Ni tan caótica ni tan correcta (Ni tan jóvenes ni tan sabias 3) Capítulo 15
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Capítulo 15

Fran

Maldigo en silencio incapaz de comprender la enajenación mental que me llevó a solicitar un día de asuntos propios para terminar atrapado en este despliegue que atenta contra cualquier criterio estético elemental.

La culpa de este desastre logístico es de Catalina, quien la noche anterior irrumpió en el despacho/habitación con la determinación de un general prusiano para exigir mi colaboración absoluta.

La idea era simple: exprimir las horas que Unai pasara en la consulta del médico para llenar la casa de trastos navideños y así evitar que se hunda en la miseria porque sus padres se van al pueblo a visitar al resto de la familia. Nada dramático.

La realidad, tratándose de Catastrófica , resulta bastante más compleja.

En medio del salón se alza un abeto natural de proporciones desmedidas que me obligó a cargar en el techo del coche tras arrastrarme a un vivero a primera hora de la mañana, un ejemplar que en este preciso momento parece haber sobrevivido al vómito descontrolado del mismísimo Rudolph.

Esquivo un ejército de figuras de fieltro y bolas de plástico brillante esparcidas por el suelo, mientras ella pelea con una tira de luces LED que no tengo ni idea de cómo se le ha enredado en el pelo.

La decoración puesta en el árbol me da ganas de sacarme los ojos con una cuchara de café.

No tiene ni ton ni son y hasta un niño daltónico de cuatro años lo hubiera decorado con más criterio.

Intento aplicar algo de simetría al desastre recolocando una estrella de purpurina roja en una rama superior.

La mirada de advertencia que recibo de soslayo me obliga a retirar las manos.

—Si no me permites intervenir sin supervisión, ¿se puede saber para qué demonios me has pedido ayuda? —digo, cruzando los brazos.

Ella resopla, soltando el cable verde que estaba enredado cerca de su oreja.

—A lo mejor tantas Navidades rodeado de nórdicos te han borrado la memoria, pero lo bonito de estas fiestas es el color, la abundancia y la falta de reglas.

—Gesticula de tal forma que la tira de bombillas se le vuelve a enganchar en un mechón—.

Aunque claro, supongo que en Estocolmo todo se reduce a poner una vela blanca sobre un tronco gris y llamarlo diseño de interiores.

—Para empezar, en Suecia se decora con bastante más color de lo que tu prejuicio te dicta y, para terminar, las Navidades siempre las he pasado en España. Era la única época del año en la que nuestros caminos se cruzaban, así que la que parece andar un poco corta de memoria eres tú.

La diversión que iluminaba su rostro se extingue para dar paso a una rigidez que conozco demasiado bien.

—Por desgracia me acuerdo perfectamente de cada una de ellas, sobre todo porque eras esa sombra constante que se dedicaba a oscurecer la festividad a todo el mundo con actitud de estar por encima del resto.

El impacto de sus palabras abre una grieta molesta que me apresuro a sellar.

Sin importarme ya lo más mínimo el equilibrio visual ni la estética del maldito árbol, estiro el brazo y engancho la estrella en la primera rama que encuentro a mano, hundiéndola de mala manera entre las agujas de pino, aunque me duela en el fondo del alma tolerar semejante monstruosidad.

Observa la ubicación forzada del adorno y el ceño fruncido se transforma en una sonrisa de suficiencia.

—¿Ves cómo no es tan difícil? —Se pone en pie y me da una palmadita en el hombro—. Para de buscar la simetría perfecta en todo lo que haces y déjate llevar por una vez.

Se inclina sobre una caja de cartón para rebuscar entre los adornos, posición que deja su culo apuntando directo hacia mí.

No debería mirar, viola cualquier protocolo básico de lealtad hacia mi mejor amigo y cruza una línea que jamás tendría que tocarse.

Aunque resulta imposible porque mis ojos ignoran la orden.

—Lo último que necesito en este momento es dejarme llevar —murmuro lo bastante bajo como para que el ruido del plástico de las bolas sepulte mis palabras.

—No está —se queja, con la voz ahogada por tener metido medio cuerpo dentro de la caja.

Me esfuerzo por mirar la pared del fondo y no la curva que dibuja su cadera.

—¿El qué?

—La estrella. La grande, la que va arriba del todo.

—Pues ponemos cualquier otra cosa —sugiero, deseando dar por zanjada la jornada de trabajos forzados—. Un lazo, una bola sobrante o nada. El árbol está bastante recargado.

Se yergue, cruza los brazos sobre el pecho y arruga la nariz.

—Sabía que eras una persona cuadriculada y sin un ápice de sensibilidad, pero esto ya roza niveles delictivos.

