Capítulo 26
Fran
El tintineo de los cubiertos contra la porcelana marca el final de la cena de Nochevieja.
Después de tres horas, mi autocontrol empieza a flaquear.
Catalina ha pasado la velada desplegando un arsenal de gestos estratégicos y, aunque resulta imposible determinar si ejecuta esta tortura psicológica a propósito para desestabilizarme o por pura inconsciencia, el resultado es el mismo: cada uno de sus movimientos me enciende.
—Deja eso, ya terminamos nosotros con las fuentes grandes —dice Iratxe, quitándome la bandeja del pavo mientras Mikel se pelea con el tapón de una botella de cava.
—No es ninguna molestia —respondo, volviendo a la mesa para coger los platos que Unai ha apilado con el habitual desinterés por el equilibrio estructural.
El roce de Catalina al pasar a mi lado me provoca una descarga instantánea que me obliga a apretar la mandíbula.
—El papel de buen chico te queda un poco ajustado —susurra.
—Me adapto a las situaciones difíciles; sobre todo cuando el premio merece la pena.
El estallido del corcho contra el techo corta la tensión y Mikel empieza a llenar las copas.
—¿Qué os parece si salimos a la terraza a ver los fuegos artificiales?
Unai vitorea la propuesta con la copa ya llena.
—Id yendo —se excusa Catalina, acomodándose el tirante que apenas le cubre la piel—. Tengo que encerrar a Ozzy en la habitación antes de que empiecen los petardos.
—De paso coge un abrigo, que ese vestido será muy mono, pero no es apto para estas temperaturas —añade su madre al tiempo que presiona el botón del lavavajillas.
A mí, en cambio, lleva calentándome toda la noche.
Hago un esfuerzo consciente para no devorarla con la mirada, una tarea complicada debido a que la tela se balancea al compás de sus caderas en su desfile hacia las escaleras.
Al llegar al primer escalón, se gira y me guiña un ojo.
Me muerdo el labio, atrapado en la duda de si acaba de lanzar una invitación formal o una simple provocación.
La vibración en el bolsillo de la americana rompe el bucle mental. Saco el móvil y me atraganto con el aire al leer « Catastrófica» en la pantalla. Apoyo el aparato contra el cuerpo para bloquear la visión de Unai, que se ha puesto de pie y camina hacia la terraza.
—¿Vienes? —pregunta al notar que me he quedado rezagado.
—Me está entrando una llamada. —Levanto el teléfono—. Es un asunto del trabajo; ya sabes, el mercado asiático no entiende de uvas ni de cambios de año.
—Joder, qué cruz de vida. —Niega con la cabeza antes de desaparecer tras el cristal.
Iratxe y Mikel asienten desde el exterior. Espero a que cierren la puerta corredera para deslizar el dedo por la pantalla y pegarme el auricular a la oreja. Al otro lado, solo se escucha una respiración entrecortada.
Cuelgo, cruzo el salón y, en cuanto pongo el pie en el primer peldaño de la escalera, me obligo a ascender despacio, conteniendo las ganas de subirlos de tres en tres.
El pasillo de la planta superior está en penumbra, solo alterado por un hilo de luz que sale de su habitación.
Me detengo un segundo frente a la madera, en un último intento por recuperar el control.
Sin embargo, lo que me encuentro al mirar por la rendija anula cualquier capacidad de resistencia.
Empujo la hoja y me cuelo en el espacio.
Catalina está junto a los pies de la cama, el vestido oscuro reducido a un charco de tela en el suelo y el cuerpo cubierto solo por un conjunto de encaje rojo que resalta sobre su tez pálida.
Me cuesta tragar saliva y las yemas me hormiguean por la necesidad de acariciar cada una de esas curvas.
Una sonrisa involuntaria se me dibuja en el rostro.
—Vaya, qué obediente, has tardado menos de un minuto en subir —se burla, recorriéndome de arriba abajo—. Me encanta ver que acudes rápido cuando te silbo. A ver si vas a saber hacer más trucos.
—Sé unos cuantos. —Acorto la distancia con pasos lentos—. Así que prepárate, porque te vas a tragar esa sonrisita antes de las campanadas.
Disfruto del sutil retroceso de sus hombros cuando llego frente a ella.
Le recorro la clavícula con las yemas, desciendo por el centro del pecho hasta el ombligo y trazo el contorno del elástico de las bragas con lentitud.
Contiene el aliento con los ojos fijos en los míos, empeñada en sostener un pulso que sabe que tiene perdido desde el momento en que abrí la puerta.
—Esto es solo la introducción. —Rozo su labio inferior con el pulgar—. El truco de verdad empieza cuando estoy seguro de que el público va a rogar por el espectáculo.
