Capítulo 33
Fran
Corto la cinta marrón con un trazo limpio y extraigo el primer fajo de carpetas con etiquetas impresas en la tipografía de siempre, archivadas por orden cronológico.
Debajo de la papelería corporativa aparecen los manuales de macroeconomía avanzada, los tomos de finanzas internacionales de tapa dura y unas cuantas decoraciones minimalistas que en su día compusieron la estampa perfecta de mi despacho en Estocolmo.
Todo está catalogado a la perfección, respondiendo a una lógica previsible que debería transmitirme una absoluta tranquilidad.
Aun así, la estancia, dominada por paredes desnudas y la luz que se filtra a través de los ventanales, huele a pintura fresca y a vacío, convirtiéndose en un escenario demasiado aséptico donde el eco de mis propios movimientos resuena con una insistencia molesta.
Después de dejar las carpetas sobre la mesa de escritorio, acomodo los libros en las estanterías de la habitación que pasará a convertirse en despacho.
Esta tarea mecánica debería ser idónea para vaciar la mente; sin embargo, hoy resulta inútil.
Vuelvo a la noche del jueves. Ver a Catalina bajar las escaleras con esa falda de cuero negro y la blusa de seda me alteró, y que se marchara del brazo de aquel sujeto estereotipado me dejó con un nudo en el estómago que duró toda la velada.
Por supuesto, la incomodidad respondía a mi sentido de la responsabilidad de velar por la seguridad de las personas de mi entorno frente a un completo desconocido.
Bloquear la entrada con los hombros no figurará en la lista de mis mejores maniobras tácticas, pero el cuerpo actuó por puro impulso.
Unai, en cambio, se mantuvo impertérrito en el sofá.
Su pasividad me resultó exasperante. Es una temeridad irse a cenar con un desconocido.
Nadie debería subirse al coche de un tío del que no sabes nada.
Podría ser un perturbado. Soy consciente de que el argumento suena exagerado.
Pasar tanto tiempo con Catalina ha terminado por pegarme parte de su drama y hace que la racionalidad que tanto he cultivado se vaya de paseo.
Jamás habría admitido que me hace gracia, y mucho menos que me gusta, comprobar hasta qué punto su influencia ha calado en mí. He de admitir que disfruté de cada minuto del tiempo compartido con ella, de esa distorsión de mi rutina que ahora hasta echo de menos.
Si bien me sorprendió cuando decidió terminar con nuestro acuerdo, tiene razón.
Cumplió su función durante las semanas de convivencia.
El pacto ha expirado. Lo más sensato es pasar página, archivar el expediente y continuar con la agenda prevista.
Que la perspectiva de imaginarla saliendo con hombres mediocres desate en mí una respuesta incómoda responde solo a mi preocupación por la hermana de mi mejor amigo.
Al fin y al cabo, la de Unai es la única familia real que he conocido.
Me sobresalto cuando el timbre resuena en la casa vacía. Dejo el libro sobre el estante. No tengo conocidos en la ciudad que sepan mi nueva dirección, y el único con derecho a presentarse sin avisar es Unai, que con la pierna rota lo más lejos que llega es a la cocina.
El visor del portero electrónico parpadea antes de mostrar la silueta que aguarda en el portal. Luego de pulsar el botón de apertura, abro y me apoyo en el marco. En cuanto el ascensor se abre, Mikel aparece cargado con una bolsa térmica gigante.
Entra en el recibidor sin esperar invitación, me propina una palmada en la espalda que me desplaza varios centímetros hacia delante y pasea la vista por el techo y las molduras del pasillo.
Avanza directo hacia la cocina americana, donde comienza a apilar sobre la encimera de granito una torre imponente de táper de plástico de todos los tamaños.
—Iratxe te manda esto para que no te alimentes a base de precocinados estos primeros días. Hay croquetas, albóndigas y un guisado que resucita a un muerto. Dice que, si no le devuelves los recipientes limpios mañana en el almuerzo familiar, te vuelvas a Suecia.
Contengo la sonrisa cuando abre los armarios de la cocina y prueba la presión del grifo. Posee el mismo superpoder que Unai para invadir el espacio ajeno sin resultar molesto.
—La pintura está bien dada, pero a esa junta de la encimera le falta silicona. Si quieres, el domingo después de la comida traigo la pistola y lo liquidamos en cinco minutos.
Abro la nevera, vacía a excepción de un pack de cervezas. Le tiendo una sin preguntar, destapo la mía y nos apoyamos en la barra de granito para compartir un silencio cómodo.
—¿Cómo va la adaptación al nuevo puesto? —pregunta después de varios tragos.
—Bien. Hubo algunos desajustes al principio, pero la situación está encaminada.
—Me alegro. Eres un profesional brillante, Fran. Estamos muy orgullosos de ti. Solo no olvides que el trabajo no lo es todo; hay que disfrutar de la vida. Yo no lo aprendí hasta que me jubilé. Espero que vosotros lo entendáis mucho antes para no perder tantos años por el camino.
Que me incluya en la ecuación me encoge el estómago. Desvío la atención hacia sus aficiones para recuperar el control.
—¿Cómo van las maquetas de barcos?
Suelta una carcajada.
—No me creo que ninguno de mis hijos te advirtiera de que jamás debes preguntar por los barcos si valoras tu tiempo libre. Ahora no te librarás de mí.
—No me importa.
La advertencia resulta ser muy acertada. Los siguientes treinta minutos transcurren entre explicaciones detalladas sobre técnicas de ensamblaje, tipos de madera para el casco, planos históricos de navíos del siglo XVIII y la paciencia que requiere cada pieza.
El monólogo es interrumpido por el teléfono de Mikel. Responde con un resoplido y cuelga tras un par de confirmaciones.
—Tengo que marcharme, debo pasar por el supermercado.
Espero acordarme de todo; no sé cómo lo hago, pero siempre me falta algo.
—Deja el botellín en la encimera y, al llegar al umbral, se gira—.
Hazle caso a lo de los envases. El lunes me tocará a mí sufrir el interrogatorio si falta un puñetero plástico azul.
Ha etiquetado las croquetas por fechas; esa mujer está perdiendo el norte.
—Me propina otro golpe afectuoso en el brazo, fijando los ojos en los míos—.
A ella le hace feliz saber que comes bien.
Ya sabes cómo se pone si piensa que uno de sus chicos pasa hambre.
Me cuesta tragar después de ese «uno de sus chicos».
—Mañana te quiero ver en la mesa. Iratxe ya compró el doble de carne pensando en ti —dice desde el ascensor, apuntándome con el dedo.
Las puertas se cierran, devolviéndome a la soledad.
Una vez en la cocina, destapo uno de los recipientes y el aroma de la comida casera me arranca una sonrisa.
Estoy integrado en el núcleo de esa familia hasta unos límites que se me escapan y la variable de Catalina se ha convertido en una anomalía de alto riesgo que amenaza con desestabilizar la estructura.