Ni tan caótica ni tan correcta (Ni tan jóvenes ni tan sabias 3) Capítulo 11
18%

Capítulo 11

Fran

La pantalla del ordenador se me ha grabado a fuego en las pupilas tras doce horas de repasar números rojos que no hacen más que confirmar el desastre y transformar este despacho en un patíbulo de cristal.

El dichoso ascenso, esa medalla al mérito ejecutivo que acepté en las oficinas de Estocolmo, se desvela minuto a minuto como una estafa corporativa orquestada para dejarme al frente del Titanic en el momento del impacto.

Salgo del edificio hacia el coche con los hombros caídos, mentalizado ya para el atasco de turno encargado de retrasar el regreso a casa.

Tras aparcar detrás del montón de chatarra que Catalina insiste en llamar vehículo, enfilo hacia la puerta principal con la esperanza de alcanzar el dormitorio sin cruzarme con ella. Optimismo que se desvanece al sacar la llave de la cerradura.

El salón se ha transformado en una sucursal de esoterismo.

Catalina comparte el sofá con una mujer de melena rubia setentera y túnica de lino en mitad de un caos botánico que coloniza cada superficie disponible.

La mesa de centro y el suelo de madera han desaparecido bajo una marea de botes de cristal con etiquetas escritas a mano, un mortero de piedra con restos de hojas machacadas y manojos de hierbas que desprenden un olor penetrante a farmacia medieval.

—Te aseguro que el extracto de consuelda obra milagros en la calcificación del hueso, solo hay que aplicarlo con masajes circulares coincidiendo con el cambio de fase lunar para potenciar el efecto —declara la desconocida, con un tarro de cristal opaco en la mano.

El aroma, denso y dulce, me golpea la nariz de lleno, intensificando la punzada que me machaca las sienes desde mediodía. Todavía en la entrada, repaso el campamento hippie .

—Buenas noches —intervengo, dejando el maletín sobre la consola antes de dar dos pasos hacia el gran ventanal del fondo—. ¿Os importa si abro un palmo para que corra un poco el aire?

Catalina se endereza y me fulmina con esos ojos oscuros que, por desgracia, conozco demasiado bien.

—Hace un frío de mil demonios ahí fuera —replica en tono cortante.

—Lo entiendo, de verdad, pero es que la atmósfera aquí dentro es digna de un laboratorio de alquimia —respondo con la mano sobre el picaporte—. La mezcla de olores me ha revuelto el estómago.

Catalina abre mucho los ojos y señala con una ojeada fugaz a la rubia antes de volver a mí.

La mujer, concentrada en olfatear el interior del frasco, está en una dimensión paralela donde nosotros no existimos, así que vuelvo a centrarme en Catalina para hacerle entender el diagnóstico evidente: «Tu amiga está inmersa en su propio mundo, no se está enterando de absolutamente nada».

Su respuesta no tarda en llegar con un sutil movimiento de cabeza: «Puede que sea un poco especial, pero es buenísima y ha venido a ayudar a mi hermano».

Me cruzo de brazos: «Por muy buena gente que sea, no quita que el olor resulte insoportable».

Aprieta los labios, lista para romper la discusión telepática y mandarme a la mierda a voz en grito, pero la extraña interrumpe nuestro duelo silencioso justo a tiempo y sin molestarse siquiera en levantar la vista de los botes.

—Disculpad que interrumpa vuestra conversación. A mí no me ofende en absoluto. Puedes abrir la ventana si lo necesitas, aunque el aroma del hipérico purifica el ambiente.

Nos quedamos congelados. La mujer me tiende un minúsculo vial de cristal.

—Tienes la energía muy bloqueada por el estrés. Te recomiendo tres gotas de aceite de ruda en las sienes; te aliviará el dolor de cabeza y te asentará el estómago enseguida. Deberías dejar de resistirte a las soluciones que te manda el universo.

—Agradezco el ofrecimiento, de verdad, pero debido a mi escepticismo prefiero sobrevivir con el ibuprofeno de toda la vida. —Fuerzo una sonrisa de cortesía ejecutiva, dando un paso hacia la escalera—. Voy arriba, así no tenéis que abrir la ventana.

Subo los escalones y empujo la puerta de Unai, que descansa con el mando del televisor en la mano. El ambiente aquí es bastante más terrenal, dominado por el parpadeo de la pantalla que retransmite la carrera de Fórmula 1 del fin de semana pasado.

—Menudo espécimen hay abajo organizando el botiquín —comento, dejándome caer a su lado tras aflojar el nudo de la corbata—. Tu hermana ha reclutado a una chamana que planea untarte raíces siguiendo el calendario lunar.

La carcajada que suelta le arruga la nariz.

—Delilah vive en su propio plano astral, pero es buena tía, así que no te metas con ella, que al menos me ha traído provisiones gratis y las bolitas energéticas de frutos secos y polvo de hadas están bastante buenas.

¿Quieres una? —La oferta llega acompañada de una bandeja repleta de esferas marrones que guardan un parecido alarmante con los excrementos del perro del demonio con el que, por suerte, todavía no he tenido la desgracia de cruzarme hoy.

