Capítulo 8
Cata
El olor a desinfectante hospitalario, que se empeñó en viajar con nosotros en coche, ahora también inunda el recibidor.
Le cedo el paso a mi padre para que lidere el frente con Unai apoyado en su hombro y en el mío.
Avanzamos a trompicones, con cuidado de no estampar la pierna escayolada contra ningún mueble.
Entre nuestros jadeos, las maldiciones entre dientes de mi hermano y las indicaciones desquiciantes de mi madre, que nos pisa los talones en una procesión de la cofradía del Santo Tobillo Fracturado, logramos coronar el rellano del piso superior, tras sufrir tres desequilibrios casi mortales que amenazan con hacernos caer en la casilla de la serpiente y deslizarnos de espaldas hasta el punto de partida.
Depositamos el cargamento sobre el colchón de su dormitorio con un suspiro unísono y, cuando le encasqueto dos almohadones bajo el tobillo para camuflar sus lamentos de inválido moribundo, mi madre hace la entrada triunfal portando una bandeja.
Sándwiches de tres pisos cortados en triángulos perfectos, un tazón de caldo humeante dispuesto a provocar quemaduras de tercer grado, una taza de café y un surtido de galletas de avena compiten por el espacio en una torre de Babel alimenticia.
La superficie metálica ha quedado reducida a un mito urbano.
Ni idea de en qué milisegundo de la realidad a esa mujer, que venía pisándonos los talones por la escalera hace un momento, le ha dado tiempo de teletransportarse a la cocina y materializar semejante banquete de película medieval.
—Hay que recuperar esas fuerzas, hijo, que te han dejado transparente en urgencias y con la salud no se juega —sentencia, depositando el monumento gastronómico sobre las rodillas del herido después de esquivar por los pelos a Ozzy, que ha olido el embutido y ejecuta saltos de alegría alrededor de la cama.
— Ama , que solo se ha roto un tobillo, no viene de sobrevivir a las trincheras de la Primera Guerra Mundial —digo, ahuecando por tercera vez el almohadón.
Mi padre se deja caer junto a mi hermano.
—Déjala, que tu madre expresa el pánico postraumático a través de los carbohidratos, ya la conoces —comenta con esa sonrisa socarrona que he heredado, ganándose una mirada fulminante de su esposa—.
Además, si Unai se empacha, al menos estará callado un par de horas, que lleva quejándose desde la barrera del parking .
—Os recuerdo que soy yo el que tiene el cuerpo lleno de titanio y escayola, panda de insensibles —protesta el inválido, aunque la velocidad con la que intercepta el primer sándwich del montón desmiente su discurso de agonía inminente—. ¿Y Fran? Pensé que estaría aquí.
Escuchar su nombre me mete en un viaje que me deja el sistema nervioso más congelado que los polos.
Tú también necesitarías un momento después de lo de esta mañana. Así que borra la sonrisita, que no me ayudas a mantener la compostura.
—Estará en la oficina salvando el capitalismo, que ya sabes que los altos ejecutivos se marchitan si no respiran ambientador corporativo —respondo, robando una galleta de la bandeja.
Mi madre entorna los ojos y limpia una mota invisible de polvo de la mesita de noche con el dobladillo de la blusa.
—Pues debería estar aquí descansando, que ese muchacho trabaja demasiado y se le nota en la cara. Esta noche le preparo un marmitaco de los míos, a ver si le devuelve la alegría al cuerpo.
JA. Alegría al cuerpo. Tú y yo sabemos que a esa fisonomía no le hace falta ningún tipo de guiso reconfortante, que viene bendecido por los dioses de serie y con los niveles de felicidad anatómica totalmente desbordados.
—A Fran le pones un plato tuyo por delante y rebaña hasta dejarlo limpio, ama . Por cierto, enana, ¿encontró la llave de paso? Me mandó un mensaje desesperado diciendo que se había quedado a medias en la ducha.
Me atraganto con la galleta y hago un rito espiritual interno para que el calor que me sube por el cuello no estalle en mi terso cutis.
—Sí, la encontró. —Fuerzo una sonrisa que debe parecer un espasmo muscular—. Vaya si la encontró y desplegó todo su potencial.
—Bueno, menos cháchara y más ponerse útiles —dice mi madre al tiempo que da dos palmadas—. Niña, tira para abajo conmigo y me ayudas, que las verduras no se pelan solas.
Mi padre, que sigue desparramado en el colchón con la misma energía que un muñeco inflable pinchado, aprovecha el cambio de tercio para acomodarse contra el cabecero y mirar a su primogénito con tono conspiranoico.
