Capítulo 19
Fran
Acaricio sus caderas mientras espero una respuesta que va a reventar de una forma u otra nuestra dinámica. El silencio del salón se llena con el ritmo acelerado de nuestras
respiraciones y el destello del televisor nos tiñe la piel de azul.
En la escala de decisiones temerarias, el escenario actual supera cualquier umbral de pérdidas asumibles; tengo a la hermana pequeña de mi mejor amigo subida a horcajadas, la tela fina del pijama es incapaz de camuflar la evidencia de mi absoluta falta de control y la sombra de una traición implícita hacia el tío que duerme un piso más arriba empieza a pesarme en la conciencia.
Debería apartarla de inmediato, pedir disculpas y retirarme a mi habitación a planificar una estrategia de contención de daños para la convivencia.
Sin embargo, su perfume dulce aniquila cualquier atisbo de sensatez.
Por una vez, la evaluación de daños se vuelve irrelevante frente a la urgencia de su boca a escasos milímetros de la mía.
Quiero apagar el interruptor de las alertas, mandar al garete la previsión de riesgos, contagiarme de esa bendita temeridad suya y que me arrastre con ella hacia un desastre que ahora mismo me parece el cielo.
Deslizo las palmas por sus costados en un trayecto lento hacia arriba, le acuno las mejillas con firmeza, coloco los pulgares sobre la línea de la mandíbula y le rodeo el cuello para retenerla.
Deja escapar un suspiro tembloroso sobre mis labios.
Los minutos se estiran en una agonía eterna donde las pulsaciones me retumban en los oídos y, cuando la tensión alcanza el límite y presiento que dará un paso atrás, elimina la distancia murmurando un «a la mierda».
El beso, violento y repentino, me empuja contra el respaldo del sofá.
Nuestras lenguas se entrelazan y la sal de las palomitas en sus labios me confirma la derrota absoluta de mis propios dogmas, ya que con cualquier otra persona un beso con rastro de comida me habría resultado un no rotundo y un motivo de rechazo inmediato.
Por supuesto, con ella mis normas desaparecen y hasta lo disfruto.
Pego su pelvis a la mía hasta eliminar el último resquicio de aire y, en un destello de claridad, me separo unos centímetros.
—Me tomo esto como que cruzamos la línea definitivamente —digo, porque me hace falta oír lo que su cuerpo me demuestra.
—Si quieres, mañana a primera hora te mando un burofax con el consentimiento por escrito, pero en este momento estoy ocupada intentando que me folles.
Me río.
—De verdad que no tienes ningún filtro.
—Y por lo que parece, es algo que te pone bastante.
Mi réplica se desvanece en cuanto tira de mi camiseta hacia arriba, forzándome a estirar los brazos para facilitarle el trabajo.
—Me encanta cómo usas la lengua para discutir, Francisco, solo que ahora mismo prefiero que la uses para otra cosa.
Lanza la prenda a algún rincón del salón y aprovecho para hacer lo mismo con la suya. Deslizo la tela hacia arriba, me deleito en la suavidad de su piel y a medio camino descubro que va sin sujetador. Hundo la boca en uno de sus pechos y lamo el pezón hasta arrancarle un gemido.
—Vaya, no sabía que el señor meticuloso era un impaciente —dice al terminar de quitársela.
—Después del numerito del Satisfyer me he imaginado hacer esto unas mil veces por hora —replico, sin apartarme de su pecho desnudo, que sube y baja a un ritmo frenético—. Necesitaba comprobar si la realidad era tan buena como mis hipótesis.
—¿Cuál es tu valoración?
Le sujeto las caderas, tiro de su cuerpo hacia delante y la empujo sin contemplaciones contra mi erección, dejando clara la respuesta.
—¿Tú qué crees?
—Creo que tengo que comprobarlo más de cerca.
