Ni tan caótica ni tan correcta (Ni tan jóvenes ni tan sabias 3) Capítulo 25
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Capítulo 25

Cata

Mientras Bastian le grita a Atreyu que corra para pasar las esfinges, a mi lado, Unai, con la pierna escayolada sobre unos cojines, le sonríe como un idiota a la pantalla del móvil.

El mío también vibra un par de veces. Al desbloquearlo, me encuentro con el chat de «Ni tan jóvenes ni tan sabias» echando humo.

Lanzo una mirada de reojo a mi hermano para comprobar que sigue abducido por el teléfono —probablemente flirteando con alguna incauta que no sabe lo que le espera—, antes de ponerme al día con el bombardeo del grupo.

Blanca

Alguien que venga a hacer de kaishakunin y me decapite después de hacerme el seppuku , por favor. Prefiero mil veces el ritual completo a tener que escuchar un solo comentario pasivo-agresivo más de mi suegra. Juro que no sobrevivo a esta escapada familiar.

Leire

Haberlo pensado antes de emparejarte con un clan de la España profunda, querida. Con la familia política siempre hay que llevar chaleco antibalas.

Blanca

Tú lo tienes facilísimo, Leire, tus suegros son un amor.

Leire

Hombre, faltaría más. Era lo mínimo que podía aportar el universo para equilibrar la balanza, teniendo en cuenta que la suegra difícil y con doctorado en lanzar indirectas pasivo-agresivas la aporto yo a la relación. Equilibrio cósmico, se llama.

Ana

Tampoco te pases con Rosa, que la mujer en el fondo tiene su corazoncito y se preocupa por ti.

Peor es lo mío; mi madre ha decidido que este año todo el despliegue de amor materno para Navidad consistía en enviar un GIF de un árbol parpadeante con letras de purpurina que dice «Felices Fiestas» y un emoji de reno.

Blanca

Por cierto, ¿qué tal llevas lo de pasar las fiestas con Owen?

Ana

Pues por ahora bastante bien, la verdad. Se ve que la mujer con la que está saliendo lo ha domesticado un poco, porque ha venido de un dócil que asusta. Hasta recoge sin que nadie se lo pida.

Consigue el contacto de la mujer esa y que nos dé una masterclass

Leire

Pues tú sí que necesitas una, bonita, que te ha tocado convivir con dos. Bastante me sorprende que no nos hayas pedido asilo político o una coartada todavía.

Si la cosa se pone fea, os pego un toque para que me busquéis refugio. De momento tengo las fronteras controladas y al enemigo a raya, no os preocupéis.

Bloqueo la pantalla con el pulgar y la coloco boca abajo sobre el muslo.

Ni muerta les cuento lo del pacto. Me conozco el percal y sé la reacción en cadena que provocaría.

Todas llegarían a la misma conclusión: meterme en la cama con el Innombrable es una idea de mierda del tamaño de una catedral.

El caso es que tendrían razón. Yo también lo pienso cada vez que recupero el riego sanguíneo en el lóbulo frontal, pero mantener la cordura y el orgullo intactos es facilísimo hasta que borra todas las líneas rojas a base de orgasmos que me hacen olvidar hasta mi propio nombre.

La carcajada de Unai me hace dar un respingo. Estoy a punto de preguntarle qué demonios es tan gracioso cuando la puerta de la entrada se abre.

—¡Feliz Navidad, mis niños! —exclama mi madre, con mi padre detrás cargado hasta las cejas.

Con el saludo atrapado en la garganta, nos estruja, planta sendos besos ruidosos en las mejillas y comienza el tercer grado habitual.

—¿Cómo lo habéis pasado? ¿Habéis comido bien? ¿Os habéis terminado lo que os dejé en la nevera? Mira que os conozco y seguro que acabasteis cenando pizza congelada. Unai, cielo, ¿cómo va esa pierna? ¿Te duele? ¿Te estás tomando los antiinflamatorios?

Mi padre aprovecha el monólogo para dejar las bolsas en la cocina.

—Traigo unas cositas para preparar la cena de esta noche, que debéis de tener la nevera tiritando —anuncia mi madre, desanudándose la bufanda con brío—. Venga, Cata, levántate del sofá y ayúdame, que tenemos que organizar el menú.

Después de soltar un resoplido sonoro, me pongo en pie y, al pasar junto a mi padre, le doy un abrazo de oso.

—No os imagináis el frío que ha hecho estos días, una barbaridad —continúa mi madre.

A veces creo que le da igual si la escuchas; ella necesita vomitar los cotilleos que trae encima—.

La cena estuvo de maravilla, aunque ya sabes cómo es la abuela con los comentarios sobre el asado.

Por cierto, ¿te acuerdas de la hija de Antúnez?

Pues se casa en septiembre. Qué bien que hayan elegido septiembre, de verdad, porque la luz de esa época es muchísimo mejor para las fotos que en julio; con todo ese solazo, sales siempre parpadeando.

Y no te lo vas a creer, pero el hijo de Iker va a tener gemelos.

O mellizos, bueno, el caso es que vienen dos bebés. ¡Dos! ¿Te imaginas?

—No, prefiero no imaginármelo —murmuro, dejando un paquete de puerros sobre la encimera.

—Pues deberías, deberías —remata mi madre, y empieza a meter las verduras en el frigorífico—. Yo sigo sin un solo nieto. Con las ganas que tengo de ser abuela y pasear un cochecito, pero claro, en esta casa parece que os habéis propuesto dejar morir el apellido.

