Ni tan caótica ni tan correcta (Ni tan jóvenes ni tan sabias 3) Capítulo 10
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Capítulo 10

Cata

El ruido del lavavajillas de fondo compite con el tintineo de las copas de vino blanco que les acabo de servir a Blanca y a Leire, sentadas en los taburetes de la barra de la cocina.

Tras rellenar la mía, dejo la botella en la nevera y vuelvo a mi puesto frente a ellas, apoyándome contra la encimera.

Después del estrés monumental por el ingreso de Unai, las carreras por urgencias y, sobre todo, los dos días intensos de convivencia forzosa y alta tensión con el Innombrable, necesitaba esto como el respirar.

Y si encima hay queso curado, aceitunas y jamón del bueno, casi lo considero el paraíso.

—La oficina no es lo mismo sin ti, Cata, de verdad te lo digo. —Leire deja la copa y coge una aceituna.

Blanca balancea el vino con suavidad.

—Tampoco exageres. Solo lleva cuatro días.

—Cuatro días sin ver mi cutis resplandeciente es una eternidad para cualquiera y lo sabes. —Le guiño un ojo—. Mañana por la mañana, aprovechando que tengo que hacer un par de recados, me pasaré a llenar la oficina de luz y color. A cambio solo pediré un poquito de salseo del bueno.

—Pues menos mal que Eva no te puso pegas con los días —comenta Blanca, colocándose un mechón rubio tras la oreja—. Porque con la que tienes montada aquí no sé cómo lo habrías gestionado.

A Leire se le marcan las arrugas al sonreír.

—Es que Eva es la mejor jefa que una puede tener en este planeta.

—Ya me gustaría a mí. —Blanca deja la copa sobre la barra—. El mío es un tirano con corbata al que no hay dios que aguante desde primera hora. Tiene la capacidad de amargarme el café solo con saludar.

—¿Y a qué esperas para mandar a ese señor a tomar por culo y abrir tu propio estudio? —La apunto con un trozo de queso—. Tienes que echarle huevos y dejar de permitir que otros se lleven las palmas, que con tu talento puedes decorar la Zarzuela.

Ella tuerce el gesto y, tras soltar un suspiro, desvía la mirada hacia el fuet, con esa sonrisa de anuncio de detergente que se le pone cuando no quiere hablar de algo.

—Ya, bueno. Ahora mismo estoy en modo Frodo camino al Monte del Destino: cargando con un peso que no pedí y sin ganas de mirar el mapa. Aún no es el momento, Cata. Hay que ser realista.

Leire le da una palmadita suave en el hombro al tiempo que me dedica una mirada letal de «Como se te ocurra hurgar en la herida, te mato».

Si nos has seguido la pista en los libros anteriores, sabes tan bien como yo que el momento no va a llegar en la vida. Damián no va a permitir jamás que esa burbuja de supuesta estabilidad se tambalee, menos por un sueño de ella.

Me muerdo la lengua y me trago la réplica junto con el queso curado, porque la última vez que intentamos abrirle los ojos estuvo un mes entero sin hablarnos.

Cambio de tercio para que la tensión no arruine el momento.

—¿Alguien sabe algo de la desaparecida en combate? Que Ana lleva sin dar señales por el chat desde que llegó a Madrid y soltó la bomba de que «bichito» era la criatura de Isaac.

Leire apoya la barbilla en la mano.

—A mí es que Isaac fuera padre me descuadró la existencia.

—Yo habría empeñado a Ozzy con tal de verle la cara a Ana cuando descubrió el pastel.

—Por favor, Cata —me corta Blanca con su tono habitual—. Como mucho te dan dos euros por esa cosa.

—Oye, un respeto con mi animal de compañía, que tiene un valor sentimental incalculable.

—Bueno, seguro que Ana está hasta arriba con la presentación de la novela y por eso no mira el móvil —interviene Leire, lanzándome una aceituna que atrapo al vuelo.

—Liada con el escritorcito, querrás decir —corrijo.

Las tres nos miramos durante un segundo mientras las piezas del salseo encajan solas. La estancia se inunda de carcajadas que consiguen, al menos por unos instantes, que me olvide de los abdominales con los que comparto techo.

El clic metálico de la cerradura rompe la burbuja de confidencia y las llaves sobre la consola de la entrada anuncian que el mismísimo dueño de la tableta de chocolate ha llegado a casa.

Mi risa se congela en seco y se transforma en una mueca que no pasa desapercibida para mis amigas.