—Oye, mañana, si quieres, te traigo el televisor plano ese viejo que tenemos muerto de risa abajo en el trastero.
Lo encastramos aquí en la cómoda frente a la cama y así, entre analgésico y analgésico, por lo menos matas alguna que otra neurona viendo algún partido o las series esas de tiros que te gustan.
Sigo a mi madre escaleras abajo en silencio y, una vez en la cocina, planta una bolsa de patatas sobre la encimera y me pasa el pelador.
Estoy por llevarme la primera a la boca cuando el móvil me vibra en el bolsillo con una notificación de WhatsApp del grupo de «Ni tan jóvenes ni tan sabias».
Blanca
¿Cómo está tu hermano?
¿Sobrevivió a la operación?
Suelto el pelador y me apoyo en la encimera.
Ya en casa. El tío se cree el protagonista de un drama médico. Mañana tenemos que quedar sí o sí para charlar. Necesito desahogarme o me va a dar un síncope.
Leire Menos mal, Cata. Dale un beso enorme de mi parte. ¿Mañana por la tarde te va bien? Yo necesito huir del curro un rato o cometeré un delito menor.
Blanca Hecho. Tengo la agenda libre a partir de las cinco.
Venid aquí, que no puedo dejar al convaleciente solo. Lo de hoy supera cualquier límite de ficción. No os podéis imaginar el salseo apocalíptico que
Pego un salto en el sitio y le doy a enviar sin querer, cuando la voz de mi madre suena a tres centímetros de mi oreja.
—Niña, ¿te pones con las patatas o vas a seguir perdiendo el tiempo con el dichoso aparato?
—Que voy, ama , que voy —protesto mientras termino de escribir el mensaje.
que os tengo que contar.
Os dejo, que mi madre entró en modo militar.
Apenas tengo tiempo de clavar la cuchilla en la piel de la primera patata cuando el sonido nítido de la llave en la cerradura de la entrada me deja congelada a mitad de movimiento.
Fran aparece con la camisa impoluta, ni un solo pelo fuera de su sitio y totalmente inmune al sudor humano. Da asco, de verdad.
Mi madre abre los ojos y se le ilumina la cara de una forma que ya me gustaría a mí. Se seca las manos a toda prisa en el delantal de camino hacia él con los brazos abiertos.
—¡Fran!
Lo envuelve en un abrazo de los que recolocan vértebras. Él responde sin dudar. Luego mi madre lo aparta un poco para agarrarle la cara con las dos manos y examinarlo como si buscara síntomas de desnutrición extrema.
—Pero qué mala cara me traes, muchacho. Menos mal que esta noche te voy a cocinar un marmitaco de los míos y te vas a la cama con el estómago lleno.
Fran sonríe y aprieto el pelador con fuerza al ver esa sonrisa idílica que le dedica a toda mi familia menos a mí.
—Estoy deseando probarlo, Iratxe. Si ahora que estoy en España vas a cocinarme seguido, voy a tener que cambiar todo el vestuario. Me vas a malcriar.
—Claro que sí, a ti lo que te faltaba allá por el norte era buen alimento —sentencia ella, dándole una palmadita cariñosa en el brazo.
Porque mi madre piensa que en Suecia viven a base de arenque curado en salmuera. Pongo los ojos en blanco igual que cuando tenía diecisiete y descargo toda mi frustración reprimida contra la pobre patata que tengo entre las manos. Le meto un viaje con el pelador que casi la corto por la mitad.
— Ay, mi vis i milcriir. Viy i tinir qui cimbir di vistiri —mascullo entre dientes.
Para mi desgracia, Fran tiene el oído de un murciélago. Da dos pasos hacia la zona de la encimera, acortando la distancia entre nosotros hasta que puedo oler su perfume, que no se vio afectado para nada por las horas de oficina, y me clava esos ojos de hielo.
—¿Qué has dicho, Catastrófica ?
—Que sería una auténtica tragedia nacional que esos abdominales de tabla de lavar perdieran la definición por culpa del marmitaco. Aunque hay cierta tercera pierna bendecida por los dioses paganos que no corre el más mínimo riesgo de perder volumen por exceso de carbohidratos, ¿no?
El color le sube desde la solapa de la camisa hasta la raíz del pelo, compitiendo en tono con el tomate que mi madre sostiene al otro lado de la cocina.
Da un paso atrás, aprieta los labios hasta dejarlos blancos y la manzana de Adán se le mueve.
El golpe en su ego de titanio es tan glorioso que me dan ganas de enmarcar su cara de póquer destrozada.
Tú, que vives por y para el salseo, ahora puedes aplaudir y prepararte para la ronda dos porque esto no ha hecho más que empezar.