a cruzarme con Catalina desde la noche de su cita, que fue un desastre absoluto según el informe detallado que Unai me facilitó por teléfono ayer por la tarde.
Mi torpe acercamiento choca con su inclinación de cabeza.
Tras un instante de indecisión, resolvemos el saludo con dos besos breves en las mejillas, un contacto distante donde apenas llego a percibir su perfume antes de restablecer la distancia de seguridad.
—¡Cata, trae limones de la despensa! —La voz potente de Iratxe llega desde el fondo del pasillo.
Desvía la mirada hacia atrás, suelta un resoplido y vuelve a fijar sus ojos oscuros en mí.
—Su majestad el rey Unai de los caídos cojos ocupa el sofá.
Me quita el vino y se marcha sin esperar respuesta.
Cuelgo el abrigo y me asomo al salón. El volumen del televisor compite con las quejas dramáticas de mi mejor amigo, que permanece sepultado entre cojines con la pierna escayolada en el puf central, mientras Mikel ocupa el sillón individual de masajes, gobernando el mando a distancia con la atención en el informativo del mediodía.
—Por fin llegó el refuerzo. —Extiende el brazo para chocar los cinco—. Llevo dos horas soportando las tertulias políticas de mi padre y el olor del sofrito sin que nadie me traiga una triste aceituna.
—La inactividad prolongada altera tu percepción del tiempo —respondo antes de saludar a Mikel, que señala hacia la cocina con el dedo pulgar.
—Ve a reportarte con la jefa.
El vapor de las cazuelas y el bullicio rítmico del cuchillo contra la tabla de cortar saturan el ambiente. Iratxe vigila el estado de una olla gigante de la que escapa el aroma a carne asada.
—Buenas. —Me detengo en la entrada para no interferir—. ¿Puedo ayudar en algo?
La mujer me planta un beso ruidoso en cada mejilla y me señala con la cuchara de madera los platos de loza.
—Justo a tiempo. Coge la vajilla y termina de poner la mesa en el comedor.
Acomodo el último tenedor alineado a la perfección con el borde del mantel cuando se da la orden de ocupar los puestos. La fachada de indiferencia se me desmorona en el instante en que Catalina se sienta frente a mí.
—Tienes cara de no haber probado bocado en meses. —Iratxe sirve un generoso cucharón extra en el plato antes de tendérmelo—. En Estocolmo te alimentarías de arenques y aire, pero aquí vas a recuperar el color.
Mikel me guiña un ojo desde la cabecera de la mesa.
—Venga ya, ama , si Fran está cuadrado. —Unai me apunta con el tenedor y Catalina se atraganta con el agua—. ¿No sabes beber o te intriga saber si tengo razón?
Ella se limpia los labios con la servilleta.
—Lo vi con solo una toalla el día del corte de agua. Sé que está cuadrado. Lo que no sabía era que tú también te habías fijado en la anatomía de tu amigo. —Acomoda la tela sobre el regazo—. Deberías disimular un poco el interés.
—No hace falta que me atraiga un tío para reconocer que tiene una estructura física trabajada —responde él antes de llevarse el tenedor a la boca.
Iratxe pasea la mirada de su hijo a mí.
—Pues qué queréis que os diga, haríais una pareja estupenda.
Esta vez somos Unai y yo los que sufrimos un amago de asfixia simultáneo con la comida. Catalina se inclina hacia delante con esa jodida sonrisa de superioridad.
—¿No sabéis beber o es que os intriga saber quién de los dos va a dar el primer paso en lo vuestro?
Por suerte, Mikel reconduce la conversación hacia un terreno más seguro y el almuerzo transcurre con relativa normalidad.
Hablamos de los plazos de la rehabilitación de Unai, cuyos ligamentos parecen evolucionar según las previsiones médicas más optimistas, y las fechas para el regreso de Catalina a la oficina.
Mikel aprovecha para ponernos al día sobre los avances del navío del siglo XVIII, detallando el barnizado del casco con la misma precisión con la que un ingeniero describe una turbina.
Al terminar, el protocolo de sobremesa se activa de manera automática.
—Cata, ve preparando el café —ordena Iratxe al volver con la bandeja de los dulces—. Y tú, Fran, pon el lavavajillas.
Al entrar en la cocina con la pila de platos sucios, Catalina está de espaldas, estirada hacia el armario superior para alcanzar el paquete con el que rellenar el azucarero.
Dejo los platos en el fregadero y me acerco por detrás para cogerlo por ella, pero en cuanto su culo roza mi entrepierna, todos los sistemas de alarma se disparan.
Ha sido un error de cálculo monumental.
—¿Qué coño haces? —pregunta en un susurro.
—Ayudarte —respondo con la voz ronca antes de dejar el paquete en la encimera.
La lógica dicta que debería dar un paso hacia atrás y alejar el otro paquete de su precioso trasero; sin embargo, el cuerpo no me responde. Apoya las palmas en el granito y, al exhalar, los hombros se le hunden.
—Esto no está bien.
—No, no lo está —coincido, colocando las manos en su cintura.
Ladea la cabeza hacia la izquierda.
—Deberías retroceder.
—Debería.
Deja caer todo el peso de su cuerpo y la rodeo para estrecharla contra mí. Cuando le rozo la piel del cuello con los labios, la voz de Mikel me interrumpe.
—¡Cata, no te olvides de que el mío tiene que ser descafeinado!
Retrocedo de un salto y Catalina da otro hacia el lado opuesto con tan mala suerte que se golpea la frente contra la puerta abierta del armario.
—Al menos esta vez no es mi nariz —digo, conteniendo la risa.
Ella se gira, frotándose la zona y me fulmina con la mirada.