Capítulo 9
Fran
El portazo tras Iratxe y Mikel pone fin al despliegue de bendiciones maternas y recordatorios sobre el recalentado del marmitaco.
Regreso a la cocina para guardar las sobras siguiendo las indicaciones al pie de la letra mientras Catalina coloca los últimos vasos en el lavavajillas.
La incomodidad flota en el ambiente. Lógico.
La última vez que compartimos un espacio a solas, yo estaba desnudo por culpa de un cachorro proscrito.
Las sienes me palpitan al ritmo de las cifras que he estado revisando esta tarde: agujero, balances maquillados y la confirmación de que me han traspasado un barco que hace aguas.
Intentar sacar a flote una compañía al borde del colapso exige hasta mi último kilovatio de energía, pero tener que hacerlo bajo el mismo techo que un terremoto roza el deporte de alto riesgo.
Al terminar con la vajilla, Catalina se apoya contra la encimera y se aparta el flequillo con un soplido.
—Voy a ver si el tullido necesita otra dosis de analgésicos o si se ha quedado dormido —anuncia ya en marcha—. Que pases buena noche.
—Buenas noches.
Contengo el suspiro hasta que el eco de sus pasos se pierde escalera arriba.
Después de colocar el táper en la nevera, me encamino al despacho de Unai, reconvertido en mi dormitorio oficial gracias a la intervención oportuna de Mikel, que antes de marcharse me ha ayudado a desplazar el pesado escritorio de roble hacia el rincón de la ventana.
El hueco resultante apenas basta para encajar la cama hinchable de matrimonio comprada de urgencia en el hipermercado, un rectángulo de plástico gris que ahora procedo a llenar utilizando el inflador eléctrico.
El zumbido monótono inunda la estancia mientras distribuyo las pocas pertenencias que he sacado de la maleta.
Me paso las manos por el rostro. En cuanto bajo la guardia, vuelvo a sentir el escrutinio de Catalina clavado en mi pecho, la forma descarada en que me recorrió el torso sin pestañear.
Un calor repentino me sube por el abdomen y aprieto la mandíbula hasta sentir dolor en las muelas.
La lealtad a Unai me exige borrar la imagen de inmediato, pero la reacción instintiva de mi cuerpo delata que mis impulsos van por libre.
Semejante cortocircuito físico se debe a la sequía que arrastro tras meses de encierro voluntario en los despachos de Estocolmo, donde el trabajo absorbió cada minuto hasta anular por completo mi vida personal.
Ningún hombre es de piedra y una mujer que te mire con intenciones tan transparentes altera a cualquiera.
El problema es que esa mujer es Catastrófica .
La hermana de Unai. La cría que corría por el jardín con las rodillas llenas de barro.
Tenerla a pocos metros me confirma que, si no controlo mis instintos, el desastre financiero de la compañía va a ser el menor de mis problemas.
Apago el aparato y cojo las sábanas con aroma a suavizante que Iratxe me ha dejado sobre la cómoda.
Estiro las esquinas con precisión para mantener la mente ocupada.
Una vez ajustado el cobertor y colocadas las almohadas, salgo al pasillo con la intención de comprobar el estado de Unai antes de dar la jornada por terminada.
Golpeo con suavidad la madera entreabierta.
—Pasa, fiera. Estoy despierto —responde la voz amortiguada desde el interior.
Empujo la hoja y me encuentro a mi amigo sepultado bajo el edredón, con la pierna escayolada sobre una torre de cojines.
Sin embargo, lo que me frena bajo el umbral es la silueta de ella, desplomada a su lado, vestida con el pijama de cuadros rojos.
El flequillo alborotado le cubre los ojos cerrados.
Avanzo sin hacer ruido, estiro el brazo hacia los pies de la cama y atrapo la manta de lana doblada en la esquina para desplegarla con cuidado sobre Catalina.
