Ni tan caótica ni tan correcta (Ni tan jóvenes ni tan sabias 3) Capítulo 27
45%

Capítulo 27

Cata

El aire helado de diciembre congela los brotes de los geranios. A mi lado, Delilah, ajena al termómetro, balancea los pies descalzos sobre las baldosas.

Sí, has leído bien: descalza en pleno invierno. Yo llevo tres capas de ropa, una manta y unas ganas locas de prenderle fuego al mobiliario para entrar en calor, pero ella prefiere hacer tierra, que por lo visto es la versión mística de pillar una pulmonía.

—Unai va a notar el cambio de energía enseguida, ya lo verás —dice.

Miro el frasquito de cristal ámbar que descansa sobre la mesa, al lado de dos tazas de agua tibia con rodajas de pepino que me ha obligado a preparar porque el café, según su diagnóstico exprés, me ensucia los meridianos. Disimulo la mueca al darle un sorbo al brebaje.

—No tenías por qué traerle nada.

—Lo hago de corazón —dice, tirando de una de sus trenzas.

Aunque tiene toda la pinta de militar en una estafa piramidal, su absoluta ingenuidad activa mi instinto protector.

Todavía no puedo digerir que viva en un piso compartido con cinco chavales.

Sobre todo, después de que me contara que viene de una familia de magnates suecos.

La curiosidad me corroe por dentro, arañándome las paredes del estómago, pero como no se me ocurre cómo sacar el tema de forma sutil, decido saltarme los preámbulos y preguntar sin filtro y sin venir a cuento.

—Si tus padres controlan el imperio del acero en Estocolmo, ¿por qué compartes nevera con adolescentes que consideran que el kétchup es una verdura?

Parpadea un par de veces.

—El dinero es solo una herramienta. Mis padres no lo entienden, están atrapados en el plano material.

El mes pasado me dieron un ultimátum: o regresaba para heredar un despacho con moqueta o cerraban el grifo financiero.

Fue un momento precioso. Un ejercicio de desapego maravilloso que me regalaron para obligarme a confiar en el flujo del universo.

La miro de hito en hito. No hay rastro de ironía en sus ojos. Esta mujer es el sumun del optimismo.

—O sea, que te desheredaron por la vía rápida y tú lo llamas regalo —concluyo, frotándome las sienes—. Y por eso terminaste en la comuna de aquel pueblo, ¿no?

—No, no. La comunidad fue antes —me corrige con los dedos entrelazados sobre el vestido—.

Extraño cultivar tomates, cantar al amanecer...

Yo aportaba los fondos. Bueno, hasta que mis padres me bloquearon el acceso a las cuentas.

Entonces los guías espirituales me explicaron que mi ciclo de aprendizaje allí había terminado.

Fue como una graduación. Me pidieron que me marchara para que otros pudieran ocupar mi espacio de luz.

Me va a reventar la vena yugular en cualquier momento. Por favor, dime que la ves palpitar, porque juraría que está a punto de independizarse de mi cuerpo.

—Te echaron porque te quedaste sin blanca. —Soy incapaz de contenerme ante semejante nivel de explotación—. Te usaron de cajero automático y, en cuanto el saldo llegó a cero, te dieron una patada.

—Todo sucede para nuestro bien mayor. —Ni idea de cómo hace para mantener la sonrisa—.

Gracias a eso encontré el piso de los chicos.

Son almas efervescentes. El ambiente huele un poco a pizza rancia y a calcetines sudados, sí, y las luces fluorescentes del pasillo me roban un poco de energía, pero cuando tienen resaca les cocino tofu ahumado y sus auras se limpian al instante. Es un intercambio precioso.

Me quedo sin argumentos, desarmada ante un ser que es capaz de ver un plan divino en un desahucio y un máster en evolución espiritual en una farsa comunal.

A esta chica le hace falta un baño de realidad o, mejor dicho, un grupo de amigas que la adopte; no vaya a ser que algún espabilado le venda un terreno en la Luna.

Tengo que invitarla la próxima vez que quede con las chicas.

—Tienes una luz muy bonita hoy, Cata —suelta de pronto—. Un poco más vibrante en la zona del vientre, como si tu fuego interno estuviera buscando expandirse, muy pura.

Me atraganto con el agua de pepino y el dichoso «fuego interno» se me sube a las mejillas al recordar la locura de Nochevieja y cómo el ladrón de Ozzy casi nos delata al pasearse por la casa con la ropa interior de Fran.

—Es un principio de hipotermia. El fuego interno debe haberse apagado porque no siento las extremidades.

—Me pongo de pie intentando no tropezar con la manta que llevo enredada al cuerpo—.

Anda, entremos a la cocina. ¡Ozzy, deja eso ahora mismo!

—le grito al perro, que ha decidido arrancar los crisantemos de cuajo y esparcir los pétalos por todo el jardín—. ¡Adentro!

Nada más pisar el parqué, nos topamos con Unai, que avanza a paso de tortuga coja, ayudado por las muletas y con el pelo mojándole la sudadera. Francisco, que acaba de llegar, deja las llaves en el mueble de la entrada.