Las dos se dan la vuelta, sincronizadas sobre los taburetes.

Ozzy, que duerme en el sofá, apenas levanta la cabeza cuando Francisco pasa a su lado.

—Buenas noches —suelta con esa voz profunda que me da ganas de simular una arcada.

Frena al borde de la barra, clava esos ojos gélidos en mí y espera que cumpla con el protocolo.

Como mi madurez cotiza a la baja, agarro tres rodajas de fuet, me las embuto en la boca y empiezo a masticar como un hámster acelerado.

Ante su mirada de impaciencia, me señalo los carrillos hinchados con la uña azul eléctrico y encojo los hombros, emitiendo un gruñido ininteligible.

Él entorna los ojos, niega con la cabeza y decide tomar el control de la situación.

—Soy Fran, el amigo de Unai —se presenta con una sonrisa que suaviza la fachada de estirado insoportable.

—Leire, un placer.

—Blanca. ¿Te sirvo una copa? Hay picoteo de sobra.

—Os lo agradezco, pero prefiero agua, gracias.

Su perfume de magnate de los negocios me envuelve al rozarme de camino a la nevera. Saca la jarra fría y coge un vaso del armario. Tras dar un trago largo que me obliga a fijar la vista en el movimiento hipnótico de su nuez, apoya las manos en la encimera y repasa a las dos invitadas.

—¿Sois hermanas?

—Primas —responden a la vez.

—Tenéis expresiones muy parecidas —comenta él, dejando el vaso en el fregadero—. Voy a subir a ver cómo se encuentra Unai. Encantado de conoceros.

Aprovecho que el bolo alimenticio de fuet por fin ha bajado por el esófago para recuperar el uso de la palabra y ganarme el cielo de las buenas hermanas.

—Llévale agua, anda, y de paso recuérdale que le toca tomarse el medicamento de la noche.

—Hecho.

En cuanto el eco de sus pasos se pierde escalera arriba, Leire y Blanca se giran hacia mí con los ojos brillantes.

—Menuda perra estás hecha —dice Leire sin cortarse un pelo.

—¿Yo? ¿Pero qué he hecho ahora?

—Joder con el Innombrable. —Leire se abanica con la mano.

—Mira, yo le perdono el carácter frío del que tanto te quejas. El tío parece sacado de un anuncio de perfume —añade Blanca.

—Bueno, vale, tampoco os pongáis así. No es para tanto. —Agito la mano en el aire para restarle importancia al asunto.

Las dos levantan una ceja. Hoy están conectadas por Bluetooth .

—¿Que no es para tanto? —suelta Leire—. Por eso te tiraste una hora entera describiendo el abdominal inferior después de la escena con él desnudo en el baño.

—¡Eh! —La apunto con un pico de pan—. Os conté la anécdota con la condición estricta de que nunca más sacaríais el tema.

—Lo que acordamos no sacar era el temita del olor tras el cocido montañés, no el catálogo de músculos —me corrige Blanca, aguantándose la risa.

Le lanzo el pico de pan directo al pecho.

—¡Hija de puta, que te lo conté bajo secreto de sumario!

—No hay que avergonzarse de estas cosas, que todos cagamos —interviene Leire, que ya no puede más y empieza a carcajearse—. Hasta los especímenes esculpidos en mármol.

Las tres nos desternillamos de risa. Cuando logramos recuperar el aire y el dolor de estómago disminuye, Blanca se pone seria, me mira con fijeza y deja caer la pregunta que llevo todo este tiempo deseando que ninguna me haga.

—Cata, ¿algún día nos vas a contar por qué le tienes esta guerra jurada a ese chico?

Aprieto los dedos alrededor del tallo de la copa y doy un trago largo de vino. Dejo que el frío me adormezca la garganta.

—Puede. Tal vez algún día lo haga, pero desde luego hoy no. Bastante tengo con convivir bajo el mismo techo como para ponerme a remover la mierda del pasado.

Leire desliza la mano por la barra y me da un apretón firme.

—Vale. Cuando tú quieras. Sabes que estamos aquí para lo que sea.

—Lo sé. —Esbozo una sonrisa de las que se sienten en el pecho—. Además, tengo clarísimo que, si la convivencia se vuelve insufrible y tengo que cargármelo, Blanca diseña el plan de ocultación perfecto y tú te encargas de la logística para mover el bulto.

Las tres volvemos a reír a carcajadas y agradezco tenerlas conmigo porque sé que, pase lo que pase, con ellas estoy a salvo.