Ni tan caótica ni tan correcta (Ni tan jóvenes ni tan sabias 3) Capítulo 29
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Capítulo 29

Cata

Vacío las bolsas sobre la encimera de la cocina.

Coloco los cartones de leche alineados por fecha de caducidad, empujo los botes de conservas hacia el fondo de la despensa y me quedo paralizada al sacar el paquete de chocolate negro al ochenta y cinco por ciento con escamas de sal marina.

El capricho que Francisco devora a medianoche mientras revisa informes financieros con las gafas de lectura apoyadas en el puente de la nariz.

Lo arrastro detrás de los paquetes de pasta para que no quede a la vista.

Deja de frotarte las manos al ver que he llegado al punto donde hago la compra pensando en las necesidades ajenas, una línea que parecía imposible de cruzar.

Porque, seamos realistas, con mi historial de citas, los dos hemos asumido que mi destino era coleccionar solteros raros, tíos con traumas sin resolver o espantajos que desaparecen a la tercera semana.

Aunque en el fondo siempre he tenido la fantasía secreta de ir al súper a buscar los caprichos de alguien, hace unos meses que decidí tirar la toalla de forma definitiva.

Tú también la habrías tirado, que el mercado está fatal.

Que el elegido para inaugurar el carrito compartido resulte ser el tipo que me desquicia es el chiste definitivo del universo.

No te preocupes, no me estoy haciendo ilusiones, que tengo dos dedos de frente y esto es un pacto físico y nada más.

Pero, aun así, esa maldita tableta de chocolate me revuelve un poco las tripas por dentro.

Estos últimos días han resultado ser una auténtica locura, y no lo digo solo por el despliegue de gimnasia nocturna que nos marcamos en cuanto Unai cierra los ojos, aunque admito que esa parte merece una mención de honor.

Lo desconcertante es el resto. El tipo cuadriculado ha empezado a desmoronarse para dejar paso a un Francisco que no figuraba en mis esquemas.

El que me prepara una taza de té sin que se lo pida porque sabe que tengo los pies congelados, el que aguanta las locuras místicas de Delilah sin pestañear y el que es capaz de mantener una charla silenciosa a través de miradas.

Las pullas hirientes de antes, esas que me hacían desear lanzarle un jarrón a la cabeza, se han transformado en un juego previo constante que me divierte y me enciende.

Niego con la cabeza para espantar los pensamientos peligrosos y evitar que el cerebro decida que esto es algo más que un acuerdo con derecho a roce. El teléfono vibra con un mensaje en el grupo.

Ana

El sábado nos vemos al mediodía, en el bar de siempre. Tengo que contaros lo de Isaac.

Apoyo la espalda en la nevera y tecleo a la velocidad de la luz.

¿Cómo que lo de Isaac? No nos dejes así, desgraciada. Suelta el bombazo ahora mismo.

¿Habéis vuelto?

¿Ha pasado algo?

Los tres puntitos suspensivos parpadean durante dos minutos que se me hacen más largos que la espera en un retraso de la regla.

Ana

Que no, pesada. Por mensaje no. El sábado, con una caña delante, os lo cuento. Aguanta el ansia.

Eres un monstruo sin corazón.

Leire

Déjala. No va a soltar prenda. Ya la conoces.

Bloqueo la pantalla con un bufido y dejo el móvil en la mesita de noche con una sonrisa involuntaria ante la perspectiva de juntar a la banda el fin de semana.

Aprovechando que Unai ha salido a la revisión médica con mi padre, decido ser la mejor hermana del mundo y subir a cambiarle las sábanas.

Me coloco los cascos inalámbricos a todo volumen, arranco las fundas viejas con saña y las lanzo directas al suelo.

Estoy terminando de estirar las esquinas de la sábana bajera nueva, tarareando el estribillo, concentrada en alisar una arruga rebelde, cuando me atrapan por detrás de la cintura y me empujan contra un pecho musculoso que reconozco al primer impacto.

Me destrozo la rodilla con el somier. Al girarme, me topo con Francisco, que me acaricia el cuello con la boca. Una descarga de escalofríos me recorre el cuerpo.

—¿Qué haces aquí? —pregunto, bajándome los auriculares al cuello.

—Quería verte.

No sé qué coño responder ante semejante declaración porque el cerebro se me ha quedado en blanco.

Él, como si no acabara de soltar un misil termonuclear directo a mi línea de flotación, desliza los dedos por mi nuca, me quita los auriculares y se los acerca al oído para escuchar la música que sigue sonando.

