Capítulo 7
Fran
—Puedes explicarme desde ahí fuera qué palanca tengo que mover y te juro que soluciono el entuerto en un segundo —grita Catalina.
Apoyo la frente contra la puerta en un intento desesperado por contener las ganas de derribarla a base de fuerza bruta.
Las gotas de agua ya fría me resbalan por los hombros desnudos.
Los restos de champú me provocan un escozor insoportable en los ojos.
Me incorporo, ajusto la toalla anudada a la cadera con la mano izquierda, para evitar un desastre que termine de rematar la mañana, y me paso el dorso de la derecha por los párpados.
—De ninguna manera. Teniendo en cuenta tu historial, si tocas la llave de paso, te cargas el sistema de fontanería de toda la manzana fijo. Necesito quitarme este engrudo de la cabeza ya.
—¡Que te he dicho que estoy desnuda! —Su indignación suena igual de falsa que los presupuestos anuales de una empresa en quiebra—. ¡Que tengo los niveles de pudor muy altos y no me da la gana de que me veas en paños menores!
—Me importa un bledo, Catastrófica . —Pierdo el último gramo de paciencia en cuanto el escozor en los ojos se vuelve insoportable—. Métete en la ducha, tápate con la toalla como yo, porque voy a empezar una cuenta atrás y te aseguro que al llegar a cero voy a emplear la fuerza. Tres.
Al otro lado se escucha el impacto de un objeto de plástico contra los azulejos, seguido del ladrido histérico del cachorro.
—¡No cruces esa línea! ¡Eres un troglodita!
—Dos. —Separo los pies para ganar estabilidad y retraso el hombro derecho, dispuesto a impactar contra la estructura de madera si la lógica no surte el efecto deseado en los próximos dos segundos—. Uno.
Alineo el cuerpo para el golpe y aseguro el nudo de la toalla con firmeza, pero la hoja se abre hacia el interior.
Al cruzar el umbral, el aire roza la categoría de emergencia biológica.
La mezcla sofocante de laca sintética y ciénaga me provoca una arcada que apenas logro contener con el antebrazo.
Catalina permanece de pie junto al lavabo, con el pijama de cuadros rojos compitiendo en intensidad con el color escarlata que le tiñe el rostro.
Sostiene una escobilla de plástico en la mano derecha con la postura de un soldado acorralado en las trincheras.
Ya no sé si los ojos me arden por el champú o por el gas tóxico que inunda el lugar. Sacudo la cabeza, parpadeo un par de veces y avanzo hacia el inodoro.
Me arrodillo sobre las baldosas frías, decidido a mantener el aire retenido en el pecho el tiempo que sea necesario, convencido de que, si me permito el lujo de inhalar una sola bocanada, voy a terminar desmayado en el suelo. Repaso las instrucciones exactas que Unai me ha enviado por mensaje.
Se supone que la llave de paso es una manivela metálica situada en la tubería principal y debo girarla a la izquierda hasta escuchar el segundo clic.
Para acceder, debo contorsionar el cuerpo de un modo ridículo si no quiero que el nudo de la toalla ceda.
Los pulmones me arden. Inspiro una cantidad mínima de oxígeno, la justa para no perder el conocimiento, y alargo el brazo por detrás de la taza.
Cuando mis dedos rozan el metal, el cachorro del demonio suelta un gruñido, clava las uñas afiladas en la piel descubierta de mi pantorrilla y empieza a morder la toalla.
—Retira al animal. Ya.
Contorsiono la columna en un ángulo absurdo para mantener la mano en la válvula sin perder la toalla.
—Voy. —El tono de urgencia viene acompañado por un zumbido rítmico y constante. Una brisa me golpea la nuca a intervalos regulares.
Al mirar sobre el hombro, la encuentro agitando la toalla de mano de arriba abajo con una energía digna de un ventilador industrial.
Cada vaivén me trae una ráfaga de aire contaminado directo al rostro, un castigo que viene acompañado por una corriente helada que me azota la espalda y me congela las lumbares.
—¿Se puede saber qué clase de ritual aeróbico estás ejecutando? —pregunto, con los dientes apretados mientras aplico toda la fuerza de la muñeca para girar la manivela.
—¿Yo? Hago aeróbic energético estacional.
Se nota que en Estocolmo no estáis a la vanguardia de la oxigenación celular —responde sin disminuir el ritmo de los aleteos—.
Es un método infalible para canalizar el flujo de las malas energías matutinas.
¡Dale la vuelta a la tuerca de una vez y deja de criticar mis rutinas de bienestar!
El metal cede por fin y el sonido reconfortante del agua corriente empieza a llenar los conductos internos de la cisterna.
Me incorporo a medias. Cometo el error estratégico de girarme un poco hacia el lateral para esquivar al bicho y me paso la mano que sostenía la toalla por la cara, justo cuando el cachorro clava los dientes en el tejido y tira con fuerza hacia atrás.
El aire frío me golpea zonas de la anatomía que jamás deberían estar expuestas frente a la hermana menor de mi mejor amigo; mucho menos ante esta mujer, que es especialista en demoler mi compostura.
Este incidente se convertirá en munición de primera calidad para ensañarse conmigo durante las próximas cuatro décadas.
El aleteo de la toalla se interrumpe. Me recorre el cuerpo de arriba abajo con la mirada sin el menor pudor.
—Fran… —La verborrea parece haberla abandonado—. Sabía que eras un hombre de recursos, pero no me esperaba este despliegue.
—No mires —ordeno, a pesar de ser consciente de la absoluta falta de autoridad que proyecto dadas las circunstancias.
—Si no quiero mirar, te lo juro, pero me has pillado por sorpresa y la vista se me fue sola. —Deja caer la toalla al suelo y se cubre los ojos con la mano izquierda, aunque la separación entre los dedos anular y corazón delata que la censura no está siendo del todo efectiva.
Agarro la toalla de mano con la que ella ejecutaba sus aleteos, dado que la mía ha desaparecido pasillo abajo gracias a la fijación del cachorro con romperme la ropa, y me la coloco sobre la pelvis para minimizar la pérdida de dignidad.
—Haz el favor de no hacer trampa mirando por la rendija de los dedos —consigo pronunciar.
La risotada que suelta me eriza aún más la piel.
—Por favor. —Baja la mano sin el menor rastro de vergüenza—. A estas alturas de la vida ya he visto suficiente mundo como para que me asuste un cuerpo desnudo. Puedes ahorrarte el drama.
Algo se me retuerce en las entrañas al escuchar su tono de indiferencia. La mandíbula se me tensa hasta dolerme al imaginar esa misma mirada descarada clavada en otro hombre. La lógica me recuerda que es una mujer de casi cuarenta años; mi sistema nervioso, en cambio, se niega a procesar el dato.
—Es algo que no tienes ninguna necesidad de mencionar. —La voz me sale más dura de lo que pretendía.
La sonrisa burlona se le borra y cruza los brazos.
—Tanto Unai como tú tenéis que empezar a asumir que ya no tengo catorce años. Deberíais haber superado esa etapa de hermanos sobreprotectores hace bastante tiempo.
Se gira sobre los talones sin esperar réplica y sale al pasillo dejándome con la palabra en la boca.
Sobre las baldosas frías, con el sonido de la cisterna y los residuos del aire tóxico todavía en la estancia, asumo que, si este es el balance de las primeras dos horas de convivencia con Catalina, la probabilidad de sobrevivir el resto de la semana bajo el mismo techo roza el cero.