Ni tan caótica ni tan correcta (Ni tan jóvenes ni tan sabias 3) Capítulo 14
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Capítulo 14

Cata

Dejo caer el móvil sobre el edredón mientras una sonrisa enorme se me dibuja en la cara.

La Reina de Hielo se ha derretido en tierras valencianas.

Saber que Ana, nuestra editora fría y comedida, por fin le ha dado fuego al cuerpo con el escritorcito me da una inyección de pura alegría que casi consigue hacerme olvidar que comparto techo con el demonio.

Al girarme hacia Unai, lista para soltarle el chisme del año a medias, me encuentro con una estampa que borra cualquier frase de mi mente.

Abducido por su teléfono, suelta una risita aguda que me recuerda a una quinceañera en su primer concierto de una boy band . El televisor sigue reproduciendo la película que a estas alturas a ninguno nos importa lo más mínimo.

Mi móvil vuelve a iluminarse con un mensaje de Leire.

Leire

Oye, ahora que el chat de grupo ha mutado en un interrogatorio de tercer grado a Ana... ¿Cómo estás tú de verdad con lo del Innombrable dando vueltas por la casa?

Suelto un bufido.

Estoy bien. Tachando las jornadas con palitos en la pared de la cocina, igual que los presos en el corredor de la muerte. Pan comido.

Leire

Ya, claro. Si necesitas desahogarte o que vaya a rescatarte con una botella de tequila para quemar el pueblo, sabes que estoy a un silbido.

Le mando un emoji de corazón antes de bloquear el terminal. El sonido de otra risita tonta me hace entornar los ojos. Ozzy, que ya se ha vuelto a enroscar a los pies de la cama, ni se inmuta.

—¿Se puede saber qué es tan gracioso?

Unai da un respingo, bloquea el móvil con prisa y el rubor le sube por el cuello.

—Nada, una tontería que me acaba de escribir Delilah.

—Ah, ¿sí? —Me inclino hacia él—. ¿Y desde cuándo hablas tú tanto con ella?

—No sé, desde que vino a traerme la cesta de bienvenida. Es divertida. Como tengo que pasarme las veinticuatro horas del día tirado sin poder moverme, a veces conversamos por mensajes para pasar el rato. Tampoco es para tanto.

—A mí no me la das. Los chillidos de dibujo animado japonés no son por estar pasando el rato. ¿Pasa algo entre vosotros que yo deba saber?

Abre mucho los ojos y niega con la cabeza.

—Que no, enana. Solo somos amigos. Vive en su propio mundo místico y a mí me hace gracia escuchar sus teorías sobre las energías; no le busques tres pies al gato.

—¿Amigos? Y yo soy la reencarnación de la madre Teresa de Calcuta.

A las amigas no se las lee con esa cara de haber recibido una foto de un arcángel sin túnica, hombre.

Que te he visto flirtear en otras ocasiones y, aunque se te da fatal por mucho que lo intentes, la carita que pones al leer la pantalla es clavadita.

Desliza el teléfono bajo la almohada y utiliza la táctica de distracción más vieja del mundo: el contraataque.

—A la que le va a dar algo de tanto analizar al prójimo es a ti —suelta, acomodándose los cojines de la pierna—. Deja a Delilah en paz y cuéntame qué demonios pasa con Fran.

El cambio de rumbo me pilla tan a traición que por un segundo me quedo en blanco, con la boca medio abierta y el corazón dando un vuelco estúpido contra las costillas.

—¿Con quién? —Finjo incomprensión—. No sé de qué me hablas. Si te refieres a que estuvo a punto de morir asfixiado por el edredón manchado de refresco, ha sido un accidente. La gravedad, ya sabes.

—No me tomes por idiota. Te estoy preguntando en serio si está todo bien entre vosotros. A veces se respira una tensión en esta casa que se podría cortar con un cuchillo de untar.

Mi carcajada suena más falsa que un billete de treinta euros.

—Creo que te has pasado con las películas de terror y ves fantasmas donde solo hay una incompatibilidad de caracteres del tamaño del Gran Cañón.

Es un estirado insufrible que se cree el centro del universo y yo tengo tolerancia cero con los hombres que hablan como si estuvieran haciendo un balance de pérdidas y ganancias a cada minuto.

No hay ninguna tensión, solo ganas acumuladas de perderlo de vista.

—Pues disimulas fatal, porque cada vez que estáis en la misma habitación parece que le vas a saltar a la yugular. O a otra cosa.

—¡Unai, por el amor de Dios! —Le lanzo un cojín pequeño—. Lávate esa boca con lejía. Antes me hago el harakiri con una cuchara de plástico que tocarle un solo pelo al clon de Wall Street.