—Siento en el alma lo del colchón —susurra Unai, con una mueca de disculpa—. Mi madre se empeñó en que estarías más cómodo aquí que en otro sitio, pero sé que no son las mejores condiciones.
—No le des más vueltas. —Recupero la distancia de seguridad—. De hecho, valoraba la posibilidad de buscar una habitación de hotel mañana mismo. Lo último que quiero es molestar con todo el jaleo médico que os ha caído encima.
La decepción se dibuja de inmediato en sus facciones.
—Sabes que nunca molestas. Aunque lo entiendo. Siento haberte metido en este embrollo. Tenía la estúpida esperanza de que pasaríamos tiempo juntos después de tantos años. Claro que, cuando te invité, no entraba en mis planes terminar postrado en una cama las próximas semanas.
Un nudo extraño me aprieta la garganta al escucharle decir en voz alta lo mismo que llevo pensando desde que tomé la decisión de volver.
He echado de menos a Unai estos años fuera; la distancia ha sido bastante más dura de llevar de lo que suelo reconocer.
Aceptar quedarme aquí surgió para rascar algo de tiempo juntos entre el caos de nuestros trabajos, un plan cojonudo que se ha ido al traste.
—Escucha —digo, apoyando el peso en los pies de la cama.
Observo el perfil relajado de Catalina y vuelvo a mirarlo—.
Si no os supone un trastorno, puedo quedarme hasta que la empresa me entregue las llaves del apartamento el día veintiuno.
Así tendremos esas dos semanas para ponernos al día por las tardes, cuando vuelva de la oficina.
Unai camufla el entusiasmo entornando los ojos.
—¿Estás completamente seguro, Aguirre? Mira que te va a tocar sobrevivir catorce noches seguidas sobre una balsa de plástico.
—He dormido en sitios muchísimo peores, lo sabes, así que no te preocupes, de esta no me muero.
—Ya sé que eres un tipo duro, pero la última vez que te tocó acampar no tenías cuarenta y dos tacos. A esta edad las lumbares te pasan factura.
—Esto es como montar en bici; el cuerpo tiene memoria. Seguro que mañana ya le he cogido el truco. Te dejo descansar. ¿Necesitas algo?
—No, descansa tú también, que tienes una cara de muerto que no puedes con ella.
—Eres un imbécil —suelto desde el umbral.
La sonrisa cómplice con la que me despido se apaga en cuanto entro en el despacho. Cierro la puerta, aliviado por haber alcanzado por fin el que será mi refugio emocional en las siguientes semanas, pero el suspiro se me atora en la garganta al enfocar el centro de la habitación.
El colchón que tanto me ha costado inflar tiene dueño. Y no soy yo.
El perro del demonio está enroscado en un ovillo de pelo desgreñado. Lo que faltaba para terminar el día.
Avanzo hacia él y carraspeo con fuerza.
—Vamos, fuera de aquí —ordeno, señalando el suelo.
El bicho entreabre un ojo legañoso, me regala un parpadeo lento y vuelve a esconder el hocico entre las patas traseras.
Al comprender que la vía diplomática no funciona con terroristas peludos, me inclino y lo empujo con el dorso de la mano, arrastrándolo hacia el extremo derecho con todo el cuidado que me permite la frustración.
Emite un gruñido antes de acomodarse de nuevo en la esquina sin dignarse a abandonar el barco.
Me desprendo del traje para embutirme en el pijama. Me deslizo bajo las mantas con una mueca de asco inevitable al notar la proximidad del gremlin, que ya ha comenzado a roncar con el ritmo monótono de un motor de dos tiempos a escasos centímetros de mis piernas.
Bocarriba, acunado por el chirrido del plástico, estudio las sombras en el techo.
Si me hubieran preguntado hace un mes cómo imaginaba el regreso a España, jamás habría adivinado que terminaría durmiendo en un colchón de aire, compartiendo el espacio con un saco de pulgas y bajo el mismo techo que Catastrófica .