No se puede poner otra cosa en la punta.

Te hacía un desalmado, pero no al punto de convertirte en el Grinch; aunque tampoco sería una comparación justa, porque el Grinch al menos tiene su punto de gracia y tú eres igual de divertido que una misa en latín.

—Tan generosa con los cumplidos como siempre.

—Seguro que nos hemos dejado una caja en el altillo. —Me ignora de camino a la escalera—. Necesito que me ayudes a subir de nuevo.

—Ni hablar. Me niego en redondo. Lo de esta mañana ya ha sido una tortura medieval y considero que he cumplido con mi cuota de solidaridad anual.

—Ya sé que te está costando la vida descender al mundo de los mortales, pero no tenemos tiempo para tus huelgas —replica desde los primeros escalones sin mirarme—. Unai saldrá de la clínica en nada, así que espabila.

El cachorro cruza el salón a toda velocidad con una guirnalda en la boca que va soltando tiras rojas. Desastre que decido ignorar porque, al levantar la vista, descubro que Catalina ya ha iniciado el ascenso hacia la primera planta. Suelto un suspiro y la sigo.

Me la encuentro plantada debajo del acceso, con los ojos fijos en el cuadro de madera que delimita el altillo. Al llegar a su posición, se gira hacia mí despacio y arquea una ceja.

—¿Necesitas una invitación formal firmada por la junta directiva?

—Qué conveniente que soy cuando las cosas quedan fuera de tu alcance. —Alcanzo el pestillo metálico sin el menor esfuerzo—. Empiezo a pensar que solo me utilizas por mis centímetros de ventaja.

—Ya te gustaría a ti que te utilizara para algo más. Eres un simple recurso logístico que me ahorra el esfuerzo de traer un taburete. Venga, abre antes de que la Navidad se termine.

Al tirar, la trampilla bascula hacia abajo y los tramos de la escalera metálica escamoteable se despliegan con un chirrido que no inspira la más mínima confianza.

—Está rota —le recuerdo, sujetando los largueros con firmeza—. Ten cuidado.

Se cuela entre mis brazos y asciende con agilidad.

Si en un principio calculé que actuar de contrapeso era la mejor estrategia para evitar un accidente, me arrepiento en cuestión de segundos.

Su figura desfila a un palmo de mi rostro hasta que queda con el torso dentro del altillo.

Ella, ajena a la tortura que estoy viviendo, busca a ciegas dejándome el culo a la altura de los ojos.

Maldigo al diseñador del pantalón elástico que se adhiere a su piel.

Al tomar aire para recuperar la compostura, su aroma dulce me llena los pulmones y desestabiliza el poco raciocinio que me queda.

Cierro los ojos con fuerza y me concentro en la fluctuación de los tipos de interés o en cualquier métrica macroeconómica capaz de desactivar la respuesta fisiológica que empieza a manifestarse. No funciona.

En un intento por reajustarme el pantalón, cometo el error de liberar la presión del larguero derecho durante una fracción de segundo. El anclaje cede y la estructura oscila hacia un lado.

Su grito de sorpresa anuncia el desastre antes de verla caer hacia atrás.

Reacciono por puro instinto y estiro los brazos para frenar el golpe.

En lugar de pillarla por la cintura, aterriza contra mi pecho y resbala hacia abajo hasta que me clava el culo encima de la erección que se ha vuelto dolorosamente rígida.

Contengo el aliento rezando para que no se haya dado cuenta del bulto que tiene encajado entre los muslos.

Tenerla pegada a mí, notar el calor que desprende y el roce directo contra la tela de las mallas hace que la situación vaya a más.

Su cuerpo rígido contra el mío me confirma que lo ha notado, sobre todo cuando la piel del cuello se le tiñe del mismo rojo de la guirnalda que ha destrozado Ozzy en el salón.

—Suéltame —balbucea con voz aguda y desprovista de su habitual chispa.

—Sí, claro. —Aparto las manos—. ¿Estás bien?

En cuanto apoya los pies en el suelo, se separa de mí de un salto.

—Da igual la estrella —tartamudea—. El árbol ya... tiene demasiadas cosas encima y el minimalismo sueco tampoco es tan mala opción si lo piensas desde una perspectiva macroeconómica de recursos festivos.

La sarta de sandeces sin sentido que acaba de soltar termina de confirmar que hemos perdido las riendas de la situación. Se da la vuelta, avanza por el pasillo a zancadas y se encierra en su habitación.

Todavía procesando el giro absurdo de los acontecimientos, contemplo los peldaños rotos mientras lidio con el silencio de la planta y con la persistente evidencia física de que su cercanía me descoloca bastante más de lo que pensaba.