Capítulo 32
Cata
Necesitaba contarles el numerito de la noche anterior a las chicas.
Sobre todo, porque al regresar a casa de madrugada me tocó marcarme otra actuación digna de los premios de la Academia.
Unai y Francisco seguían en el sofá, y mi hermano, bendita sea su curiosidad insaciable, me acribilló a preguntas sobre Carlos.
Sostener la mentira de que había sido la velada más romántica de la década me costó un desgaste mental absoluto, así que soltar aquí lo del cilantro y el dedo en el ojo funciona como una purga necesaria.
No es solo para hacerlas reír, sino para levantar un muro de contención que me impida pensar en lo que de verdad me quema por dentro: que el despacho de casa ahora mismo está vacío y que Francisco debe estar trasladando sus cosas en este preciso instante.
Por suerte, el relato de Ana sobre el escritorcito me ha servido de escudo protector. Cuando el camarero deposita los platos de calamares calientes sobre la mesa de madera, el móvil vibra con insistencia en el bolsillo del vaquero. Desbloqueo la pantalla y leo el mensaje que acaba de llegar.
Trollkvinna
Cielo, ¿quieres quedar?
Aprovecho el subidón que nos han dejado las risas.
—Escuchad, ¿os importa si viene una amiga? Es sueca, se asemeja bastante a una elfa de El Señor de los Anillos y necesita que la adoptemos.
Ana entrecierra los ojos, pero Leire y Blanca se apresuran a dar el visto bueno. Sin dar espacio a que nadie se arrepienta del impulso, le envío la ubicación.
Delilah no tarda ni quince minutos en aparecer por la puerta del bar y se gana a mis amigas en lo que dura un parpadeo.
Bueno, a todas menos a Ana. Por mucho que Isaac haya logrado traspasar su muralla de hielo, no significa que ahora vaya por la vida repartiendo abrazos gratis.
Me arrepiento de no haber tenido el móvil listo para inmortalizar la cara que se le pone en cuanto la sueca le asegura que tiene el aura de color rosa y que le encantaría darle un abrazo para sellar la canalización del amor.
—No necesito que me selles nada, gracias —responde Ana—. Y ni te plantees abrazarme a menos que quieras ver cómo mi aura se vuelve negra. Yo que tú guardaría la distancia social.
Leire se ríe y pincha un calamar.
—No te lo tomes como algo personal, Delilah —la tranquiliza.
—Ana viene así de fábrica. No es por la edad, es su estado natural —agrego.
—Oye, un respeto —salta Ana y le da un sorbo al vermut—. Que solo tengo cuarenta y cinco años y no soy borde. Solo soy selectiva.
—Igual la edad influye. —Blanca le ofrece las bravas a Delilah—. Yo noto el cambio en el nivel de tolerancia. La paciencia se va reduciendo para dejar sitio a cosas que aporten estabilidad. Es evolución natural.
Leire le hace señas al camarero para que traiga otra ronda.
—Llega un punto en el que el filtro de la cortesía obligatoria se rompe para siempre. El pudor social cotiza a la baja cuando maduras.
—Exacto. Con los años una aprende por fin el arte de mandar a la mierda lo que no aporta —añado, ganándome un asentimiento colectivo—. Antes pasabas por el aro por pura educación, tragándote un camión de situaciones incómodas solo por no quedar como la mala de la película.
—Es que las malas de las películas están muy incomprendidas, almas bellas —interviene por primera vez Delilah—.
Si os fijáis, en los cuentos infantiles siempre responden al mismo patrón: una bruja de mediana edad.
Una mujer madura que ha aprendido a decir que no, a salirse del camino marcado y a proteger su energía sin rendir cuentas a nadie.
Las llaman malvadas porque asustan a los que no entienden su poder.
Me quedo quieta con el palillo a mitad de camino.
—Pues qué queréis que os diga, aquí tenemos un catálogo de villanas Disney que ya lo quisiera Hollywood para su próximo taquillazo.
—Recorro con la mirada el rostro de las cuatro mujeres que tengo delante y esbozo una sonrisa—.
A ver, Ana es Maléfica de manual. Elegante, imponente y vive rodeada de espinas.
Eso sí, en el fondo es pura fachada porque esconde un corazoncito de oro.
—Me halagas.
—Blanca es la madrastra de Cenicienta, Lady Tremaine —continúo—.
Es esa presencia sofisticada de compostura impecable.
Le basta con una mirada gélida para imponer orden en cualquier habitación y, cuando todo el mundo a su alrededor pierde los papeles, ella es la única que mantiene la cabeza fría. Aporta sensatez, equilibrio y calma.
—Leire, por supuesto, es Úrsula. Es la jefa del cotarro, la mujer que maneja los hilos del universo, la que te hace firmar contratos con letra pequeña mientras te soluciona la vida con un liderazgo natural implacable.
Te envuelve con sus tentáculos organizativos y no sabes por dónde te ha venido el golpe.
Me giro hacia Delilah y la señalo con el dedo.
—Y tú eres Yzma, la de El emperador y sus locuras .
Esa científica espiritual que vive en un laboratorio secreto lleno de extractos de plantas, pócimas de colores y esencias extrañas.
Cambias el palacio inca por la herboristería y la tienes clavada.
Con su excentricidad, un espíritu libre y ese toque de locura, hace la vida muchísimo más divertida para cualquiera que esté cerca.
—Me encanta ese personaje, cielo —responde—. Las mujeres que experimentamos con la alquimia de hierbas siempre hemos sido tildadas de excéntricas por el orden establecido.
—¿Y tú quién se supone que eres en este ecosistema criminal? —me pincha Leire, riendo por lo bajo.
El camarero deja la nueva ronda de bebidas sobre la mesa.
—Yo soy Cruella de Vil, obviamente —zanjo con absoluto orgullo, dándole un trago largo a mi copa—.
Caótica, creativa, intensa, obsesionada con el diseño de moda, con una tendencia dramática al autosabotaje emocional y propensa a sufrir crisis nerviosas a bordo de un coche en dirección contraria.
Un encanto de mujer madura que bordea los cuarenta, vamos.
El estallido de carcajadas atrae las miradas de un par de mesas vecinas.
—No te voy a llevar la contraria porque el punto histriónico y el amor por los abrigos llamativos lo tienes idéntico.
Compro el catálogo completo. Prefiero mil veces formar parte de este aquelarre de supuestas malas de cuento que seguir disimulando para encajar en el molde de las princesas desvalidas que esperan a que alguien les resuelva la papeleta.
Leire levanta su bebida hacia el centro de la mesa y Blanca se une.
—Desde luego. Ser la mala de la historia solo significa que has dejado de pedir permiso para ser tú misma. A estas alturas, la corona de santa ya no nos combina con nada.
Ana esboza una sonrisa y choca el vermut contra el vaso de Leire.
—Por las villanas de los cuentos, las únicas que se lo pasan bien, no tienen que aguantar idiotas y encima visten muchísimo mejor que el resto del reparto.
Delilah también se une al brindis, haciendo tintinear un montón de pulseras, y murmura algo sobre la reivindicación de las energías oscuras y la liberación femenina.
—Por las villanas —repito, levantando la copa.