No logro disimular la cara de asco porque mi amigo se carcajea y luego tira una bola al aire que atrapa con la boca.

— Fú fe fas fierfes .

—Es un misterio cómo, habiendo tenido a Iratxe de madre, tu hermana y tú mantenéis el mismo hábito insufrible de dar discursos con la boca llena.

—Es herencia genética —consigue articular, guiñándome un ojo antes de limpiarse la comisura del labio con el dorso de la mano—. Además, mi madre no está aquí para vigilarnos, así que un respeto a nuestras tradiciones de supervivencia.

Pasamos la siguiente hora comentando los tiempos de clasificación en un murmullo cómplice, recuperando la complicidad que los años de distancia no han logrado enfriar, hasta que el peso de los analgésicos vence la resistencia de mi amigo y los párpados se le cierran.

Apago el televisor, le echo la manta hasta el pecho y salgo de la estancia cerrando tras de mí con cuidado.

Las risas procedentes de la planta baja ascienden por el hueco de la escalera. De camino al despacho reconvertido en dormitorio, me desabrocho los puños de la camisa con la necesidad urgente de una ducha. Cruzo el umbral liberando los últimos botones del pecho y, al encender la luz, freno en seco.

El colchón inflable vuelve a registrar una ocupación no autorizada.

El perro descansa enroscado en el centro, inmune a la iluminación repentina. En tres zancadas llego a los pies de la cama, lo agarro por el lomo y lo deposito en el pasillo en el preciso instante en el que Catalina corona el distribuidor de la planta.

Pasea la vista del bicho en el suelo a mi pecho descubierto un par de veces, preámbulo inevitable del discurso cargado de reproches que no tiene la más mínima intención de ahorrarme.

—¿Se puede saber qué narices haces?

—Ejercer el derecho de admisión —susurro.

El aire del pasillo me estremece y su mirada desciende un milisegundo por la línea del esternón antes de encontrarse con la mía.

—Es un animal indefenso, no un terrorista.

—Ese animal tiene una fijación con mi lugar de descanso. Dado que carece de la capacidad cognitiva para acatar órdenes, sugiero que busques la manera de mantenerlo en tu espacio, si tanto te preocupa su bienestar.

En cuanto acorta la distancia, el aroma a hierbas me envuelve y desborda el raciocinio que tanto me ha costado mantener a flote durante el día.

Plantada a escasos centímetros, me obliga a sostenerle la mirada desde una posición de flagrante desventaja táctica, pese a mi superioridad en altura, debido a mi desnudez parcial y a esa endemoniada forma que tiene de invadir el espacio ajeno sin pedir permiso.

—Mi perro no tiene ningún trauma existencial, lo único que busca es un rincón cálido donde cobijarse, ya sabes, por la ola glacial que trae tu bendita presencia.

—Si esa cosa tiene frío, te sugiero que le compres una manta térmica en lugar de consentir que convierta mi almohada en su picadero.

La distancia es tan ridícula que alcanzo a percibir el ritmo acelerado de su respiración, el leve temblor de su labio inferior y ese magnetismo absurdo que me empuja a dar un paso al frente en lugar de retroceder hacia la seguridad del dormitorio.

—Eres un egoísta insoportable —suelta con el dedo índice clavado en mi pecho.

—Y tú una irresponsable que no logra controlar a su mascota.

Contengo el impulso de alargar la mano para apartar un mechón rebelde que le cae sobre la mejilla y concentro toda la fuerza de voluntad en mantener los brazos firmes a los lados del cuerpo.

El pulso se me acelera debido a la proximidad de su boca, que a estas alturas resulta una distracción monumental.

Sigo la trayectoria de sus ojos cuando descienden hacia el lugar donde la yema de su dedo roza mi piel desnuda. Se me atasca el aire en la garganta y me mantengo inmóvil para evitar deslizar la mano por su cintura.

Por una fracción de segundo, una duda irracional, ajena a mi estructura mental, irrumpe con fuerza: ¿Cómo sabrían esos labios si decidiera acortar la distancia que nos separa? Pensamiento absurdo y kamikaze que amenaza con complicar aún más las cosas.

Catalina da un paso atrás y retira el dedo.

—No vuelvas a tocar a mi perro —murmura entre dientes.

Luego coge a su esbirro, gira sobre los talones y se encierra en el baño.

Bajo el umbral, con la vista fija en la puerta tras la que ha desaparecido, intento procesar qué acaba de pasar.

Sacudo la cabeza en un esfuerzo por restaurar el orden mental.

Es la fatiga acumulada. Las doce horas de auditoría, la insolvencia inminente de la compañía y la saturación aromática del ambiente me han pasado factura.

Me froto las sienes, donde el dolor de cabeza original ha regresado con renovada intensidad, y me obligo a recordar que queda poco más de una semana para salir de aquí y recuperar mi vida ordenada.

Me hago una nota mental estricta para llamar a la inmobiliaria mañana a primera hora y presionar para agilizar la gestión del piso.

Necesito retirarme y evitar que Catastrófica termine por arrasar mi cordura.