Capítulo 31
Cata
Aliso el tejido frente al espejo de cuerpo entero del armario.
Para conseguir abrochar el botón metálico de la falda de cuero negro he tenido que tumbarme bocarriba en el colchón, aguantar la respiración hasta rozar la hipoxia y usar la fuerza de tres titanes, pero el sufrimiento ha merecido la pena.
Al colocar la blusa de seda fina por dentro de la pretina, el reflejo me devuelve la estampa que buscaba.
Las curvas quedan marcadas en los puntos exactos y el tacto frío del cuero se asienta en las caderas, aportando rigidez.
Es un estilismo letal, sofisticado, la armadura perfecta de una mujer madura que bordea los cuarenta, que sabe quién es y lo que quiere.
Puede que haya un esfuerzo exagerado por alcanzar la espectacularidad, pero es que la cita de esta noche no es un trámite cualquiera, sino una declaración de intenciones.
Deslizo el cepillo de la máscara de pestañas y revivo el momento en el que conocí al tipo de la cita.
El choque fortuito en la sección de frutería del supermercado, la lluvia de manzanas y las risas compartidas mientras las recogíamos a gatas.
En definitiva, el pack completo de la comedia romántica clásica con el que Hollywood lleva décadas lucrándose.
Así que, cuando antes de despedirse me preguntó si quería cenar con él esta noche, no dudé ni un segundo.
Y no, no tiene nada que ver con la marcha de Francisco a su piso nuevo.
Nop. Es más, mirándolo por el lado positivo, la mudanza del Innombrable es la liberación definitiva que mi salud mental pedía a gritos.
El universo, en su infinita sabiduría, ha restaurado el orden natural de las cosas que nosotros nos empeñamos en desordenar a base de revolcones.
Deja de poner esa cara. No entiendo por qué no estás de acuerdo conmigo.
La teoría es infalible, ya sabes, un clavo saca otro clavo.
Estoy segura de que tú también la has puesto en práctica alguna vez.
Esto es justo lo que necesito para resetear el sistema operativo y espabilar.
Piensa un segundo. Si la química funcionó a niveles estratosféricos con un robot cuadriculado y estirado como Francisco, que me consideraba poco menos que una molestia, con un hombre normal, atento, educado y que encima me ayudó a recoger fruta del suelo sin que se le cayeran los anillos, la noche de hoy tiene que ser un auténtico paseo por el campo.
No hay fallo posible en la ecuación, por mucho que te empeñes en decirme que esto no va a funcionar.
Termino de pintarme los labios con un rojo intenso que grita peligro, compruebo que mi imagen clava el papel de mujer empoderada y agarro el bolso, lista para demostrarle al mundo, y sobre todo a mí misma, que Catalina ha vuelto al mercado por la puerta grande.
En cuanto pongo el pie en el primer escalón, suena el timbre. Al llegar al recibidor, Unai, apoltronado en el sofá frente al televisor, me mira de arriba abajo y silba.
—¿A dónde vas tan espectacular, enana?
Francisco, con la mano posada en el picaporte, me clava una de esas miradas cargadas de juicio reprobatorio que no extrañaba para nada.
—Voy a salir a cenar con un amigo.
El timbre vuelve a sonar. Francisco, sin apartar los ojos de los míos, termina de bajar la maneta y abre. En el umbral aparece Carlos, impecable con una camisa azul claro que asoma por debajo de un jersey de punto gris y que combina a la perfección con su aire de chico bueno.
—Pásalo bien, Cata —dice Unai.
El Innombrable ocupa todo el espacio con sus hombros anchos y bloquea la salida de una manera tan descarada que Carlos tiene que dar un paso hacia atrás en el porche, desconcertado ante semejante comité de recepción.
—¿Me dejas pasar, por favor? —le pido con dos toquecitos en la espalda.
Tarda en reaccionar y, al dar un paso a un lado, me regala un plano perfecto de lo tensa que está su mandíbula.
Saludo a Carlos con los dos besos reglamentarios en las mejillas antes de girarme hacia el umbral, donde Francisco sigue vigilando cada uno de nuestros movimientos.
Me despido con un leve gesto de la mano, forzando la mejor de mis sonrisas, y camino hacia el coche de mi cita, decidida a no mirar atrás ni una sola vez.
Tendría que haberme dado cuenta de que la cita iba directa al desastre en cuanto pusimos un pie en la zona de los food trucks y una racha de viento huracanado casi nos lleva volando hasta Canarias, o quizás cuando los dedos se me quedaron tan congelados por la temperatura ambiente que por poco estrello el taco contra el suelo, o cuando la salsa me chorreó por la blusa o, tal vez, cuando Carlos intentó ayudarme a limpiarla con una servilleta de papel y terminó metiéndome el dedo en el ojo.
Tampoco ayudó que la conversación dejara de fluir a las cuatro frases reglamentarias, muriendo en un desierto de silencios incómodos y comentarios vacíos sobre el precio del alquiler, pero, aun así, me empeñé en mantener la fachada de optimismo hasta ahora.
Parados frente a la puerta de casa, bajo la luz mortecina de la farola de la entrada, soy incapaz de desviar la vista del enorme trozo verde de cilantro que adorna su colmillo izquierdo.
Es una presencia magnética. Mientras él me habla, yo me debato entre la caridad cristiana de avisarle o tragarme el comentario para no hundirle la existencia.
Cuando abro la boca para soltar el veredicto, Carlos rompe las distancias, se inclina hacia mí y me planta un beso.
El impacto es devastador, pero por los motivos equivocados.
Los labios están fríos y el contacto es casto.
No consigue despertarme nada; ni una mísera chispa, ni una sola vibración de esas que suelen recorrerme el cuerpo cuando ciertas manos ásperas me tocan.
En cuanto se incorpora y me sonríe, la honestidad brutal gana la partida.
—Tienes algo verde entre los dientes —suelto, señalándome la boca.
Carlos abre los ojos, luego los entrecierra y el color rojo que le escala por el cuello me indica que acabo de ponerle la guinda a esta cita desastrosa.
Da media vuelta sobre los talones, se marcha directo hacia el coche, pegando taconazos furiosos contra el suelo, y ni siquiera me da las buenas noches.
Cierra la boca. Paso de escuchar tu «te lo dije».
Esto no demuestra nada, es un simple bache y no valida tu absurda teoría.
Ha sido solo un mal día. Como dice Delilah: mañana saldrá el sol y el universo volverá a equilibrar sus energías.
Y yo encontraré al hombre perfecto para mí.
Así que guarda el dedito acusador y borra esa sonrisita de suficiencia.