Ni tan caótica ni tan correcta (Ni tan jóvenes ni tan sabias 3) Capítulo 28
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Capítulo 28

Fran

Lo que calculaba como un par de horas de espera se ha transformado en un suplicio interminable que me mantiene pegado al sillón individual.

La pantalla del televisor proyecta una película cuyo argumento me resulta del todo irrelevante.

El bulto en los bóxers ha remitido, pero la tensión entre nosotros sigue ahí.

Me acomodo el pantalón tras revivir el encuentro de hace unas horas.

En el sofá, Delilah, con las piernas dobladas, asiente ante los diálogos como si la película encerrara un tratado filosófico.

Su excentricidad roza límites insólitos, es un hecho innegable, pero la ausencia de malicia que destila termina por desarmar a cualquiera.

En el extremo opuesto, Unai comenta cada giro de guion.

Y en medio de los dos, Catalina despliega ese arsenal de salidas rápidas y humor afilado que me obliga a contener la sonrisa más veces de las que estoy dispuesto a admitir.

No esperaba encajar, ni mucho menos disfrutarlo.

—Esa peluca tiene que picar una barbaridad, y las manos sin dedos dan asco —comenta Unai, metiéndose otro puñado de palomitas en la boca—. Aunque la idea de librarse de los críos pesados convirtiéndolos en roedores tiene su punto práctico.

—La magia está en la intención —apunta Delilah, sin desviar la mirada de la televisión—. Convertir a los niños en ratones es una metáfora preciosa sobre la transmutación del alma y la necesidad de volver a conectar con la tierra desde una perspectiva más pura.

Catalina estira las piernas sobre la mesa de centro y se recoloca la camiseta que se le ha resbalado por un hombro.

—Igual el concepto es un poco profundo para una película infantil. Yo sigo cagándome de miedo igual que la primera vez que la vi de pequeña. La gran bruja me parece una auténtica pesadilla.

—Los guionistas de los noventa destruyeron infancias —comento con la mano en el cuenco de las palomitas—; en todas las películas de esa época ocurría algo traumático que te dejaba marcado y, si lo ves con perspectiva, resulta un misterio cómo hemos terminado siendo adultos funcionales.

—Bueno, asumes que somos funcionales, lo cual, en mi caso, considerando que sobrevivo a base de café recalentado para no fregar la cafetera y que soy incapaz de mantener una planta viva más de dos semanas, es una conclusión optimista.

—Eso no es disfuncionalidad, Catastrófica , es pura vagancia —le replico—. Lo de la cafetera tiene delito, pero lo de las plantas se soluciona regándolas, que no requiere un máster en botánica.

—Oye, que yo les hablo y les pongo música. Lo que pasa es que tienen una esperanza de vida muy corta en mi entorno. El magnetismo, que es demasiado fuerte.

— Mafnetifmo dife —suelta Unai con la boca medio llena—. El verano pasado consiguió matar un cactus en tres días. Un cactus.

—Las plantas captan el estrés —interviene Delilah con seriedad—. Si tu aura está demasiado revuelta, Cata, el reino vegetal se consume a tu alrededor para protegerte. Es sacrificio natural.

Catalina sonríe triunfante.

—¿Lo veis? No soy yo, es el universo protegiendo mi integridad.

—Yo creo que a la Pachamama le gustaría que colgaras los hábitos de asesina en serie vegetal —le digo, guiñándole un ojo.

—Es uno de mis muchos talentos ocultos, Francisco, y no sé si puedo renunciar a él. —La suficiencia en su mirada me tienta a cruzar el salón para borrársela a besos.

—Sí, una lista larguísima de habilidades que cambiarán el rumbo de la humanidad. —Unai rebaña el fondo de su cuenco.

—He tenido la oportunidad de comprobar de cerca algunos de esos talentos y admito que tienes una capacidad de adaptación sorprendente cuando te lo propones.

Ella entorna los ojos y sé que ha captado la indirecta cuando el rubor le sube por el cuello.

—Por favor, que eructar el abecedario entero del tirón después de una lata de refresco y atrapar palomitas al vuelo no cuentan —añade Unai, desinflando el momento con un gesto de desdén.

—Dices eso porque soy mil veces mejor que tú y te corroe la envidia desde los diez años.

—Habrá que comprobar si es verdad —la pincho—. Puedo confirmar que lo del abecedario se te da bastante bien, pero en el terreno de los reflejos dudo que superes la experiencia y los años de práctica que tenemos Unai y yo. Las estadísticas no juegan a tu favor.

—¿Me estás retando? —Deja caer los pies de la mesa—. Pon las condiciones, porque te aseguro que vas a tener que tragarte tus malditas palabras.

—Si fallas una sola, admites que tus reflejos son una estafa y te encargas de hacer la colada durante una semana. Si ganas, tienes derecho a reclamar el favor que quieras.

—Trato hecho. Lanza.

Mido la distancia, flexiono la muñeca y disparo la primera hacia Unai, que alza la barbilla, la atrapa al vuelo y le dedica una media sonrisa.

Al girarme hacia Catalina, la maldita camiseta ha vuelto a dejar al descubierto la línea de la clavícula.

El pulso se me acelera y sacudo la cabeza para apartar la distracción antes de perder el control del lanzamiento.

Suelto el proyectil. Ella la pilla y la mastica sin romper el contacto visual.

—Uno a uno. Siguiente ronda.

La tanda continúa entre risas y los vítores de Delilah, que anima a los dos por igual.

Cada vez que me toca apuntar a Catalina, me veo obligado a concentrarme en la trayectoria para no errar el tiro.

La privación de riego sanguíneo en el cerebro no ayuda.

Van cinco seguidas. Seis. Siete. La sincronización es perfecta.

En la novena ronda, presionado por la velocidad del intercambio, lanzo un tiro con más efecto hacia el extremo del sofá. Unai calcula mal el ángulo. El proyectil le impacta en la barbilla y se pierde entre los cojines.

—¡Mierda! —protesta—. ¿Con quién vas, Fran? Esa llevaba efecto.

—Ha sido física básica —le corrige Catalina, atrapando la palomita que le lanzo—. Victoria absoluta.

Nuestras miradas se cruzan, una milésima de segundo donde las quejas de mi amigo desaparecen y la complicidad que llevamos toda la noche camuflando se hace más evidente. Sigo el movimiento de su lengua al mojar su labio inferior y el vaivén del pecho me confirma que está tan afectada como yo.

—Es precioso ver cuando dos energías vibran en la misma frecuencia. —El comentario de Delilah me devuelve a la realidad—. Todo es una cuestión de sintonía.

Mientras Unai refunfuña, buscando el proyectil perdido, a mí me cuesta tragar. Catalina acaba de ganar una carta blanca y, a juzgar por la promesa silenciosa oculta tras sus pestañas, el fin del mundo nos va a pillar pecando.