Capítulo 17
Fran
Observo el plato a través del cristal ahumado del microondas a la espera de que el cordero que nos dejó preparado Iratxe alcance una temperatura decente.
Antes de marcharse al pueblo, afectada por la culpa de dejarnos solos en plenas fiestas, se empeñó en llenarnos la nevera de platos listos para que celebremos la Navidad como Dios manda.
Casi cancela el viaje si no llega a ser porque Unai insistió de forma tajante en que no había motivo para alterar los planes y que estaríamos perfectamente los tres juntos.
«Perfectamente» es una palabra muy generosa que no usaría bajo ningún concepto.
Desde el desastre de la decoración, hace dos días, nada ha vuelto a rozar la perfección en esta casa.
Hasta el punto de que ayer aproveché una llamada de Tatiana para inventar una excusa cualquiera, huir a la oficina y pasar doce horas consecutivas revisando informes anuales que podían esperar.
Cualquier estrategia era válida con tal de mantener la distancia y evitar a Catalina.
No la veo desde la tortura de hora y media de antes de ayer, en la que, por suerte, Unai acaparó la conversación con su recuperación y el hecho de que ahora es capaz de dar cuatro pasos seguidos apoyado en las muletas. Ni bien terminó el suplicio en la mesa, me encerré en el dormitorio.
Jamás, ni en el peor de mis análisis de riesgo, preví que terminaría presenciando semejante escena.
Cuando llamé a la puerta de su cuarto, juraría haber escuchado un «pasa».
Es evidente que los sentidos me traicionaron de la peor manera.
Ahora, la imagen de ella recostada entre las almohadas, con las piernas flexionadas sobre el colchón y esa expresión de puro placer, se me ha quedado grabada a fuego en la cabeza, saboteando cada intento de concentración y destrozando cualquier rastro de racionalidad.
Me golpeo la cadera contra la encimera al dar un respingo por el pitido que anuncia que la comida está lista.
Saco la fuente de cordero con cuidado de no abrasarme los dedos, la dejo sobre la barra y al darme la vuelta me topo de frente con los ojos marrones de Unai, que por desgracia son calcados a los de su hermana.
Ignoro su pregunta silenciosa y me limito a negar con la cabeza para zanjar el interrogatorio que se avecina.
Vuelve a cortar el queso.
—Hablamos luego —murmura en el instante en que unos pasos rítmicos bajan la escalera.
Me apresuro a abrir la puerta del horno con la excusa de revisar las verduras que se están asando para dejar que el golpe de calor me dé de lleno y justifique el color que presiento en las mejillas. Unai suelta el cuchillo, agarra las muletas apoyadas contra el mueble y se impulsa hacia arriba.
—Voy al baño y empezamos.
Remuevo las verduras y bajo la temperatura.
En cuanto el clic del pestillo resuena, me incorporo para toparme con una estampa que no ayuda en absoluto.
Catalina ha ocupado el puesto de su hermano.
El vestido rojo ajustado remarca sus curvas y el escote me exige una disciplina sobrehumana para sostener la mirada al frente y no acabar con el poco control que me queda.
El sentido común dicta abordar el asunto de manera directa.
Con el desastre del piso que la empresa tiene reservado para mí, que se inundó al romperse una cañería, la perspectiva de mudarme pronto se ha ido al garete, lo que significa que vamos a tener que convivir por tiempo indefinido.
Lo más inteligente, por mucho que me cueste reconocerlo, es arrancar la tirita y solucionar el asunto como los adultos que se supone que somos.
Carraspeo y me apoyo en la encimera.
—Catalina. —Fuerzo un tono lo más neutro posible—. Tenemos que hablar.
Su mano se detiene con un trozo de queso, levanta la cabeza despacio y las malditas imágenes que he intentado enterrar se desatan en ráfagas. La seguridad habitual de mis reuniones de negocios se evapora, la boca se me seca y soy incapaz de articular una sola palabra coherente.
—No hay nada de qué hablar —dice, alineando las cuñas.
—Creo que sí. —Recupero la voz a duras penas—. Resulta imposible vivir juntos si mantenemos esta tensión.
—¿Qué tensión? —Suelta un bufido con la vista en mí otra vez—. No hay ningún problema, Francisco. Hacemos como si nunca hubiera pasado nada y asunto zanjado.
—Pero es que pasó... —Me inclino hacia delante decidido a frenar sus planes de barrer el asunto debajo de la alfombra.
—Mira, no pasó nada del otro mundo —me corta—.
Tuvimos un momento incómodo en la escalera del altillo.
Te pusiste duro, yo me puse cachonda… Bueno, que llevo seis meses de sequía absoluta y a estas alturas me habría calentado igual con el roce de una farola, las cosas como son.
Me fui a masturbar a mi habitación, donde abriste la puerta y me encontraste a mitad de la tarea.
No hay motivos de vergüenza ni sufrimos un problema grave.
Evitemos hacer de esto una bola más grande.
No puedo cerrar la boca ante la crudeza con la que habla del incidente. El traqueteo de Unai nos obliga a romper el contacto visual de inmediato.
—¿Todo listo? —pregunta.
La sonrisa radiante de Catalina se ensancha al girarse hacia él y asiente antes de coger la bandeja.
—Empecemos, que me muero de hambre.
Ocupo las manos en trasladar los platos hacia la mesa del comedor para evitar el cruce de miradas y activo el piloto automático durante el resto de la cena.
El contraste entre la ligereza de los hermanos y el nudo que me aprieta el estómago transforma el banquete de Nochebuena en un ejercicio de supervivencia extrema.
Mientras Unai detalla por quinta vez las recomendaciones del fisioterapeuta y Catalina pincha las patatas asadas con total normalidad, mi mente se atasca en un bucle destructivo que repite cada palabra de su discurso.
Me resulta intolerable lo fácil que ha pasado página; no hay rastro de la tensión que a mí me desvela por las noches ni un ápice de la confusión que me asfixia desde el incidente.
Para ella, todo aquello se ha reducido a un simple proceso biológico que se ha solucionado a base de plástico y batería.
Trago el trozo de carne que ha perdido todo el sabor y asumo que su indiferencia resulta más destructiva que el más afilado de sus ataques sarcásticos.