Cuela las manos bajo el elástico de mis pantalones, echa las caderas hacia atrás para ganar espacio, desliza el tejido y me libera. Cada músculo del cuerpo se me tensa. Me recorre con la mirada, sopesa la situación y silba por lo bajo.
—Bueno, bueno... No está nada mal.
—¿Cuál es tu valoración? —la parafraseo.
—De entrada, pinta un cuatro estrellas. —Se ríe entre dientes al ver mi cara de indignación absoluta—. Todavía hay que comprobar si el usuario sabe cómo utilizar la maquinaria.
—¿Cuatro estrellas?
En lugar de responder, apoya la yema del índice en la base de mi polla y comienza a subir despacio por el contorno de la vena.
El amarillo de la uña resalta el camino hasta la punta.
Al alcanzar el extremo, roza la gota de líquido preseminal que se acumula allí y la esparce con delicadeza por toda la superficie de la cabeza.
La sobrecarga sensorial es tan violenta que cierro los ojos, incapaz de contener la sacudida de mi miembro ante la descarga de placer que me recorre el cuerpo.
La firmeza de sus dedos y un par de sacudidas lentas bastan para que estruje los cojines del sofá en un intento desesperado por no terminar antes de tiempo.
Al abrir los ojos, me la encuentro con el labio inferior atrapado entre los dientes y esa mirada que precede a cualquiera de sus habituales catástrofes.
—Eres un auténtico peligro —consigo articular.
Incrementa la presión de forma sutil y se inclina hacia mí.
—¿No te gusta el peligro?
—Prefiero los escenarios predecibles, pero contigo es algo imposible.
—Perfecto, me ahorras el trabajo de convencerte. Ahora quédate quietecito.
Se desliza con suavidad por mis piernas hacia el suelo y se sitúa de rodillas en el espacio que queda entre mis muslos. Sin romper el contacto visual, se inclina hacia delante y me lame de la base a la punta, imitando el recorrido que trazó con el dedo.
—Por el sabor te concedo medio punto extra, así que la valoración sube a cuatro y medio.
Transforma mi protesta en un jadeo cuando se la mete entera en la boca. Apoyo las manos en sus hombros y tenso el abdomen ante la gloriosa presión. Sin embargo, cuando el placer amenaza con hacerme perder el sentido de la realidad, interrumpe la succión y me dedica una mirada de advertencia.
—Si no quieres que Unai baje a comprobar qué pasa, vas a tener que ser más silencioso.
Después de relamerse, vuelve al ataque sin previo aviso.
En cuanto empieza a acariciarme los testículos, la acumulación de tensión amenaza con desbordarme.
Si quiero disfrutar de esto de verdad, necesito meterme dentro de ella de inmediato.
Enredo los dedos en su pelo y tiro hacia atrás para obligarla a interrumpir el asalto.
El movimiento, rudo y repentino, la pilla por sorpresa, pero basta ver cómo su lengua recorre el labio inferior con lentitud para certificar que el gesto le ha gustado.
—Si de verdad quieres el pack completo para emitir una valoración final y justa, vas a tener que parar y montarte aquí arriba. —Apenas reconozco mi voz.
Se pone de pie en el estrecho hueco entre mis piernas mientras se limpia la comisura de los labios con el dorso de la mano. Luego camina decidida hacia el mueble de la televisión.
—¿A dónde vas? —le pregunto, descolocado por su repentina retirada.
Sin decir una sola palabra, abre uno de los cajones inferiores, rebusca un segundo y saca un preservativo que brilla entre sus dedos.
Regresa hacia mí con paso lento, con esas curvas generosas recortadas por la luz tenue de la película que ha llegado a los créditos, y me entrega el pequeño paquete cuadrado.
Lo abro con dedos torpes debido a la urgencia y me lo coloco.
Sin dejar de mirarme, se despoja de los pantalones y de las bragas al mismo tiempo con un movimiento fluido. Se acomoda de nuevo a horcajadas sobre mis muslos y aprovecho la cercanía para colar la mano entre sus piernas, deslizando los dedos por sus pliegues empapados.
