Capítulo 20
Cata
Ozzy ocupa más de la mitad del colchón, ajeno al hecho de que su kilo y medio de pelo me tiene arrinconada contra el borde de la cama.
La luz grisácea del mediodía se filtra por la persiana.
Sostengo el móvil a escasos centímetros de la nariz, con los ojos entornados para esquivar el brillo de la pantalla, que a estas horas ya echa humo por la cantidad de notificaciones acumuladas en el chat del grupo tras la juerga que se pegaron anoche las chicas.
Leire
¡Feliz Navidad! Declaro la casa zona cero. Héctor lleva una hora recogiendo el salón y las niñas siguen durmiendo. Gracias por venir ayer.
Blanca
Feliz Navidad, bellas. Leire, la cena fue de diez. Todavía me estoy riendo con las expresiones que ponía Mara cada vez que Héctor hacía un chiste.
Por cierto, sigo esperando que Catalina dé señales de vida. Manifiéstate, por favor.
Ana
Eso. Tu silencio me preocupa. ¿Sobreviviste a la velada con el Innombrable o tenemos que ir a buscarte con un equipo de rescate?
Me tapo la cara con la mano libre. Una oleada de calor me recorre el cuerpo entero al repasar lo que ocurrió hace apenas unas horas en el sofá.
El eco de sus gemidos retumba en mis oídos y la presión de sus manos en mis caderas sigue grabada a fuego.
Recordar que le planté las cinco estrellas a Francisco en toda la cara me deja ardiendo por dentro.
Vaya si sobreviví. Vaya si supo estar a la altura.
Me tiemblan los dedos sobre el teclado, debatiéndome entre soltar la bomba del siglo o mantener la boca cerrada por una vez en mi vida.
¿Tú qué dices? Si les confieso a estas tres que me he tirado al mismísimo hombre del que llevo despotricando pestes los últimos años, el chat del grupo va a implosionar y Ana me va a someter a un tercer grado del que no salgo viva ni con un pacto con el diablo.
Leire
Chicas, dejadla, que seguro que la maratón de pelis se alargó y está durmiendo la mona. Ya aparecerá cuando el cuerpo le pida cafeína.
Agradezco el capote de Leire en silencio, respiro hondo y decido que lo mejor para mi salud mental es hacer como si no hubiera pasado nada.
¡Feliz Navidad! Viva y entera, tranquilas. Cenamos de lujo, vimos Solo en casa y caí redonda en la cama, que el día fue intenso. Siento haberme perdido lo de Leire.
¿Qué planes tenéis para hoy?
Leire
A mí me toca comida oficial en casa de mi madre... Deseadme suerte porque Rosa ya me ha mandado un mensaje para recordarme que no llegue tarde y seguro que tiene preparados tres folios de críticas sobre mi vida.
Blanca
Damián y yo nos vamos a pasar unos días con su familia al monte. Ya sabéis, trekking para bajar los excesos de la cena de ayer, respirar un poco de aire limpio y un bosque donde sería superfácil enterrar a mi suegra.
Yo te ayudo a esconder el cuerpo si hace falta y así aprendo para cuando necesite cargarme a alguien.
Leire
¿Ya tienes pensado cómo vas a rematar al Innombrable?
Me muerdo el labio, porque las únicas formas que se me ocurren para rematar a Francisco no incluyen lejía, ni guantes de látex, ni bolsas de basura industriales. Más bien implican arrancarle la ropa, acorralarlo contra una superficie plana y dejar que me empotre otra vez.
Estoy en ello.
Ana
Nosotros vamos a salir a comer por ahí los cuatro juntos. Owen dijo que invita él. Ya os contaré cómo va.
Leire
¿Owen invita? Eso sí que es un milagro navideño. Mantennos informadas, por favor, que esa comida promete.
Blanca
Anoche se portó bien, así que yo tengo esperanzas.
Blanqui, tú siempre viendo el lado luminoso de la fuerza hasta en los peores Sith.
Blanca
Siempre. Disfrutad del día. Nos leemos luego que Damián ya subió las maletas al coche.
Leire
No te olvides de la pala.
Blanca
Nunca.
Estupendo, todas tienen la agenda completa.
Pasar el día encerrada entre estas cuatro paredes con Fran no es una opción.
No estoy preparada para cruzarme con él a la luz del día, ni para analizar la madurez de nuestro saludo, por mucho que anoche nos despidiéramos en la puerta con un beso casto en la frente que casi me pareció más peligroso que todo lo anterior.
Necesito aire, espacio y un par de horas lejos de su presencia para procesar que me ha volado la cabeza.
Salgo del grupo, busco la conversación con Delilah —a la que tengo agendada como Trollkvinna , que significa bruja en sueco— y amplío la foto de su perfil.
No se puede ser más mística. En la imagen aparece ella en mitad de un campo, rodeada de amapolas rojas con los brazos abiertos, el rostro hacia el cielo y dos trenzas deshechas que le llegan por la cintura. Tecleo con decisión.