—Oye, Delilah, ¿te quedas a cenar con nosotros? Luego íbamos a poner una película. Si quieres, te puedes acoplar también —dice mi hermano tras acomodarse en una banqueta de la barra.

—Me parece una idea estupenda —acepta con las manos juntas a la altura del pecho—. Mañana me toca el turno de tarde en la herboristería, así que puedo quedarme.

Fran deja el maletín, se desabrocha el abrigo despacio y nos dedica una inclinación de cabeza.

—Buenas noches. Subo un momento a ponerme cómodo y bajo a ayudar con la cena —anuncia, enfilando las escaleras.

—¡Mierda! —Unai se da un cachete en la frente con la palma—. Me he dejado las pastillas en la mesita de noche. ¿Subes tú a buscármelas?

—Claro, mi rey. He nacido para servirle —respondo, tirando la manta sobre el respaldo del sofá—. Por cierto, aquí tu camello de confianza te ha traído unas gotas.

Mientras subo los peldaños, me llega de fondo la voz melódica de Delilah explicándole las propiedades del aceite que le ha traído.

Llego a la planta superior con la mente puesta en el cajón de Unai y al pasar por delante del despacho, me atrapan por la muñeca. No alcanzo a abrir la boca para soltar una maldición cuando Fran tira de mí hacia el interior de la habitación, cierra la puerta y me estampa contra la superficie.

Me acorrala con el cuerpo, me sujeta la cara con una mano y me besa. Se me corta la respiración cuando me coge de las caderas y empuja. Madre mía del amor hermoso. Está durísimo.

—Llevo todo el día empalmado en la oficina por tu culpa. Y ahora me toca bajar, poner la mesa y aparentar.

Me muerde el lóbulo de la oreja con saña.

—No podemos —digo, aunque traiciono mis propias palabras al apretarme contra su erección—. Tengo que llevarle las pastillas.

—Que espere —gruñe contra mi cuello.

Me inmoviliza para dejar claro que no piensa dar un solo paso atrás. Lo agarro por el cuello de la camisa.

—Por lo menos esta vez has tenido la decencia de cerrar. Has aprendido de tus errores.

—¿Errores? El único error de Nochevieja fue dejar que tu perro satánico entrara en la ecuación. El resto de la ejecución fue impecable. Y si tienes alguna queja sobre mi rendimiento, te hago una demostración ahora mismo.

—Tu rendimiento me parece fantástico, pero tu sentido del peligro se ha tomado vacaciones. Muévete, no vaya a ser que suba y nos encuentre.

La mandíbula se le marca y, durante dos segundos eternos, juraría que va a mandarlo todo a la mierda, a rasgarme la ropa y a follarme aquí. Sin embargo, exhala un suspiro y rompe el contacto físico al dar un paso atrás.

—Tienes razón. —Recupera la maldita pose de tipo imperturbable—. No es el momento. Pero en cuanto se quede frito, no te vas a librar.

Agarra el picaporte, abre y me invita a salir al pasillo con un gesto caballeroso que contrasta con el bulto que se le marca bajo el pantalón del traje. Paso por su lado y voy en busca de las dichosas pastillas.

Cuando ya casi cruzo el umbral, después de coger los dos botes, me detengo al encontrarme con mi reflejo. Estupendo, tengo los mofletes como el culo de un babuino.

Si alguien hubiera venido del futuro a contarle a la yo de dieciséis años, esa que lloraba por los rincones con el corazón hecho trizas y la autoestima por los suelos, que terminaría firmando un pacto sexual con el Innombrable, le habría sugerido dejar las drogas.

Si encima me aseguraran que lograría desquiciarlo, y no por tocarle las narices, comprendería que consume porque se ha escapado de un psiquiátrico.

Ni yo, que lo estoy viviendo, alcanzo a procesar la magnitud del asunto.

Aclaremos las cosas; así no te montas una película romántica: comprendo muy bien el terreno que piso.

Existen ciertas líneas rojas que permanecen valladas y los sentimientos que enterré hace una eternidad van a quedarse ahí, dentro del ataúd de hormigón que me encargué de sepultar en el rincón más oscuro de mi mente.

No pienso permitir que se escapen. Podré ser una auténtica kamikaze, actuar por impulsos, tomar decisiones cuestionables mil veces por semana y rozar la locura de forma habitual, pero no pienso tropezar con la misma piedra dos veces.

Por mucho que esa dichosa piedra gaste unos abdominales que parecen esculpidos a cincel y venga equipada con una anatomía capaz de obrar milagros orgásmicos.

Una cosa es disfrutar del espectáculo pirotécnico mientras el mundo exterior amaga con irse a la porra y otra muy distinta volver a abrir la veda del dolor.

Sacudo la melena hacia atrás, compongo la mejor cara de hermana abnegada de la que soy capaz y bajo los peldaños con paso firme, dispuesta a sobrevivir a una cena llena de misticismo, agua de pepino y miradas cruzadas que prometen incendiarme en cuanto se apague la luz.