—Puede que este público sea un poco exigente.
La piel se le eriza a medida que mi respiración le roza el cuello.
Apoyo la boca en la curva que une el hombro con la oreja y muerdo hasta arrancarle un jadeo.
Las manos de Catalina suben hasta cerrarse en puños sobre la tela de la americana.
Saboreo la victoria en cuanto me la quita con un movimiento ágil.
Mi boca traza una línea húmeda hasta la mandíbula.
Ella echa la cabeza hacia atrás, ofreciéndome más acceso.
Joder, me va a volver loco. La cojo por las caderas y la obligo a retroceder sin romper el ritmo de los besos.
Un paso. Dos. Hasta que choca contra la cama.
Aunque tiene las pupilas dilatadas por el deseo, la maldita chispa de orgullo sigue intacta. El pecho le sube y baja de forma errática contra el mío. Doy un paso atrás y me tomo mi tiempo para mirarla de arriba abajo.
—Es una putada no tener más horas por delante —mascullo, recorriéndole el contorno de los muslos sin llegar a tocar el encaje—. Quiero saborear cada centímetro de tu cuerpo.
Arquea la espalda hacia atrás, desabrocha el sujetador, que tira a un lado, y se sienta en el borde del colchón. Se me entrecorta la respiración al verla deslizar la mano por el vientre hasta perderse bajo la tela roja de las bragas. Empieza a tocarse, despacio.
—Entonces vas a tener que ser eficiente.
Me echo el pelo hacia atrás, incapaz de contener la risa.
—Justo cuando pienso que no puedes descolocarme más, vas y haces esto.
Me dejo caer de rodillas entre sus piernas abiertas. Aparto el encaje rojo de un tirón y hundo la boca en ella. Enreda las manos en mi pelo y empuja la pelvis contra mis labios. La castigo a un ritmo implacable.
—Fran... no. —Me tira de los mechones—. Si quieres terminar el truco antes de las campanadas... vas a tener que sacar la artillería pesada. Ahora.
Me incorporo con el pulso desbocado y la mandíbula apretada.
Me deshago del pantalón y de la ropa interior en dos movimientos.
Ella se desliza hacia el centro. Al levantar la mirada, Catalina me ofrece un preservativo.
Lo cojo, lo rasgo con los dientes y me lo coloco a una velocidad que roza lo inhumano.
Me subo de rodillas, con la camisa desalineada. Me inclino sobre ella y le doy un beso voraz. El roce de la punta de mi miembro en su entrada, empapada y dispuesta para mí, me arranca un gruñido salvaje.
No tengo tiempo de medir el empuje. Me clava los talones con fuerza en las caderas y tira de mí, obligándome a ceder hasta que entro los primeros centímetros, una presión tan ajustada y caliente que anula cualquier pensamiento de ir despacio.
Me hundo en ella hasta el fondo en una embestida brutal y empiezo a moverme con un ritmo implacable.
Todo se reduce al sonido de los cuerpos al chocar, a sus uñas arañando la camisa y a la certeza absoluta de que el mundo puede estallar ahí fuera, porque lo único que me importa ahora mismo es verla desmoronarse por mí.
Busco el ángulo que la hace perder los estribos.
El pelo oscuro despeinado contrasta con el rubor violento que le trepa por las mejillas y le tiñe el cuello.
Se muerde el labio inferior en un intento desesperado por contener un gemido y el deseo en sus ojos me confirma que ya no le queda ni una sola línea de defensa en pie.
—Joder, eres mi puta perdición, Catastrófica —mascullo, hundiéndome a fondo porque quiero grabarme a fuego la forma en que el cuerpo se le tensa y empieza a contraerse a mi alrededor.
El primer estallido de los fuegos artificiales reverbera en los cristales de la ventana, pero la verdadera detonación ocurre aquí arriba.
Catalina arquea la pelvis con una sacudida violenta.
Suelta un grito ahogado, que me apresuro a callar con un beso.
Su orgasmo destroza el último dique y en tres embestidas alcanzo el clímax.
El griterío de gente celebrando la entrada del año llega como un eco lejano, una realidad paralela de la que nos hemos desconectado.
Todavía con el corazón desbocado, me retiro despacio y me incorporo. Ella se tapa la cara con un brazo, tratando de recuperar el oxígeno.
—Si alguien sube a buscarnos, estamos jodidos —susurra.
Estoy a punto de responderle que ha merecido la pena el riesgo cuando un ladrido nos hace girar la cabeza hacia el umbral. El perro del demonio tiene mis bóxers entre los dientes y, antes de que pueda reaccionar, se escurre a toda velocidad con mi ropa interior como trofeo.