Ni tan caótica ni tan correcta (Ni tan jóvenes ni tan sabias 3) Capítulo 22
37%

Capítulo 22

Fran

Todavía resuena el eco del portazo con el que Catalina ha salido de casa como alma que lleva el diablo, amparada en la vaga excusa de visitar a una amiga.

Con la taza de café entre las manos, intento descifrar el catálogo de contradicciones que me genera su marcha.

Por un lado, el alivio de no tener que enfrentarme a ella delante de Unai es inmenso.

Por otro lado, me exaspera que evite el problema de forma tan descarada.

La sutileza no figura entre sus virtudes y su huida ha dejado un rastro de sospecha que mi mejor amigo se apresura a desenterrar.

—¿Se puede saber qué mosca le ha picado? ¿Tuvisteis alguna bronca anoche después de que yo me subiera a dormir?

—Para nada. —Contengo una mueca al darle un sorbo al café frío—. En cuanto terminó la película, nos fuimos cada uno a su cuarto.

Tuerce el gesto y se rasca la barba incipiente.

—No hacía falta que aclararas lo de las habitaciones, tío. Como si os fuerais a equivocar de cama.

El líquido se me desvía por el conducto equivocado y me provoca un ataque de tos tan violento que tengo que dejar el café sobre la mesa para no derramarlo.

Me golpeo el pecho con el puño. Recupero el aire y maldigo la puntería de sus bromas.

Mi sistema nervioso no va a sobrevivir a las próximas semanas de convivencia si cada comentario inocente se convierte en un campo de minas.

Por suerte, la tensión se disipa en cuanto encendemos la consola. Pasamos el resto de la tarde pegados a la pantalla, sumergidos en una rutina de partidos virtuales donde las conversaciones se reducen a gruñidos, monosílabos e insultos afectuosos.

La burbuja de testosterona y mandos inalámbricos funciona como un bálsamo temporal hasta que, pasadas las ocho, el sonido de la cerradura hace que mi pulgar se quede congelado en el botón de pase.

Catalina trae las mejillas encendidas por el frío. Evita mirarme de frente, pero el rabillo del ojo la delata cuando se quita el abrigo y se recoloca el jersey.

—Vaya, la fugitiva ha regresado —dice Unai, concentrado en regatear a mi defensa—. Pensaba que Delilah te había captado para una secta.

—No la aceptarían ni aunque pagara la cuota —digo, robándole la pelota—. El primer requisito es la obediencia ciega y Catastrófica es incapaz de seguir una sola norma sin discutirla. Además, exigen votos de silencio de vez en cuando, un límite de palabras que no aguantarías ni cinco minutos.

—¿Perdona? Para tu información, tengo una capacidad de autocontrol que ya quisiera un adicto a las compras en el Prime Day de Amazon. Y si hablo es porque tengo cosas interesantes que decir, no como vosotros, que solo os comunicáis como cromañones.

—¡Golazo de Messi! ¡A mamarla! —Unai suelta el mando para aplaudirse a sí mismo antes de apuntarme con un dedo—. Continúa hablando, enana, así lo desconcentras, que lleva todo el santo día humillándome.

—Ni con eso tienes una oportunidad —le lanzo a Unai, aunque la realidad es que he perdido el foco en el juego. Toda mi atención se ha desviado hacia la cocina, donde Catalina bebe un vaso de agua.

Tras otro gol que lo proclama ganador, suelto el mando sobre el sofá.

—Eres un jodido, en cuanto le doy la vuelta al marcador te rajas. —Unai estira los brazos con un bostezo ruidoso—. Habrá que ver qué queda en la nevera para calentar las sobras y cenar algo decente, que tengo el estómago pegado al espinazo.

—Yo paso, cenad vosotros. He picado algo con Delilah y estoy muerta. Me voy directa a la cama —lanza a modo de despedida.

Su retirada prematura y la ausencia de la réplica afilada que esperaba tras mi provocación encienden todas las alertas. Ni siquiera me ha mirado. Se pierde escaleras arriba con el perro del demonio pisándole los talones.

—Está rarísima —murmura Unai, apoyándose en el sofá para incorporarse a por sus muletas—. ¿Seguro que no ha pasado nada?

—No, todo como siempre —miento, y le doy dos palmadas en el hombro camino a la cocina para disimular el vuelco salvaje que me da el corazón al escuchar el golpe de la puerta.

Cenamos de pie, devorando las sobras de ayer directo del túper, en un silencio que Unai intenta rellenar comentando las jugadas de hoy.

Yo asiento, metido en mi propia cabeza, deseando que termine la noche para encerrarme a solas.

Después de recoger la cocina, ambos decidimos retirarnos a descansar.

Se detiene bajo el marco y, apoyando el peso en la pierna buena, me señala con la punta de una muleta.

—Tú también estás raro. A ver si os ha picado el mismo bicho a mi hermana y a ti.

Me despido con una evasiva y, una vez a salvo en mi dormitorio, me pongo el pantalón del pijama. Tirado sobre el colchón, entrelazo las manos bajo la nuca y me entretengo con las sombras de los árboles proyectadas sobre el techo.

Debo encontrar el momento para hablar con ella en privado. Me resulta inaceptable que me ignore y que pretenda eludir las consecuencias de lo ocurrido. Lo que sucedió anoche responde a una decisión compartida; somos dos adultos funcionales, no un par de adolescentes hormonados.

Un crujido leve me saca de mis pensamientos. Aguzo el oído con el corazón acelerado. Cuando asumo que ha sido una mala pasada de mi propia fijación mental y me dispongo a cerrar los ojos, vuelven a golpear. Dos toques.

Planto los pies descalzos sobre el suelo frío y camino hacia la puerta.

En cuanto giro el pomo y abro la hoja, Catalina me atropella.

No pide permiso ni espera ser invitada. Se gira sobre sus talones, me hace señas para que cierre y, en cuanto el clic del pestillo nos encierra, pronuncia las tres malditas palabras:

—Tenemos que hablar.