—Parece que a ti también te ha excitado la fase de pruebas —murmuro contra su cuello.
—Menos análisis de datos, Francisco, y más ejecución —replica.
Agarra mi miembro con una mano, se alinea y se empala de una sola sentada. La oleada de calor y humedad, al hundirse hasta la base, me arranca un gemido incontrolable.
Durante unos segundos, la mente se me queda en blanco, cautivado por la forma en que encajamos.
Suelta un suspiro largo y caliente contra mi oreja, me rodea el cuello con los brazos y flexiona el torso hacia delante.
La redondez de sus muslos me aprisiona los costados y la suavidad de su vientre presiona contra el mío.
Luego inicia un movimiento ascendente y lento.
—Joder, Catastrófica .
—¿Qué pasa? ¿La realidad supera tus proyecciones?
—Las destroza.
Le aprieto la carne de los glúteos para marcar el ritmo.
Cada vez que se eleva y vuelve a caer, la fricción de su piel mojada contra la base de mi miembro me empuja un paso más hacia el abismo.
Me fascina la soltura con la que se mueve.
Le acaricio la cintura y la atraigo con más fuerza en cada embestida, perdiendo la noción del tiempo y del espacio.
Una corriente eléctrica se acumula en el bajo vientre a velocidad de vértigo, avisando de que el control de la situación se me escapa.
Catalina echa la cabeza hacia atrás.
—Más rápido —pide en un susurro apenas audible.
Aumento la velocidad, pego su cuerpo al mío hasta que no queda un solo milímetro libre entre los dos y me inclino hacia delante para lamerle los pechos.
El sutil estremecimiento que la recorre y la forma en que sus músculos me aprisionan me confirman que se encuentra a las puertas del colapso.
El deseo primitivo de escucharla gritar mi nombre me atenaza las entrañas, pero la realidad de Unai durmiendo un piso más arriba me devuelve la alerta.
Hacer ruido es un riesgo inasumible. Y, aun así, la necesidad de arrastrarla conmigo me hace perder el sentido de la prudencia.
Dejo que el descontrol gobierne los movimientos de mis caderas y, cuando su cuerpo se tensa al borde del orgasmo, la atraigo por la nuca para estampar mi boca contra la suya, absorbiendo su grito en un beso profundo que sabe a victoria.
El eco de su placer me empuja al vacío. Continúo el balanceo con un par de estocadas ciegas, desesperadas, y me hundo en ella una última vez.
Mi propio orgasmo me revienta el pecho y desintegra cualquier rastro de mi analizado mundo.
Se desploma sobre mí, exhausta, con el corazón desbocado. Inmóvil bajo su peso, dejo que la oleada de placer me adormezca los músculos con la satisfacción instalada en cada fibra. El silencio regresa al salón, solo alterado por el zumbido de la estática de la pantalla.
A medida que la bruma del orgasmo se disipa, el pánico se me instala en el pecho.
Acabo de acostarme con la hermana pequeña de mi mejor amigo en el sofá de su propia casa.
La mujer a la que he visto crecer y que ahora descansa desnuda sobre mí ha destruido, en menos de una hora, cada uno de mis protocolos de contención.
Las implicaciones del escenario empiezan a alinearse, como el informe de una auditoría que revela daños irreparables.
Como si quisiera impedir la espiral de reproches que voy a soltar, mueve la cabeza y hunde un poco más la cara en el hueco entre mi hombro y mi cuello. El suspiro que suelta me hace cosquillas.
—Está bien, Francisco —murmura con la voz amortiguada contra mi piel y un rastro de risa floja—. Te llevas las cinco estrellas.
El comentario, tan fiel a su estilo irreverente, destruye la rigidez que empezaba a apoderarse de mí. Cierro los ojos, la rodeo con los brazos y la atraigo hacia mí, sin poder contener la sonrisa.