Capítulo 13
Fran
Las paredes del despacho reconvertido en dormitorio comienzan a cerrarse sobre mí tras una jornada sepultado bajo el goteo incesante de números rojos.
Aprovecho que Catalina ha sacado a pasear a Ozzy para tomarme un respiro.
Sin embargo, el alivio pasa a segundo plano en cuanto pongo un pie fuera y choco con el rastro de su perfume, que me acompaña hasta la habitación de Unai.
—¿Necesitas algo de abajo? —pregunto, apoyado en el marco.
Ni siquiera aparta la vista del partido que se retransmite en el televisor al negar con la cabeza.
Bajo los escalones en silencio, disfrutando de la soledad que reina en la planta inferior, y enfilo hacia la cocina con el objetivo de prepararme un café solo, cargado y sin azúcar, el único combustible capaz de mantenerme despierto durante el resto de la noche.
Repaso los datos de la auditoría entregada esta mañana.
El diagnóstico es nítido: la firma roza un estado de insolvencia crítico y el margen de maniobra se agota al mismo ritmo que el vapor ascendente de la taza.
Le doy un sorbo al café antes de sacar las cosas para hacerme un bocadillo y niego con la cabeza al encontrarme la encimera repleta de libretas de colores y papeles sueltos.
Reconozco los trazos enérgicos de Catalina.
Letras que compiten por el espacio, enlazándose en líneas que se curvan hacia arriba.
Reflejo perfecto de su personalidad, esa que ha conseguido alterarme en apenas una semana de convivencia.
Resoplo sin comprender cómo una sola persona es capaz de atraer semejante cantidad de catástrofes sin proponérselo y cómo hace para procesar la vida desde un optimismo tan absurdo.
Yo habría colapsado hace años si tuviera que gestionar esa constante locura de imprevistos.
La mirada se me desvía hacia el desorden, asaltado por la punzada de anhelo que rara vez me permito formular: la perspectiva de tener a alguien dispuesto a mover cielo y tierra por tu bienestar, tal como ella hace con Unai.
Sacudo la cabeza porque agradezco haber sido hijo único; con una infancia como la mía, donde el silencio y la distancia eran la única moneda de cambio en casa, la responsabilidad de un hermano habría resultado una carga insoportable.
No le deseo aquello a nadie, y gestionar el cuidado de otra persona cuando yo apenas lograba mantenerme a flote lo habría hecho todo más difícil.
Me acerco un poco más a los papeles y reconozco en los bordes de la libreta los mismos garabatos abstractos que hacía de adolescente.
Paso la yema del pulgar sobre los dibujos.
Una sonrisa involuntaria asoma al rememorar los veranos antes de Suecia, en los que ella irrumpía en el salón tirándonos cojines para molestarnos.
Y se esfuma al pensar en el muro de hormigón con el que me estrellé al volver de Estocolmo: las miradas esquivas, las respuestas cortantes y esa distancia helada que Unai nunca supo explicarme.
Sigo sin encajar la pieza que justifique su cambio de actitud.
En aquel momento asumí que las fluctuaciones emocionales impredecibles se debían a la adolescencia, pero nunca logré justificar por qué perdimos la complicidad que compartíamos.
El ruido de llaves en la entrada interrumpe mi viaje al pasado. Nada más abrirse la puerta, el perro del demonio trota directo hacia mí y clava los dientes en mi pantalón.
Si no fuera evidente que el cachorro carece de cualquier atisbo de adiestramiento, juraría que Catalina ha programado sus patrones de conducta con el único objetivo de atacarme en cuanto entro en su rango de alcance.
—Controla a tu amenaza biológica, por favor —digo en voz alta, sacudiendo la pierna para desprenderme del animal que está a punto de perforar el tejido.
La dueña del chucho cruza la estancia, se sube a uno de los taburetes altos de la barra americana y arrastra el montón de libretas hacia ella.
—Delilah sostiene que Ozzy tiene un sexto sentido para detectar las malas energías, así que la culpa de que te muerda los tobillos es tuya.
Se ve que morder bajos le da sed porque el animal me suelta para tomarse el cuenco entero de agua. Libertad que aprovecho para terminar de untar el pan.
—¿Eso es trabajo? Pensaba que estabas de vacaciones —pregunto, señalando los papeles que están apilados sin ningún orden frente a ella.
—Y lo estoy, pero el hecho de no fichar en la oficina no me exime de planear la estrategia de la siguiente campaña, sobre todo después de que Leire me haya pasado varios cambios de última hora que desbaratan todo el calendario de publicaciones.
—Vaya, no te hacía una workaholic .
—Ese es tu problema. Que hablas como si me conocieras y la realidad es que no tienes la más mínima idea de quién soy ni de cómo funciona mi vida.
El golpe directo me impacta en pleno pecho, provocando una punzada que me cuesta ocultar tras mi habitual indiferencia. Agarro el plato con el bocadillo terminado, rodeo la barra y, al pasar por su lado, detengo el paso un instante y me inclino, sosteniéndole la mirada a escasos centímetros.
—Sé que eres mucho más que la colección de desastres que te rodea, Catastrófica . Aunque insistas en demostrarme lo contrario.
Avanzo sin darle la oportunidad de contraatacar, aunque su perfume me altera el pulso.
Subo la escalera, cierro la puerta del dormitorio a mi espalda y regreso a la mesa donde los informes financieros aguardan intactos, mudos testigos de una realidad empresarial que exige toda mi capacidad analítica, y que compite con una distracción difícil de ignorar.
Dejo el plato a un lado, me siento frente al fajo de folios y permito que un pensamiento ajeno a los balances se filtre en la ecuación.
Pese a la barrera que ha levantado entre los dos y de la hostilidad con la que blinda cada respuesta, mantengo la capacidad de alterarla. La forma de entornar los ojos cada vez que recorto la distancia me confirma que no es del todo inmune. Y pienso sacar beneficios de esa ventaja táctica.