Ni tan caótica ni tan correcta (Ni tan jóvenes ni tan sabias 3) Capítulo 21
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Capítulo 21

Cata

—Tu aura despide un tono rojo volcánico que está asustando a las plantas —susurra una voz pausada detrás de mi oreja, apareciendo de la absoluta nada como si hubiera cruzado una puerta dimensional.

—¡Hostia puta, Delilah! —Pego un bote en el asiento que casi me hace romper la barrera del sonido y, al estirar el brazo en un acto reflejo, golpeo la taza que la camarera acaba de dejar.

El café sale despedido por los aires, dibuja una parábola perfecta y aterriza mitad sobre mis vaqueros, mitad en la superficie de madera, donde se extiende en un mapa marrón que avanza hacia el borde a velocidad de crucero.

Me cago en todo lo que se menea, en los duendes de la Navidad y en la bendita sincronización cósmica.

Me pongo en pie de un salto soltando tacos por esa boca que Fran tanto se entretuvo en callar anoche. Ozzy ni se inmuta.

Delilah, lejos de alterarse o mostrar el más mínimo rastro de culpabilidad por haberme provocado una quemadura de segundo grado en la pelvis, me dedica una sonrisa dulce antes de deslizarse en la silla libre.

Coge un par de servilletas de papel del dispensador y comienza a secar el charco de la mesa con unos movimientos circulares tan pausados que resultan casi hipnóticos.

—Necesitas soltar el control, cielo, aunque reconozco que la física elemental a veces es un poco brusca con sus mensajes —dice.

Una vez controlado el estropicio, con el muslo izquierdo empapado, vuelvo a tomar asiento mientras la camarera, compadecida de mi existencia, me trae una taza de reposición y le deja a Delilah un brebaje humeante con olor a canela y pimienta.

Le doy un trago largo al mío, para que el calor me baje las pulsaciones, pero la presencia de mi amiga, que me observa por encima del borde de su taza con la fijeza de un búho que lee el destino, me pone más nerviosa que tener la cuenta corriente en números rojos.

—A ver, escúpelo ya —le pido—. ¿Qué le pasa a mi aura, aparte de que está pidiendo a gritos un quitamanchas?

Deja el vaso en la madera con delicadeza, apoya la barbilla en las manos y me recorre con la mirada.

—Tus chakras inferiores vibran en una frecuencia tan alta que puedo escuchar el zumbido desde aquí. Hay mucha energía de fuego retenida en tu centro y, si no me equivoco, has tenido un intercambio de fluidos muy intenso con alguien que tiene la estructura mental de un bloque de granito.

Me atraganto con el aire. Ozzy levanta una oreja, indignado por la interrupción.

—¿Un qué? —alcanzo a balbucir—. ¿De qué coño hablas? He pasado la noche viendo Solo en casa .

—Los ojos no mienten, tienes las pupilas dilatadas de las mujeres que han encontrado la divinidad a través del cuerpo y hueles a sexo por mucho que intentes camuflarlo con duchas, perfume y café.

—Miro a mi alrededor por si hay un micrófono oculto entre las guirnaldas plateadas y alguien salta a decir que estamos en un show de comedia—.

El plano físico es muy evidente cuando se activa con tanta rotundidad.

No hay necesidad de que te escondas de mí.

Sé que es inútil mentirle, sobre todo porque la tía no lo dice para juzgarme ni tiene un ápice de maldad. Me recuesto contra el respaldo y el suspiro que suelto arrastra los fantasmas que llevo esquivando desde que me desperté.

—Vale, de acuerdo, ganaste —admito en un susurro—.

Anoche se me fue la pinza y terminé empalada en el Innombrable.

El tío del control absoluto y las proyecciones de datos resultó que tenía guardada una marcha secreta, y ahora mismo tengo la cabeza hecha un auténtico lío porque no sé cómo mirarlo a la cara sin ponerme a pensar en lo bien que lo pasé ayer.

—Eso es maravilloso. El cuerpo es un templo sagrado y a veces los muros más rígidos necesitan un buen terremoto para que el alma pueda respirar.

Se piensa que hemos hecho un ritual de sanación chamánica cuando en realidad ha sido un calentón histórico entre dos personas que no se soportan.

—Que no, que no te enteras, que no hay nada de maravilloso en esto.

—Clavo las uñas en mis vaqueros húmedos—.

