Ni tan caótica ni tan correcta (Ni tan jóvenes ni tan sabias 3) Capítulo 12
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Capítulo 12

Cata

Me limpio las migajas de patatas fritas y me levanto para poner otra película en el viejo reproductor de VHS que mi padre nos trajo esta misma mañana junto a una caja llena de cintas polvorientas.

Llevamos horas tirados en la cama de Unai, devorando esas joyas ochenteras que marcaron nuestra infancia una tras otra y disfrutando de la gloria bendita que da el no hacer nada productivo un sábado por la tarde.

De vuelta al lado de mi hermano, acaricio las orejas de Ozzy, que dormita entre nosotros, y rechazo con la cabeza las bolitas energéticas que me ofrece.

—Todas para ti. —Rebusco en el fondo de la bolsa a la caza de las patatas más grasientas—. Esa mujer es todo un espécimen.

Suelta una carcajada, acomodando los cojines tras la espalda con cuidado de no forzar la pierna escayolada.

—Pues a mí, cuando no provoca que me rompa el tobillo, me parece un sol.

Es verdad que vive en su propio plano astral, pero se tomó la molestia de venir hasta aquí para traerme una cesta llena de cosas cuyos nombres soy incapaz de pronunciar y estas bolitas energéticas de frutos secos que, por cierto, están de muerte.

Me da la sensación de que está muy sola y le vendría bien tener una amiga en este planeta.

Le doy un trago a mi Coca-Cola.

—Vale, challenge accepted . Si te hace ilusión, la llamaré un día de estos para que se venga a tomar algo con Leire y Blanca, aunque solo espero que no le dé por ponerse a purificar el ambiente con humo de ruda o a leernos el futuro en los posos del café.

—Tú tampoco eres la presidenta del club de la normalidad como para andar juzgando. Que si quieres nos ponemos a hablar de la época en la que te dio por ser la gótica oficial del instituto.

La patata que le lanzo le impacta de lleno en la frente.

—Eso era parte de mi búsqueda de identidad, ignorante.

La mención a los años de instituto abre la veda para un carrusel de reproches mutuos y recuerdos compartidos que deriva en demostrarle de forma empírica que los años no han mermado un ápice mis habilidades más emblemáticas de la adolescencia.

Me yergo sobre el colchón, pego un trago generoso al refresco y canalizo el gas acumulado.

Si esperabas que a estas alturas del libro me comportara como una heroína de época sutil y refinada, lamento comunicarte que te has equivocado de historia.

Tomo aire y arranco con la demostración de talento.

Consigo enlazar las tres primeras letras del abecedario en una vibración sostenida.

Cojo carrerilla para la segunda tanda, superando la D y la E con la maestría de Homer Simpson, y justo cuando alcanzo la letra G, expandiendo una potencia acústica monumental que resuena en la habitación, la puerta se abre de par en par.

La ceja alzada del Innombrable amenaza con salírsele del rostro.

El pantalón de chándal gris y la sudadera negra de algodón, que en cualquier varón de la especie humana equivaldría al uniforme oficial de domingo de resaca, a él lo transforman en un modelo sacado de una sesión de fotos de revista.

El tejido se le amolda al pecho, que tan bien recuerdo de la noche anterior, y hace que el aire se me desvíe por el conducto equivocado.

Por si el panorama no fuera lo bastante jodido, Ozzy se sobresalta, da un brinco y aterriza sobre el tobillo escayolado de Unai.

El alarido de dolor, seguido de una lista de maldiciones que suelta mi hermano a pleno pulmón, consigue al menos restarme algo de protagonismo.

Ozzy, al verse atrapado en mitad de semejante cataclismo, entra en pánico total y comienza a ladrar, lanzando dentelladas salvajes hacia Fran, que intenta retirarlo de encima de la pierna herida.

Yo, por mi parte, asisto al espectáculo ahogada en un ataque de tos que me dobla por la mitad mientras observo, impotente, cómo la Coca-Cola se derrama dibujando un mapa marrón sobre el edredón.

En una maniobra fallida, Fran se estampa de cara contra la cama sobre la mancha oscura que se expande sin control por el tejido, y yo, que estaba a punto de recuperar el aliento, me vuelvo a atragantar.

Para terminar de coronar la jugada y añadirle el hilo musical idóneo a nuestra desgracia, por los altavoces del televisor se reproducen a todo volumen los sintetizadores estridentes de Viernes 13 .

La retahíla de insultos de Unai cambia a carcajadas. Fran y yo lo miramos, convencidos de que el dolor extremo le ha hecho perder la cabeza. Incluso Ozzy interrumpe los saltos frenéticos.

—Es que... os tenéis que ver desde aquí —consigue articular.

Arranco un par de pañuelos de papel de la caja de la mesita de noche y se los tiendo a Fran para que pueda limpiarse el líquido que le gotea por la barbilla.

—Tú siempre tan fiel a tu nombre, Catastrófica —murmura, cogiendo mi ofrenda de paz.

Entrecierro los ojos y, tras ponerme en pie de un salto, tiro del edredón con ambas manos. Fran, que se secaba la frente, se desestabiliza y cae hacia atrás.

—Voy a meter esto en la lavadora ahora mismo para que la mancha no se vuelva permanente —anuncio, ignorando al hombre sentado en el suelo que repasa mis antepasados desde el periodo Cuaternario—. Enseguida te subo uno limpio.

Salgo de la habitación pisando fuerte con el edredón arrastrando y la sangre burbujeándome en las venas.

Ozzy me sigue trotando escaleras abajo. Maldito apodo.

Es curioso cómo cambia la película según el actor que recite el guion.

Cuando lo dice mi hermano, es un chiste de familia; saliendo de los labios de Fran, es una bofetada.

Se me hace un nudo amargo en la garganta y me arrastra sin anestesia a ese jodido día en el que me hizo pedazos.

Y lo peor de todo es que el muy imbécil va por la vida ignorando que sigue pisando los restos.

Plantada frente a la lavadora, comienzo a tirar de la funda. Da lo mismo. Soy una mujer adulta, independiente y no voy a permitir que un espectro del pasado me joda el día. No. Ni el día, ni la semana.

Cierro el electrodoméstico de un portazo, programo el ciclo corto a cuarenta grados y busco el apoyo de mi perro, que me observa sentado junto al cesto de la ropa con los dientes inferiores a la vista.

Solo queda una semana más de convivencia forzosa.

Siete días. Ciento sesenta y ocho horas.

Está chupado, de verdad. Puedo hacerlo. Lo voy a hacer.

Sé lo que estás pensando, tú tampoco apuestas ni un solo euro por mí.