Una serie de ladridos exigentes resuena a nuestros pies. Ozzy apoya las patas delanteras contra su cacharro de acero inoxidable.

—Anda, toma un poco de agua, pesado. —Le lleno el cuenco bajo el grifo y me giro hacia mi madre con una sonrisa—. Las reclamaciones a Unai. Yo te he dado a Ozzy. Si quieres, te lo puedes llevar al parque el fin de semana y sacarte las ganas de hacer de abuela.

Se detiene con un bote de mayonesa a medio camino de la balda. Mi padre, que ha nacido con el superpoder de detectar cuándo la tensión maternal roza el umbral del desastre, nos salva la vida sin despeinarse.

—Iratxe, deja tranquila a la niña. ¿Hay alguna cerveza fría por ahí?

Mi madre parpadea, asimila el cambio de rumbo y regresa a la nevera refunfuñando algo sobre que a los hombres de esta casa solo les interesa el fútbol y la bebida.

—¡Y unas aceitunas! —brama Unai.

Saco el bote de la despensa, vuelco una cantidad generosa en un bol, me planto frente a él y dejo caer el cuenco sobre la mesita.

—Aquí tiene, majestad. ¿Desea el señor algo más? ¿Un masaje de pies, el mando a distancia en bandeja de plata o que le abanique con una hoja de palma?

Unai agarra una aceituna con dos dedos y la levanta a modo de agradecimiento.

—No, gracias, así está bien. Aunque, para serte sincero, preferiría estar con ama . Aita ha empezado a hablar de su nuevo proyecto.

Casi como si lo hubiéramos invocado, mi padre pasa por mi lado, me planta un beso cariñoso en la sien y se deja caer en el sillón individual. Le tiende un botellín a mi hermano e ignora el amago de queja de su primogénito.

—A ver, ¿por dónde iba? —Le da un sorbo a su bebida—.

Ah, sí. Resulta que la eslora de la maqueta que estoy armando en el garaje me está dando una guerra tremenda con el ajuste del casco.

No te imaginas el rompecabezas que es encajar los listones de madera de riga sin que se curve la estructura principal.

Le guiño un ojo a Unai, que tiene pinta de náufrago, y doy media vuelta para regresar a mi propio calvario.

Mi madre se limpia las manos en el trapo que lleva colgado de la cintura y me señala el bol de madera con la punta de acero.

—Venga, ponte con la ensalada, que las lechugas están ya escurridas. ¿Y Francisco? ¿Dónde está? Pensaba que andaría por aquí.

—Tenía que ir a la oficina —respondo con toda la naturalidad que soy capaz, cogiendo el cuchillo limpio y ensañándome con el primer tomate de la fila.

—Ay, ese chico trabaja demasiado. —Niega con la cabeza y echa la cebolla picada a la sartén—.

Tendría que soltarse un poco, de verdad.

Que los años se pasan volando y a este paso se le va a pasar el arroz.

Le vendría bien una buena chica que lo acompañe y lo haga bajar a la tierra, que está obsesionado con los negocios.

Al escuchar la palabra «chica», un pinchazo agudo y molesto me atiza directo en la boca del estómago.

Con el cuchillo a medio camino de la tabla, decido autoengañarme dictaminando que es por el hambre.

Para solucionar el supuesto problema de desnutrición, pesco un trozo de tomate recién cortado y me lo meto en la boca.

—¡Catalina! Que luego no cenas.

La mujer esta se ha quedado congelada en el tiempo y cree que mi hermano y yo seguimos en primaria.

—De todas formas, ha sido una suerte que haya vuelto de Estocolmo —continúa, bajando el fuego—. Necesitaba regresar a casa. Allí estaba muy solo, tan lejos de todo el mundo.

Asiento con la cabeza y cuento las pepitas de la rodaja.

La mente se me va directa a un callejón sin salida.

¿Solo? Bueno, ha estado casi dos décadas viviendo allí.

Tiempo suficiente para construir una vida entera.

Tendría su círculo, sus rutinas, su gente y sus amigos...

pero si de verdad los tenía, ¿por qué demonios regresó a España?

¿Tanto le importa su bendita carrera profesional y llegar a la puta cima que fue capaz de empaquetar toda su existencia y dejarlo todo atrás sin pestañear?

Aunque, pensándolo bien, tal vez no tenía amigos.

A ver, con ese carácter de robot, lo raro sería que alguien aguantara el tipo a su lado sin querer estrangularlo con la corbata.

Sacudo la cabeza. No, por muy estirado que sea, tendría que haber estrechado lazos con alguien, ¿no?

Alguna novia, algún afecto, alguna persona.

Tengo que sonsacarle esto a Unai como sea.

Él debe de saberlo todo con pelos y señales.

¿Pero qué coño me pasa? ¿Desde cuándo me importa a mí el pasado del Innombrable? No voy a preguntar nada. Me da igual si tenía una corte de modelos de pasarela o si cenaba solo frente a sus gráficos de Excel. Nuestro pacto es puro desahogo. Su vida no me incumbe lo más mínimo.

Aprieto los dientes, entierro la curiosidad y sigo con los tomates, repitiéndome que lo único que me une a él es un acuerdo sin ataduras. Sin ataduras y exclusividad. Todavía no me cabe en la cabeza por qué se molestó en meter esa cláusula. ¿A qué puñetas juega?