Coloca el cojín bajo su brazo.

—Lo que tú digas. De todas formas, solo quedan tres días para que le den las llaves de su nuevo apartamento.

La cifra resuena con la fuerza de un coro celestial. Setenta y dos horas separan mi salud mental de la libertad absoluta y del regreso a la normalidad sin tener que cruzarme con esos ojos que lo analizan todo.

—Te garantizo que por mi parte no va a haber más problemas.

—Exagero un gesto de paz al tiempo que me deslizo hacia el borde para ponerme en pie—.

Soy un templo budista andante. —Doy un paso de espaldas hacia la puerta—.

Una profesional de la convivencia pacífica.

—Un par de pasos más al tiempo que hago una reverencia—.

A partir de este preciso instante, el Innombrable es invisible para mí.

Como si fuera un mueble más de la casa. —Me carcajeo—.

Venga, por favor, si he sido capaz de sobrevivir a depilaciones con cera caliente y a cenas de Navidad enteras aguantando a la tía hablar de su verruga del pie, estos tres míseros días van a ser un paseo por el campo.

—Pues el paseo por el campo va a durar un tiempo indefinido.

La voz grave a mi espalda me hace dar un salto. Al girarme, mis pies se entrelazan y la gravedad hace el resto, mandándome de culo contra el suelo.

Fran da un paso al frente y se inclina con la mano tendida.

La cual rechazo, por supuesto. Antes me arrastro como un reptil que aceptar su ayuda.

Me incorporo de un tirón por puro orgullo, con tan mala puntería y tanta velocidad que mi coronilla impacta de lleno con un crujido espantoso contra su nariz.

—¡Joder! —brama, llevándose ambas manos al rostro.

Ozzy también parece querer unirse a la fiesta.

Da un brinco frenético desde la cama y aterriza a mi lado, obligándome a caminar en el aire para no pisarlo.

Vuelvo a perder el equilibrio, salvo que esta vez mis piernas salen despedidas hacia delante y le barren los pies a Fran.

Despatarrada en el suelo, lo observo a cámara lenta caer a plomo sobre mí.

El impacto me saca todo el aire de los pulmones.

Su rostro ocupa todo mi campo de visión y sus ojos me revuelven por dentro de una forma que no me viene nada bien y que, desde luego, no debería sentir.

No es hasta que apoya las palmas a los lados de mi cabeza y se empuja hacia arriba que siento la mejilla mojada. En cuanto me paso los dedos por la piel, el pánico me nubla la vista.

—¡Sangre! —Me palpo la cara a toda velocidad—. ¡Hay sangre! ¿Dónde coño me he cortado? ¿Qué me he roto?

—Tú no te has hecho nada —gruñe—. Es mi nariz.

Unai se descojona a pleno pulmón y mi perro, que saca su lado protector, empieza a morderle con saña la tela de la sudadera.

Fran consigue librarse del agarre y se pone en pie con cuidado, tapándose las fosas nasales para frenar la hemorragia.

Se limpia el rastro rojo con el dorso de la otra mano y me clava una mirada fulminante antes de suavizar el gesto.

—¿Te he hecho daño al caerte encima?

Me palmeo el pecho, las costillas y las piernas con rapidez, comprobando que todo sigue en su sitio y que el único daño real lo tengo en el orgullo.

—No, estoy entera. —Me incorporo—. ¿Y tú? ¿Estás bien?

—Aparte de que me acabas de partir la nariz y me duele como el mismísimo infierno, perfectamente.

—Bueno, mírale el lado positivo —le espeto, enmascarando la culpa que me corroe por dentro—. Dicen que una fractura de tabique te da carácter. Aunque, claro, en tu caso lo mismo dejas de ser el guapo de la oficina y tienes que empezar a ganarte la vida usando el cerebro.

Da un paso hacia mí y se agacha lo justo para asegurarse de que Unai, que sigue lidiando con su ataque de risa, no pueda escucharlo.

—¿Así que crees que soy guapo, Catastrófica ?

La media sonrisa sangrienta me revuelve el estómago y no de asco. Con las mejillas ardiendo, le pego un empujón en el hombro para apartarlo de mi camino.

—¡Eres un imbécil integral! —digo antes de avanzar hasta la puerta. Freno en el umbral y me giro hacia mi hermano, que tiene la cara hundida en la almohada para amortiguar su risa—. ¡Y tú deja de reírte ya, que pareces la hiena idiota de El Rey León al escuchar el nombre de Mufasa!