Ni tan caótica ni tan correcta (Ni tan jóvenes ni tan sabias 3) Capítulo 24
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Capítulo 24

Fran

El plástico del colchón hinchable cruje al dejarme caer y el compás errático de nuestras respiraciones llena la habitación mientras contemplo las sombras en el techo. A mi lado, Catalina tiene la mirada perdida, con los labios hinchados y una quietud inesperada.

—Si llego a saber que este era el método infalible para conseguir que te quedaras callada, lo habría puesto en práctica el primer día de convivencia.

Gira la cabeza despacio hacia mí.

—Eso no te lo crees ni tú. Hasta hace veinticuatro horas no era más que la hermana menor de tu mejor amigo, esa molestia con patas que venía incluida en el paquete.

Me guardo la réplica y devuelvo la vista al techo.

No ha sido cosa de un día, aunque tiene parte de razón; antes de mi vuelta a España, ella pertenecía a una categoría mental muy distinta, un archivo con el epígrafe de compromisos familiares que no requería mayor atención.

El problema es que esa vieja etiqueta ha saltado por los aires durante estos días de convivencia.

Repaso nuestras interacciones de estas últimas semanas para localizar el momento exacto en que todo empezó a írseme de las manos. Análisis que se va al traste cuando el colchón bota porque Catalina se incorpora de un salto.

—Gracias por el ahorro en la cuota del gimnasio y por la liberación de estrés —suelta, recogiendo el sujetador del suelo—. Ha sido una sesión de cardio excelente.

Me apoyo en el codo, frunciendo el ceño ante la súbita prisa que le ha entrado por desaparecer.

—¿Qué haces?

Se detiene a medio camino de recoger las bragas.

—Preparando la colada. ¿Qué crees que hago? Regresar a mi dormitorio antes de que mi hermano se entere.

La lógica de sus palabras choca de frente con un impulso irracional que me empuja a pedirle que se quede, a retenerla entre las sábanas hasta el amanecer, pero el sentido común me frena a tiempo.

Es absurdo complicar la logística. Cuando abro la boca para proponer un calendario de futuros encuentros que optimice esta inesperada compatibilidad, ella se sube la prenda interior de un tirón y se me adelanta.

—Esto no puede volver a pasar.

El tono resolutivo me enciende la sangre. Me destapo, planto los pies en el suelo y me calzo los bóxers.

—¿Por qué?

—No voy a repetir el listado de razones que te he soltado hace un rato, pero son muchas y bastante sólidas para cualquiera que tenga dos dedos de frente —replica, metiendo las piernas por las perneras con cierta dificultad.

Reduzco el espacio hasta percibir el calor que desprende su piel.

—Somos dos adultos funcionales, Catalina. Nos atraemos, la química funciona y podemos pasar un buen rato juntos sin necesidad de levantar un drama internacional.

—Es una puta locura, Fran.

—Pensaba que tú eras la reina de las locuras —le espeto, buscando su mirada.

—Una cosa es ser espontánea y otra es saltar en paracaídas sin comprobar si llevas mochila. —Tira de la cremallera, que se resiste.

Doy otro paso, acorralándola contra la cómoda.

—Es una solución perfecta para los dos. Yo arrastro una carga de estrés laboral considerable y carezco del tiempo necesario para conocer gente, cumplir los protocolos de citas y gestionar las expectativas de una extraña.

Y tú acabas de admitir que atraviesas un periodo de inactividad monumental que…

—Oye, listillo. —Me clava un dedo en el pecho—. No te atrevas a echarme en cara mis periodos de inactividad como si fueras un auditor de mi vida sexual.

Aprovecho el impulso de su ataque para atraparla por la nuca. La pego a mi cuerpo con firmeza, inclinándome hasta rozar el punto donde el pulso le va a mil por hora.

—Solo es ayudarnos mutuamente —susurro contra su oído, dejando que mi mano baje por su pecho.

Suelta un suspiro tembloroso, la rigidez de sus hombros disminuye y contengo una sonrisa cuando empieza a derretirse en mis brazos a pesar del amago de resistencia.

—No va a funcionar —insiste, aunque la voz carece de la contundencia de antes—. No nos soportamos. Discutimos hasta por el color del cielo.

—No necesitamos llevarnos bien —le rebato, descendiendo el camino hacia la línea del vaquero—. Es solo sexo.

Ella se queda inmóvil, procesando la información. Deslizo los dedos por debajo de la tela elástica de sus bragas y, al acariciar sus pliegues, echa la cabeza hacia atrás.

—Mierda. Tengo que admitir que ese último argumento es potente.

—Te propongo un acuerdo de colaboración confidencial —susurro, deteniendo el movimiento de los dedos—. Cuando la tensión aumente y ambos estemos disponibles, nos encerramos aquí y liquidamos el problema. Sin preguntas, sin dramas y con la precaución de que Unai no se entere de nada.

La nariz arrugada delata que busca una réplica. Sin embargo, las pupilas dilatadas y el agarre firme en los hombros para no caer al suelo confirman que el trato va por buen camino.

—Eres un jodido psicópata corporativo, ¿lo sabías? —El insulto pierde toda la fuerza porque se le escapa un jadeo cuando vuelvo a presionar—. No puedes externalizar tus orgasmos como si fuera una contrata de limpieza para ahorrar costes.

—Solo optimizo recursos. Son matemáticas básicas. Si tenemos la misma necesidad y el nivel de compatibilidad está rozando el excelente, buscar fuera es una pérdida de tiempo y energía.

Aprieta los labios.

—¿Y las reglas? —pregunta, recuperando un atisbo de esa altivez que tanto me enciende—.

Porque si vamos a firmar este contrato basura, exijo condiciones.

Nada de besitos en los pasillos, nada de miradas de complicidad en el desayuno delante de mi hermano y, bajo ningún concepto, se te ocurra opinar sobre con quién salgo o dejo de salir cuando cruzo esa puerta.

Esto es un desahogo. Un pacto de puro egoísmo.

—De acuerdo con mantener las distancias fuera de aquí. Solo tengo una cláusula que agregar.

—¿Cuál?

La yema de mi dedo sigue trazando círculos lentos por debajo del encaje. Los gemidos que intenta reprimir bloquean mi capacidad de análisis. Carezco de una justificación racional para lo que voy a exigir, pero el parámetro ya es inamovible.

—Exclusividad.

Se tensa bajo mis manos, los ojos muy abiertos por la sorpresa, dispuesta a soltar la enésima réplica de la noche. No le doy margen. Me inclino y le muerdo el lóbulo de la oreja con suavidad.

—¿Po-por qué? —susurra.

—Tengo mis motivos.

Solo que no tengo la menor idea de cuáles son. Sin embargo, cuando Catalina suelta otro gemido ahogado contra mi cuello, la necesidad de justificarme queda anulada. Le atrapo la boca en un beso agresivo, forzando el paso con la lengua para devorarla sin prisa, anulando cualquier intento de debate.

Al separarnos, con la respiración desbocada, me sostiene la mirada antes de relajar los hombros.

—Está bien —cede con la barbilla alzada en un último gesto de orgullo—. Acepto la exclusividad.

—Entonces el pantalón y las bragas sobran. —Tiro de las prendas hacia abajo con la mano libre—. Volvemos a la cama.