Capítulo 30
Fran
Me masajeo los párpados porque la pantalla del monitor ha terminado por derretirme las córneas tras horas entre balances, informes y correos de urgencia que no han servido para mitigar la intranquilidad que arrastro desde el mediodía.
Panorama que no mejoró al volver a casa, pasadas las nueve de la noche, y encontrarme con Unai solo, sepultado entre cojines, jugando a la consola.
Conseguí sonsacarle que Catalina se había ido a dormir porque le dolía la cabeza.
Los tres partidos, para mantener la fachada de normalidad, me han exigido un autocontrol digno de estudio.
No hay motivos lógicos para esta urgencia.
Lo nuestro tenía unas normas claras, el piso nuevo entraba en los planes y la mudanza del sábado no debería afectarnos.
Aun así, llevo toda la tarde dándole vueltas. Necesito hablar con ella.
El silencio se instala por fin en la casa tras el calvario de apagar las luces.
Apoyo la frente contra la puerta del baño que he compartido estas semanas con Cata y contengo un suspiro mientras cuento los segundos para dar tiempo a Unai a quedarse frito.
El reloj digital marca las dos y media. Con la mano posada en el pomo metálico y los sentidos alerta a cualquier ruido que delate actividad en la planta, desabrocho los primeros botones de la camisa para liberar la presión en la garganta.
Espero un par de minutos más de tregua antes de salir al pasillo y avanzar en la penumbra, dispuesto a averiguar si el dolor de cabeza es real.
Mido cada pisada. Golpeo la madera con la yema de los dedos, un toque casi imperceptible que se pierde en el silencio de la casa sin obtener respuesta.
Espero durante diez segundos eternos. Nada.
Vuelvo a probar. La prudencia me dicta dar media vuelta, regresar a la habitación y aplazar el asunto hasta el día siguiente.
Estoy a punto de pivotar sobre los talones cuando un chasquido metálico me hiela la sangre: el picaporte de Unai se mueve.
La adrenalina me espolea a reaccionar para que mi amigo no me pille en medio del pasillo con pinta de acosador nocturno.
Abro la puerta, me deslizo dentro y la cierro a mi espalda con cuidado.
El reflejo de las farolas se cuela por la ventana.
Catalina descansa bocarriba, bajo el edredón, con el perro del demonio enroscado a los pies de la cama.
Dudo durante un instante y termino por dar dos pasos hacia el colchón cuando el animal yergue las orejas y me dedica un gruñido.
Catalina abre los ojos y el libro que sostenía entre las manos vuela directo hacia mí. El lomo me impacta de lleno en el puente de la nariz y ahogo una maldición.
—Joder. —Me froto la cara—. Como sigas apuntando siempre al mismo sitio, la reconstrucción del tabique va a correr por tu cuenta.
—¿Qué coño haces aquí a estas horas?
Se incorpora sobre los codos.
—Tenemos que hablar.
—No son horas de hablar de nada, Francisco. Vete a dormir —dice, encendiendo la lámpara de la mesilla.
—Me estás evitando.
—No. Me sentía mal y quería descansar.
—No pensaba que lo de la mudanza fuera a cambiar las cosas. Ni que te lo fueras a tomar de esta manera.
—No me lo he tomado de ninguna forma.
—Pues pareces enfadada.
—Para nada. —Se sienta y cruza las piernas bajo la manta—. Al revés, creo que esto nos viene de perlas para dejar las cosas aquí. Es el momento perfecto para que el pacto termine.
Me quedo mudo, incapaz de procesar el giro que acaba de dar la conversación.
—¿De qué hablas?
—Es lo mejor y lo sabes. —Acaricia al perro—. Estuvo bien mientras duró, nos divertimos, pero ahora que no vamos a convivir bajo el mismo techo, deja de tener sentido. Cada uno a su vida y listo.
Abro la boca para desmontar su argumento, dispuesto a explicarle que la distancia física no altera la química que tenemos, pero las palabras se me atascan.
El orgullo levanta una barrera y la lógica que rige mi vida termina por imponerse: Catalina tiene razón.
El acuerdo nació por proximidad y necesidad biológica; forzar su continuidad fuera de estas cuatro paredes solo serviría para desbaratar un tablero de juego que ya amenaza con salirse de control.
—Bueno, nos quedan unos días para despedirnos.
—No. Mejor cortar por lo sano.
Mantengo el tipo pese a la punzada en el pecho. Cruzo los brazos para no dejarme llevar por el impulso de demostrarle lo equivocada que está.
—Si es lo que quieres, perfecto.
—Me alegra que pensemos igual. Estoy segura de que no vas a tener el menor problema para encontrar una sustituta. Los hombres como tú nunca están solos demasiado tiempo. Y ahora, si no te importa, me gustaría intentar dormir.
Asiento, doy media vuelta y salgo sin añadir una sola palabra. Con las pulsaciones todavía desbocadas, me percato de un detalle crucial: no me he fijado si Unai ya ha regresado a su cuarto.
Llego a mi dormitorio, sin cruzarme con mi amigo, y me desvisto a oscuras.
Me desabrocho la camisa con el eco de su última frase martilleándome los tímpanos.
«Encontrar una sustituta». Lo cierto es que nunca he tenido dificultades para captar la atención ni para moverme en el terreno de la conquista cuando me lo he propuesto, pero la idea me produce una molestia en el vientre.
La perspectiva de otra mujer me resulta extraña.
Y lo más preocupante es que no tengo ningún interés en iniciar una búsqueda.
Me reprendo por dejarme arrastrar por un sentimentalismo absurdo.
Sacudo la cabeza y me meto en la cama de mi amigo sin hacer ruido.
Cuento las sombras del techo, evalúo esta derrota que no figuraba en mis cálculos y asumo la realidad: este retroceso amenaza con devolvernos al punto cero o, peor aún, crear una distancia insalvable.