Ni tan caótica ni tan correcta (Ni tan jóvenes ni tan sabias 3) Capítulo 23
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Capítulo 23

Cata

Tener las cosas claras de camino a tu ejecución es una ventaja que se desmorona en el instante en el que cruzas el umbral y el verdugo te recibe sin camiseta.

El plan maestro que he pulido durante los últimos veinte minutos en mi habitación, consistente en una serie de argumentos maduros, asépticos y ensayados para convencer al Innombrable de que lo de anoche fue un desliz sin importancia, se evapora de mi cerebro al tiempo que me atraganto con mi propia saliva.

Porque tú también estás viendo esto, ¿no?

No es mi cerebro salido que se lo imagina solo con un pantalón de chándal gris colgado de los huesos de las caderas y dejando a la vista la famosa «v» de «vía libre» hacia las zonas prohibidas.

El resto de ingeniería anatómica —que dan ganas de denunciar al Ministerio de Consumo—: los hombros anchos que usé de barandilla, el pecho esculpido a base de gimnasio y esos jodidos abdominales que cualquier tradwife usaría para lavar ropa, hacen colapsar mi memoria RAM y la elocuencia de la que presumo se reduce a un encefalograma plano.

—Coincido —dice, cruzando esos brazos donde las venas dibujan un mapa de carreteras en relieve—. Yo también creo que tenemos varios puntos que aclarar.

—Ponte... ponte una camiseta —consigo balbucear, señalándole el torso con un dedo—. Haz el favor de taparte porque así es imposible que me concentre en una sola frase con sujeto y predicado.

Fran arquea una ceja, esa maldita ceja que domina a la perfección para recordarme que soy un caos con patas, y una sonrisa ladeada se le dibuja en los labios.

—Vaya, no sabía que mi estructura ósea resultara tan perturbadora para tu capacidad intelectual. Siempre pensé que estabas por encima de las distracciones carnales de los simples mortales.

—Mira, listillo, si quieres me quito el jersey ahora mismo, te planto las tetas a cinco centímetros de la nariz y comprobamos si tu prodigioso cerebro de ejecutivo estirado es capaz de recordar las tablas de multiplicar. ¿Te parece un trato justo?

La chispa peligrosa que se le refleja en la mirada casi me hace perder el hilo de pensamiento de nuevo.

—Aunque tu propuesta tiene su punto —admite, yendo hacia el armario—, prefiero que nos dejemos la ropa puesta si de verdad pretendes que usemos la boca para hablar.

Aprieto los puños y me insulto en todos los idiomas conocidos, porque ver a un hombre ponerse una simple prenda de algodón debería ser el acto más aburrido del mundo y, sin embargo, contemplar cómo los músculos de la espalda se tensan y la tela gris se desliza por la piel me provoca una oleada de calor que me hace plantearme si he entrado en la perimenopausia.

Excitarse viendo a alguien taparse es el colmo de la desesperación, un billete en primera clase directo al infierno de las mujeres sin dignidad, donde la excusa barata de que llevaba una temporada de sequía del tamaño del Sahara ya no justifica semejante despropósito.

—¿Terminaste de escanear la mercancía o necesitas que dé otra vuelta? —pregunta.

Saco la poca entereza que me queda, me coloco recta y levanto la barbilla dispuesta a demostrarle que controlo la situación, aunque los dos sepamos que es mentira.

—De acuerdo, vamos al lío. Anoche estuvo bien, hasta rozó la matrícula de honor y entra en el top diez de polvos de mi vida, pero esto no puede volver a pasar bajo ningún concepto porque se hace rarísimo.

No soy yo, eres tú. Eres ese tipo de hombre que planifica sus desayunos por semanas y el mejor amigo de mi hermano, el mismo que duerme aquí al lado con la pierna escayolada y que no debe enterarse de esto nunca.

No necesita saber que tienes una técnica estupenda y unos niveles de resistencia que ya quisiera la batería de mi móvil.

Igual estarás de acuerdo en que es un sinsentido logístico.

No vamos a darle más vueltas. Mezclar churras con merinas siempre sale mal, lo dice la OCDE y lo sé yo, que una vez mezclé lejía con amoníaco limpiando el baño y casi provoco una evacuación vecinal por armas químicas, que es lo que pasará aquí si Unai sospecha que has inspeccionado el terreno de su hermana pequeña mientras veíamos una película de Macaulay Culkin —que, por cierto, vaya trauma de niño—, aunque ese es otro tema que no viene al caso porque lo importante aquí es trazar una línea roja en el suelo, una frontera geopolítica inquebrantable, y actuar como dos adultos funcionales que han tenido un bache en el sendero del celibato impuesto por las circunstancias.

— A ver, tú que me lees, ¿te estás enterando de algo de lo que estoy soltando?

Porque yo no tengo ni la más remota idea de a dónde quiero llegar, y por la cara de póker que tiene Francisco, está calculando el coste de ingresarme en un centro psiquiátrico de alta seguridad —.

