Capítulo 16
Cata
¿Qué coño acaba de pasar? No, en serio, te lo pregunto a ti.
Yo estoy flipando en colorines y necesito que alguien me traduzca la jodida escena surrealista que acabo de protagonizar.
Explícamelo, por favor, porque no entiendo en qué momento las leyes de la física se han aliado con el destino para hacerme resbalar de esa escalera de mierda, estamparme contra el pecho del Innombrable y dejarme caer encima de su...
de su... Que lo he sentido perfectamente, joder.
Que estaba más duro que un turrón de Alicante y me ha dejado con esta sensación de tener la piel en llamas.
¿Cómo cojones voy a mirarlo a la cara? ¿Cómo se supone que voy a bajar al salón a terminar de poner las luces del árbol sin que note que llevo el pulso a mil revoluciones y que la temperatura me ha subido tanto que podría derretir los polos?
La vista se me desvía al segundo cajón de la mesita de noche.
Mala idea. Es una idea pésima, de verdad, ni me lo digas.
Aunque hay que entender la situación y mostrar algo de empatía, llevo meses metida en un dique seco absoluto y, desde que me instalé aquí, no he tocado uno solo de mis juguetes por pura paranoia de que las paredes resulten ser demasiado finas.
Vuelvo a mirar el tirador de madera del mueble.
Me vendría bien un buen meneo. Bueno, me encantaría que alguien con manos firmes me diera ese meneo.
Lo que en este momento es un escenario de ciencia ficción.
Mi mente traicionera insiste en recordar la presión de su erección en mi culo...
¡No! ¡Borra eso, Catalina! El caso es que no puedo salir ahí fuera con este calentón.
Se me va a notar en la mirada, en la voz y en la forma de caminar.
Si lo soluciono rápido, la sangre volverá a su sitio y podré enfrentarme a él con la habitual armadura de indiferencia como si nada de esto me afectara lo más mínimo. Eso es. Un plan perfecto.
Oye, un poco de privacidad, ¿no? Dame cinco minutos y te sigo contando.
Me acomodo en el centro del colchón, deslizo la mano hacia el cajón para abrirlo con el menor ruido posible, saco el Satisfyer y doy un suspiro al comprobar que tiene batería.
Me recuesto en la montaña de almohadas, tiro de la goma de las mallas hacia abajo hasta dejarlas a la altura de las rodillas y hundo el aparato dentro de la seda de las bragas en busca del punto exacto.
Lo enciendo en el nivel tres y el zumbido interno me arranca una exhalación profunda que empieza a disipar la tensión acumulada.
El tejido elástico de la lencería me estorba el ángulo de la mano, así que, cansada de luchar con las telas, me despojo de las prendas de un tirón, las lanzo a los pies de la cama y echo la cabeza hacia atrás. Cierro los ojos, dispuesta a que el aparato haga su magia.
Me rindo al ritmo constante que me entorpece los pensamientos racionales. Para qué mentir, la realidad está muy bien, pero una ayuda extra de la imaginación nunca viene mal en estos casos de emergencia extrema.
Dejo la mente viajar. Me visualizo flotando en un escenario idílico donde un tío espectacular está metido entre mis piernas.
Hundo los dedos entre sus mechones oscuros, aferrando el pelo con fuerza.
Se me eriza el vello de todo el cuerpo ante el gruñido que suelta al lamerme.
El placer me recorre la espina dorsal en una descarga eléctrica tan nítida que tengo que morderme el labio inferior para reprimir un gemido, consciente del peligro real que me rodea fuera de estas paredes.
El hombre levanta el rostro despacio, buscando mi reacción.
¡Mierda, no! Esos ojos no. ¿Qué hace él aquí? Fuera.
Verdes. Tienen que ser verdes. Mucho mejor. Que sea Henry Cavill, por el amor de Dios, que necesito pensar en alguien concreto si no quiero que la imaginación se me vaya a derroteros peligrosos que no hay que pisar bajo ningún concepto.
Vuelvo a concentrarme en el actor de Hollywood, en la mandíbula cuadrada, en los músculos. La intensidad sube un peldaño más, rozando el límite, y un gemido involuntario se me escapa entre los dientes. Una voz ronca pronuncia mi nombre.
No.
Es la de él.
Aprieto los párpados con fuerza y me fuerzo a recordar cómo suena Henry. Imposible. No logro concentrarme porque la maldita llamada vuelve a resonar en el aire, rompiendo la fantasía. Solo que esta vez no suena sexy en absoluto; es un tono cargado con un matiz que roza el pánico.
Abro los ojos y la sangre se me congela en las venas.
Fran está plantado en el mismísimo umbral de la puerta, con las manos rígidas a los lados y la boca desencajada.
El horror me sacude con la fuerza de un terremoto de escala dieciocho.
Lanzo el Satisfyer hacia un costado con tan mala puntería que impacta con la lámpara de noche.
El objeto cae al suelo con un estrépito metálico que resuena por toda la estancia, mientras yo agarro el edredón a la desesperada para cubrir mi flagrante desnudez.
Me enrollo en el tejido. Los nervios me juegan una mala pasada, calculo la distancia de la peor manera posible y el impulso me arrastra hacia el vacío, haciéndome caer a plomo de la cama.
Al menos es por el lado donde no puede verme.
—¡Joder, joder, joder! —aúllo.
Desde mi posición de croqueta humana, oculta tras la trinchera improvisada, aguzo el oído.
Lo único que se escucha son los ladridos de Ozzy, que no podía perderse la escena.
Empiezo a calcular cómo conseguir un DeLorean para viajar al pasado y evitar subir esa maldita escalera.
Como siempre, el universo ignora mis plegarias dramáticas y no me queda otra que asomarme por el borde de la estructura para comprobar si el peligro ha pasado.
Pues no. Mi suerte es una puta mierda.
Fran sigue clavado en el sitio, con la mandíbula apretada y una rigidez que ya querría para sí un soldado de la Guardia Real británica.
—Catalina... Yo... venía a decirte que Unai acaba de llamar y pregunta si te apetece pizza .
¿ Pizza ? ¿En serio?
—De cuatro quesos. Y que traiga cerveza. Mucha. O algo de alcohol. Cuanto más fuerte, mejor. Absenta.
Fran asiente dos veces seguidas sin apartar la mirada del techo.
—Vale. Cuatro quesos y cerveza. Entendido.
El sonido del pestillo al encajarse en el marco me devuelve por fin el oxígeno que tenía retenido en los pulmones.
Derrotada y todavía enredada en el edredón, me dejo caer de frente y empiezo a darme cabezazos contra el suelo.
Me golpeo la frente una, dos y tres veces, deseando con todas mis fuerzas que el impacto active una especie de botón de reinicio de fábrica en mi cerebro, y me pregunto si existe algún programa de protección de testigos en la Antártida, porque está claro que, después de este numerito, no hay tierra lo bastante profunda que pueda tragarme.