—¿Guns N' Roses? —Arquea una ceja al reconocer los acordes de Nightrain .

Sin esperar respuesta, tira el aparato sobre la cama, me rodea con los brazos y me besa. Todavía tengo el pulso desbocado, en parte por la forma salvaje en la que muerde mi labio inferior y en parte porque sigo procesando lo que acaba de decir.

¿Qué narices hace aquí a mediodía? Este hombre vive encadenado a la mesa de la oficina y nunca aparece por casa hasta que cae el sol. La capacidad de raciocinio se me evapora en cuanto me arrastra por el pasillo hacia su dormitorio.

Se sienta a los pies de la cama, tirando de mí.

Los pensamientos sobre el futuro, las líneas rojas y el ataúd de hormigón donde sepulté los sentimientos se van directos a hacer gárgaras.

No sé qué demonios tiene este tipo, pero es tocarme y encenderme como una bengala.

A horcajadas sobre él, le devoro la boca con la misma urgencia con la que él desliza las manos por debajo de mis mallas para apretarme el culo.

Me sujeta con fuerza, incitándome a mover las caderas en un vaivén eléctrico, frotándome contra su erección.

El colchón rebota con cada embestida, multiplicando el ritmo y la fricción de una manera peligrosa.

Me hundo en el calor abrasador que me recorre, en el roce áspero de su camisa contra mis palmas y en esa bendita forma que tiene de hacerme olvidar hasta mi propio nombre.

¡PUM!

El plástico explota y Francisco termina de culo en el parqué conmigo encima. Todavía no me ha dado tiempo a retirar el pelo de la cara cuando un portazo en la planta baja y la voz de Unai resuenan desde el recibidor.

—Enana, ¿estás bien?

Me pongo en pie de un salto, me recoloco el pantalón y estiro la camiseta justo cuando mi hermano asoma la cabeza por el umbral con las muletas.

El cuadro es digno de museo: Francisco sobre el plástico desinflado y yo de pie a su lado, disimulando un sofocón que debe reflejarse en el color rojo de mi cara.

—¿Qué te ha pasado, Fran? —pregunta Unai con el ceño fruncido.

Es el momento de marcarme la actuación de mi vida. Abro mucho los ojos, me llevo las palmas a las mejillas, doy medio paso hacia atrás y miro al hombre despatarrado en el suelo, fingiendo haber entrado segundos antes.

—¡Madre mía! Escuché el golpe desde el cuarto de al lado y vine corriendo. —Ya pueden darme el Óscar a la mejor actriz dramática—. ¡Lo has reventado!

—Sí, ha pasado a mejor vida. —Francisco se pone de pie y se sacude el traje. Recupera la compostura como si no tuviera el pelo revuelto por mis dedos—. Estoy bien.

—Vaya faena —comenta mi hermano—. Habrá que ir a comprar uno nuevo esta misma tarde.

—No hace falta. El viernes me dan las llaves del nuevo piso y el sábado por la mañana hago la mudanza.

La bofetada de realidad me impacta de lleno. Aprieto los puños detrás de la espalda para controlar el temblor. Los ojos me arden.

«Pensaba decírtelo hoy», me asegura Fran con la mirada.

«No tenías por qué hacerlo, da igual», le respondo, esbozando una sonrisa que me cuesta horrores.

«Ha sido algo de última hora, quería contártelo», insiste él con un ligero parpadeo.

«Que da igual. No me debes ninguna explicación. Es tu vida, faltaría más».

—Bueno, pues si es el sábado, el problema del colchón está resuelto. —Unai rompe la tensión sin enterarse de nada—. Puedes dormir conmigo estas tres noches y nos ahorramos el viaje al súper.

—Qué maravilla. —Doy una palmada—. Menos mal que acabo de cambiar las sábanas.

Francisco hace amago de dar un paso hacia delante en cuanto enfilo la puerta, pero la suerte se alía conmigo y Unai se cruza en su trayectoria. Desde el pasillo me llega el eco de las palabras de mi hermano.

—¿Tú no deberías estar en la oficina?

—Me olvidé unos informes urgentes.

Una vez en la habitación de Unai, agarro los cascos del colchón, me los encasqueto para aislarme del mundo exterior y tiro del edredón con saña, deseando que la música alta consiga apagar el ruido de la tormenta que acaba de desatarse dentro de mí.