Feliz Navidad. ¿Tienes algún plan para esta mañana o estás libre para salvarme del aburrimiento?
La respuesta tarda menos de un minuto en aparecer.
Trollkvinna
Te estaba esperando. El universo me ha dado el aviso a primera hora y está clarísimo que necesitas un cruce de energías.
Se me escapa una sonrisa a pesar de los nervios que me atenazan el estómago y me destapo con cuidado de no interrumpir el sagrado descanso de Ozzy.
Nos vemos en media hora en la cafetería del paseo marítimo, la que está al lado del faro.
Suelto el teléfono sobre el edredón y, con la muda de ropa preparada, cruzo el pasillo de puntillas en una misión de espionaje digna de película de intriga para meterme en el baño.
Me pego una ducha rápida, de esas en las que el agua hirviendo te espabila las ideas, pero no logra borrarte la sensación de sus dedos quemándote la piel, y me visto a toda velocidad con unos vaqueros cómodos, un jersey grueso de lana que me tapa hasta la barbilla y mis botas todoterreno.
De vuelta en la habitación, agarro a Ozzy en brazos, que me mira con cara de pocos amigos por haberle interrumpido la siesta postnavideña, y encaro las escaleras con el corazón golpeándome las costillas a un ritmo estúpido.
Bajo los escalones uno a uno y, conteniendo la respiración, le rezo a todos los dioses paganos que Delilah adora para encontrar la planta baja desierta y poder ejecutar mi huida limpia hacia la libertad. Por supuesto, no escuchan mis plegarias.
El murmullo de voces masculinas y el olor a café recién hecho me alertan del peligro. Unai y Fran están instalados en la cocina. Atraigo a Ozzy contra mi pecho como si fuera un escudo antibalas y me anuncio desde el último peldaño.
—Bueno, señores, yo me largo.
Unai frunce el ceño.
—¿A dónde vas con tanta prisa, enana?
—He quedado con Delilah —le respondo, evitando el campo de gravedad que genera el otro ocupante de la estancia.
Intento ser fuerte, de verdad que lo intento, pero mi fuerza de voluntad es un chiste. Apoyado contra la encimera, con una sudadera gris que le sienta indecentemente bien y sosteniendo un vaso de agua, me sostiene la mirada y no veo en sus ojos la típica superioridad, sino desconcierto.
—Pues mándale saludos de mi parte a la sueca —dice Unai—. Dile que un día de estos me traiga un té de esos raros suyos, a ver si se me cura antes la pierna.
—Se los doy. Hasta luego —escupo las palabras casi sin respirar, doy media vuelta y salgo de la casa disparada antes de que Francisco abra esa boca suya para desmontarme la fachada.
El trayecto se me hace cortísimo, apenas diez minutos esquivando las calles desiertas de la ciudad bajo el cielo plomizo de diciembre.
Por una vez en la vida, la suerte me sonríe y consigo estacionar el coche en primera línea de playa.
Milagro que solo se explica porque a estas horas de la mañana todo el mundo está resguardado en sus casas, devorando las sobras de la cena en familia y fingiendo que se llevan bien con sus primos segundos.
Ignoro la punzada de culpabilidad por no estar con Unai el día de Navidad.
Al fin y al cabo, es mayorcito para cuidarse solo y se ha mostrado encantado de que salga a despejarme.
Al menos él no tiene que procesar que le ha otorgado matrícula de honor a su supuesto enemigo entre los cojines del salón.
Empujo la puerta acristalada de la cafetería y absorbo el aroma reconfortante a pan recién horneado y grano tostado.
El sitio está casi vacío, decorado con unas guirnaldas plateadas que cuelgan con cierta desgana del techo y un hilo musical navideño que a estas alturas ya roza el acoso psicológico.
Elijo una mesa junto al ventanal y acomodo a Ozzy en la silla contigua sobre mi bufanda.
El tío se enrosca en el sitio de inmediato, me dedica un bostezo que le ocupa toda la cara y vuelve a quedarse frito con esa facilidad pasmosa que envidio.
Delilah todavía no ha llegado, lo cual entra dentro de los parámetros normales porque ella no se rige por los relojes de los mortales, sino por la posición del sol o el humor de las mareas.
Cuando la camarera se acerca con la libreta, le pido un café con leche doble, bien cargado, caliente y con toda la cafeína que sea legal servir en un establecimiento público, porque la dosis de adrenalina de anoche me ha dejado las neuronas a medio gas.
El mar rompe furioso contra las rocas del espigón y las olas enormes reflejan el desbarajuste absoluto que llevo dentro.
Me centro en la espuma blanca, en los giros de las gaviotas, en cualquier tontería que me impida viajar de vuelta a esa mirada que me ha dedicado en la cocina.
Los dos sabemos que no lo logro.