Es una catástrofe con mayúsculas. Francisco es el hombre más cuadriculado, aburrido y meticuloso del planeta.

Y lleva veintidós años mirándome como si yo fuera una niñata que solo le complica la existencia. No estoy preparada para gestionar esto.

—No te atormentes tanto, estás dándole demasiadas vueltas a algo que ha sido un hermoso impulso orgánico. Eres una mujer adulta, él es un hombre adulto y la vida siempre termina por solucionar las cosas sola si dejas que sigan su curso.

—Eso es una sarta de gilipolleces que aparecen en los libros de autoayuda que Ana rechaza en la editorial, porque a mí la vida no me soluciona nada por las buenas; al contrario, cada vez que dejo algo en manos del destino, me monta un desastre natural con incontables ramificaciones.

—Solo tienes que confiar y, bueno, tal vez necesitáis sentaros a conversar con el corazón abierto.

—¿Conversar con el Innombrable a corazón abierto?

—Mi risa suena más a histeria que a otra cosa—.

Antes me arranco las uñas de los pies una a una con un alicate oxidado.

—Me paso una mano por la cara—. Supongo que en el fondo tienes razón.

Me estoy ahogando en un vaso de agua por un calentón navideño.

Hablo con él, aclaramos que fue algo de una noche para liberar tensión acumulada y aquí no ha pasado nada.

Su expresión delata que está a punto de soltar un nuevo veredicto que no me va a hacer ninguna gracia, por lo que decido cortarla y me inclino hacia adelante para cambiar de tema de forma radical.

—Oye, ¿qué tal te va el asunto en la herboristería? ¿Te han subido las horas al final?

—Sí, mi amiga ya se ha cogido la baja por el embarazo.

La pobre tenía la pelvis muy desalineada con el peso del bebé, así que ahora estoy llevando el timón de La Caléndula a tiempo completo.

Y lo mejor es que el universo por fin me ha puesto un techo sobre la cabeza; he encontrado piso esta misma semana.

—¡No me jodas! Qué buena noticia. ¿Y qué tal está? Cuéntame, ¿dónde te has metido?

—Es una habitación individual preciosa en un piso compartido en el centro.

La energía que se respira en las zonas comunes es efervescente y tengo cinco compañeros maravillosos que están estudiando en la universidad —explica con la misma devoción con la que hablaría de un santuario budista en el Tíbet—.

Son seres divertidísimos. El otro día hubo una pequeña discordancia porque uno de ellos olvidó una pizza de cuatro quesos dentro del horno y los elementales del fuego se manifestaron en forma de una humareda negra que obligó a desalojar el edificio entero a las tres de la madrugada.

Me froto las sienes. Ozzy se remueve ajeno a las locuras de esta mujer.

—A ver, frena un momento. ¿Me estás diciendo que tus compañeros casi queman el bloque y a ti te parece divertido? Delilah, eso es una puta locura, tendrías que haberles denunciado y mudarte al día siguiente.

—Para nada, todo sucede para nuestro bien mayor.

Cuando llegaron los bomberos, dio la casualidad de que el jefe de la dotación era el tío paterno de Borja, que es el chico que se olvidó la pizza , así que se pusieron a hablar, nos canceló la multa por negligencia y le prometió que le traería un nuevo horno que no usa del pueblo.

Escuchar semejante demencia me deja con la boca abierta y las cejas tan arriba que me rozan el nacimiento del pelo.

Me debato entre si es una maldita consentida de la suerte o si vive en un universo paralelo donde la lógica y la cordura pasaron de largo.

Parpadeo un par de veces al ver cómo le da un trago a su brebaje.

Niego con la cabeza mientras sonrío. No se puede ser más rara.

Sin embargo, al verla acariciar la cabecita de Ozzy —que, para mi sorpresa absoluta, se limita a entornar los ojos encantado de la vida—, se me afloja el nudo que llevaba apretado en el estómago.

Esta sueca lunática, con sus túnicas de lino, sus tés curativos y su manía de ver milagros en los desastres domésticos, tiene una capacidad absurda para hacer que mis catástrofes parezcan simples anécdotas de bar.

Le estoy tomando un cariño tremendo, para qué nos vamos a engañar, y aunque jamás me verán descalza cantando mantras en un campo con amapolas, ahora mismo su efervescencia cósmica es el salvavidas que necesito.