Capítulo 18
Cata
Gracias por tus aplausos. No es necesario que hagas una maldita ola por la jugada maestra que me marqué en la cocina con el Innombrable.
Por suerte, he visto la película un millón de veces y me sé los diálogos tan de memoria que podría recitarlos del derecho y del revés, lo cual me viene de perlas porque mi atención real lleva horas en cualquier otra parte menos en la pantalla.
A Unai no se le ocurrió otra genialidad para pasar la Nochebuena que organizar un maratón nostálgico de los noventa, así que aquí estamos los tres, enfundados en pijamas, rodeados de boles de palomitas, latas de cerveza vacías y con el viejo reproductor de VHS.
Vamos ya por la segunda parte de Solo en casa y el debate sobre los límites de la supervivencia humana alcanza el punto álgido.
—Ese hombre está muerto —sentencia Unai, dándole un trago largo a su lata antes de señalar el televisor—. El impacto de un saco de cemento de cuarenta y cinco kilos cayendo a plomo desde dos pisos de altura te fractura la columna, te revienta las cervicales y te deja rígido en el sitio.
—Totalmente de acuerdo —apoya Fran—. De hecho, habría muerto en la escena del ladrillo en la cabeza.
—Venga ya, por favor, que estáis buscando rigor científico en una película donde un crío de ocho años fabrica lanzallamas caseros.
—Estiro el brazo para pescar un puñado de palomitas y recoloco el cojín sobre mi regazo—.
Si queréis hablar de cosas irreales en este guion, hablemos de lo verdaderamente increíble: que sean tíos, les prendan fuego el pelo y sigan adelante como si nada, cuando en el mundo real a cualquier hombre un resfriado tonto de invierno lo deja postrado en la cama durante semanas.
Unai suelta una carcajada que hace temblar el bol.
—Tío, ahí nos ha calado. —Le da un codazo que casi le hace tirar la bebida—. Todavía me acuerdo de cuando pillaste aquella gripe en segundo de bachillerato y te pasaste tres días midiendo tus propias constantes vitales cada hora por si entrabas en fallo multiorgánico.
—Aquello fue una bronquitis con complicaciones respiratorias, y registrar los datos previene un diagnóstico erróneo. Además, la ciencia nos respalda. No es que seamos unos quejicas; es que las mujeres no se inflaman ni sufren las infecciones igual que nosotros. Hay estudios.
—Pobrecitos míos. —Me recuesto para mirarlo por detrás de mi hermano—. Por supuesto que la ciencia os iba a respaldar para agonizar por cualquier gilipollez.
Unai se dobla por la mitad de la risa y Fran me mira a los ojos por primera vez en toda la noche.
—No te equivoques. —¿Soy yo o su voz acaba de bajar un octavo de tono?—. Nos quejamos de las tonterías porque guardamos la energía para lo que de verdad importa. Te aseguro que mi resistencia física es mejor de lo que crees. Eres libre de ponerme a prueba cuando quieras.
Sostiene el pulso visual sin parpadear, claro desafío a que dé el siguiente paso. El pijama me da calor y el maldito incidente del altillo ataca otra vez.
—Bueno, señores, un respeto a los caídos, que el chaval acaba de prenderle fuego a la soga —interrumpe Unai, ajeno a la corriente eléctrica que acaba de cruzar el sofá. Suelta un bostezo tremendo, de esos que le dislocan la mandíbula, y deja la lata vacía en la mesa —. Yo me planto aquí.
Se contonea para ponerse en pie mientras le acerco las muletas.
—¿Vosotros os quedáis a ver cómo los arrestan o subís ya?
—Me quedo —respondemos los dos al unísono, demasiado rápido.
Menos mal que el cansancio le gana. Vuelve a bostezar, le da una palmadita en el hombro a Fran, me planta un beso en la mejilla y arrastra los pies escaleras arriba tras rechazar nuestro amago de ayuda con un gesto.
Si bien mantengo la vista en la pantalla donde los ladrones atrapan a Kevin, toda mi atención está concentrada en el hueco vacío que ha quedado, sin ninguna barrera física que nos separe.
El roce de su pantalón con la tapicería confirma que se ha girado hacia mí.
—¿Vas a seguir ignorándome lo que queda de película o pretendes romperte los músculos oculares de tanto mirar de reojo?
Engullo palomitas para ganar tiempo y estructurar una estrategia que me impida perder terreno en este juego mental.