Porque las fronteras espaciales existen por algo, Francisco, que para eso se inventaron los mapas y los tratados de paz.

Y si nos saltamos los límites geográficos de la convivencia básica, corremos el riesgo de que la próxima vez que pases la sal en la mesa parezca un mensaje en clave de la Guerra Fría.

Además, Ozzy es un animal muy sensible a los cambios del entorno y desde esta mañana ha actuado raro.

El paseo no fue el mismo de siempre. Ya sabes, los animales huelen el remordimiento y estoy segura de que sabe lo que hicimos en el sofá, que no es nuestro.

Por cierto, deberíamos hacerle un tratamiento de limpieza.

Ni idea de cómo vamos a justificarlo ante Unai.

Tal vez si le decimos que se nos cayó un bote de kétchup.

Pero, ¿qué hacíamos con el kétchup ahí? Hablando de comida, las sobras se van a acabar y tendremos que decidir quién va al supermercado a hacer la compra.

Hace falta papel higiénico y aguacates. Puedo ir yo o puedes ir tú.

Como quieras. Los dos no, porque sería raro y poco práctico. Si quieres, hago una lista y te la…

No termino la frase porque me atrapa la nuca y me calla con un beso. No es casto, ni diplomático, y cruza todas las fronteras. Gimo aferrada a la tela de su camiseta. Me muerde el labio inferior con fuerza y las rodillas se me vuelven de gelatina.

Cuando se separa apenas unos milímetros, parpadeo como un búho.

—¿Es que... es que no me has escuchado? —Ni mi madre me reconocería la voz.

—Me perdí cuando mencionaste a la OCDE.

Agarra el borde de mi jersey de lana y lo sube hasta despojarme de la primera barrera que me protege del desastre.

El jersey vuela y, sin tiempo para procesar el frío en mi piel, sus labios me rozan la curva de mi cuello.

—En resumen... —Le clavo las uñas en los hombros cuando me deja un rastro de besos a lo largo de la clavícula—. No. No deberíamos volver a hacerlo. Es una locura.

—Tienes toda la razón.

Sus actos contradicen sus palabras, porque sus dedos hábiles buscan el broche del sujetador y lo sueltan de un movimiento.

—Y Unai... Unai está en la habitación de al lado... —protesto en un último y patético intento de invocar a la cordura.

—Ajá, al lado —responde antes de atrapar uno de mis pezones y succionarlo con fuerza.

Me muerdo para no despertar a todo el vecindario.

—Fran, esta es... esta es la razón por la que... por la que no podemos... —digo, pero pasa al otro pecho y lo único que consigo es un balbuceo inconexo.

Sin dejar de devorarme, empieza a caminar hacia atrás, arrastrándome consigo en una coreografía a ciegas donde mis botas todoterreno avanzan con torpeza entre sus pies, hasta que la parte posterior de mis rodillas choca contra el borde del colchón inflable.

Caemos juntos y él se incorpora para quitarme las botas y los calcetines.

Luego me desabrocha el pantalón y tira de la prenda vaquera hacia abajo, arrastrando las bragas en el proceso.

—No te imaginas cómo me enciendes cuando te pones así, Catastrófica .

Un escalofrío me recorre el cuerpo cuando desliza la palma por mis piernas desnudas.

—¿Te refieres a cuando hablo por los codos y sin filtro?

—Eso también, aunque me refería a lo desquiciado que me traes desde que te probé.

—Se inclina sobre mí hasta que su aliento me roza el punto que palpita desbocado implorando su toque—.

No hay un solo gráfico, ni una sola maldita proyección de datos que explique cómo he podido pasar tanto tiempo ignorando que encajas así de bien entre mis manos.

Así que habla todo lo que quieras, monta el número que te dé la gana.

De todas formas, vas a dejarme devolverte el favor del sofá.

Dibuja un trazo ascendente con la lengua, húmedo y jodidamente caliente, que borra de un plumazo el abecedario, la cordura y cualquier tratado internacional que se haya firmado desde el descubrimiento de América.

El gemido agudo que suelto rebota contra las paredes de la habitación y hundo los dedos en su pelo con desesperación.

El orgullo lo he perdido hace rato. ¿Qué OCDE, qué Unai ni qué malas ideas?

En cuanto repite el movimiento, recreándose en el epicentro de mi cortocircuito, su destreza confirma que ha debido estudiar anatomía aplicada en alguna universidad de élite, porque todas las razones de peso por las que esto era una idea de mierda se disuelven en un charco de pura necesidad.

Si lo de ayer me pareció que había estado a la altura, lo de ahora es un sabotaje en toda regla a mi sistema nervioso.

Me lame con insistencia salvaje y rítmica.

La pelvis se me eleva sola en busca de más, y solo me queda asumir la peor de las realidades: que estoy entregada a los métodos del enemigo y que, si sigue usando la boca de esa manera, lo de firmar una tregua va a dejar de parecerme un error garrafal.