Aprieto el cojín y me repito que, por mucho que el cuerpo me pida un meneo a gritos, este hombre es el mejor amigo de mi hermano y cualquier desliz con él califica alto en la lista de decisiones destinadas a complicarme la existencia.
No necesitas decirlo, todos sabemos que, si yo fuera una mujer propensa a las cosas simples, no estaría metida en semejante embrollo. No eres nada original, que lo sepas.
Con la barbilla alta, lo encaro dispuesta a soltar una réplica mordaz que lo devuelva a su sitio.
Sin embargo, el contraataque se me muere en la garganta al descubrir la poca distancia entre nosotros.
Se ha deslizado por el asiento. El hueco apenas es un palmo y me estudia sin rastro de burla.
Tiene el pelo alborotado y el resplandor del televisor le marca la línea de la mandíbula.
—No te ignoro, Francisco —replico con el pulso acelerado—. Estoy asimilando el guion de la película para ver si encuentro ese rigor científico que tanto os preocupa.
—El guion lo tienes clarísimo, Catalina. —¿Se acaba de inclinar más?—. Solo intentas mantener ese discurso que soltaste antes. El de la madurez, la indiferencia y todas esas mentiras que te cuentas para convencerte de que no ha pasado nada.
La punta de su nariz casi roza la mía y me cuesta horrores tragar saliva. Problema que achaco al exceso de sal, que me ha dejado deshidratada. Bajo ningún concepto es por el hecho de tener a este tío decidido a desmontar mi fachada de mujer resuelta pieza por pieza.
—Te ha quedado impecable de cara a la galería, no te lo niego, pero los dos sabemos que esa indiferencia tuya es una fachada y no has dejado de pensar en lo del altillo. —Su aliento me roza la mejilla—. Mírame a la cara y vuelve a decirme que tenerme cerca te da igual.
—Me da exactamente igual —miento, sosteniéndole la mirada, y rezo para que no note que mi sistema respiratorio ha entrado en huelga.
Estoy indecisa entre borrarle esa sonrisa ladeada a bofetadas o a besos. No. A bofetadas. Bofetadas.
Y en lugar de responder con otra de sus réplicas analíticas, murmura un «ya veo» y elimina el último soplo de aire.
Sus labios atrapan los míos, cortando cualquier amago de protesta.
Si esperabas un beso de drama romántico de sobremesa, cariño, vas de culo, porque me devora con la misma urgencia de un niño abriendo el regalo la mañana de Navidad.
Un gemido se me escapa cuando me tira del pelo hacia atrás, dejándome el cuello expuesto y el raciocinio bajo mínimos.
A la mierda la estrategia. A la mierda el orgullo y los consejos de las chicas.
Si el primer contacto me pilla con la guardia baja, el segundo me hace perder los papeles.
Suelto el cojín y lo cojo por la camiseta.
El ímpetu con el que lo acerco hacia mí tira por tierra mis tres horas de simulacro de indiferencia.
El beso se vuelve más profundo y me arrastra a un terreno donde las palabras ya no sirven para camuflar el desastre.
Desliza las manos con firmeza por mis costados y me levanta del asiento sin el menor esfuerzo —el tío claramente no se salta el día de fuerza en el gimnasio, porque yo una sílfide no soy y me maneja como si no pesara nada—, dejándome a horcajadas sobre sus muslos con el corazón a punto de salirse del pecho.
La nueva posición borra el rastro de cordura que me queda en la recámara.
Mis rodillas presionan los laterales de su cintura, la tela de mi pijama roza la suya y la fricción despierta una descarga eléctrica que me recorre la espina dorsal.
Hundo los dedos en su pelo, desesperada por acortar una distancia inexistente.
Cualquiera diría que nos hemos saltado el banquete de Nochebuena de mi madre porque nos comemos con un hambre voraz.
Su gemido grave viaja directo a mi entrepierna, que no paro de frotar contra el bulto que hoy no intenta disimular.
Cuando estoy por arrancarle la camiseta para comprobar si el resto de su anatomía es tan firme como sus brazos, detiene el asalto. Apoya la frente contra la mía, con la respiración agitada y las manos firmes en mis caderas para frenar el vaivén.
—Espera —murmura con la voz rota—. O nos detenemos ahora, o no habrá marcha atrás. Paramos o cruzamos la línea. ¿Qué quieres hacer, Catastrófica ?