Ni tan caótica ni tan correcta (Ni tan jóvenes ni tan sabias 3) Capítulo 6
10%

Capítulo 6

Cata

Abro un ojo dispuesta a maldecir la luz que se filtra por la persiana y lo primero que registro es el peso muerto de una novela de trescientas páginas aplastándome el tabique nasal.

Maravilloso. Retiro el libro con cuidado de no perder la página, estiro las piernas entumecidas bajo el nórdico y me tapo los ojos con el brazo.

El calor en las mejillas me quema al recordar la estrategia de guerrilla de la noche anterior.

Os juro que ni el mismísimo Sun Tzu lo habría planeado mejor. Y no, no soy una cobarde, solo que ayer mi sistema nervioso exigía una tregua urgente ante semejante bloque de hielo andante.

Estuve atenta al crujido del parqué del pasillo hasta que el portazo me dio vía libre.

Bajé las escaleras de puntillas y rescaté el equipaje abandonado en el recibidor.

Después, saqueé la nevera en busca de unas lonchas de jamón para cenar a salvo en el fuerte improvisado del dormitorio.

Cruzarse con el Innombrable me apetecía lo mismo que una endodoncia sin anestesia, de modo que preferí devorar el bocadillo a oscuras, sentada en mitad del colchón mientras planeaba cómo dosificar los encuentros para no terminar en el calabozo antes de acabar la semana.

Fran posee la capacidad de sacar a pasear a la energúmena desquiciada dentro de mí con respirar el mismo oxígeno, una destreza exasperante que llevo años intentando combatir a base de sonrisas falsas que terminan fallando en cuanto esa mirada estoica se clava en la mía.

Tal vez a los treinta y ocho años una ya debería tener el culo pelado de aguantar a fantasmas del pasado.

Sin embargo, este témpano de hielo andante me desmonta el chiringuito en un segundo y me convierte otra vez en la adolescente que lo espiaba en la casa del árbol.

Ya ves qué suerte la mía: tengo una máquina del tiempo con forma de dios nórdico.

No se te ocurra decírselo jamás. Porque, si ya se cree el rey del mambo, con eso se volvería todavía más insufrible.

Toca apechugar con las consecuencias de la invasión doméstica y asumir la convivencia forzada. Aparto las sábanas, planto los pies descalzos en el suelo congelado y arrastro el cuerpo con los ojos medio pegados hacia el cuarto de baño.

Estoy a punto de estamparme de bruces contra el suelo porque a Ozzy le parece una idea maravillosa cruzarse entre los pies a cada paso.

Consigo entrar viva, cierro la puerta de un empujón y me restriego el dentífrico por las encías.

Me salpico la cara con agua fría para espabilarme cuando un retorcijón traicionero me sacude las entrañas y me obliga a sentarme en el váter a toda velocidad.

Con Ozzy instalado entre los tobillos, dedicado a destrozar el pompón de la zapatilla izquierda a mordiscos, apoyo los codos en las rodillas y hundo la cabeza en las palmas.

Sopeso seriamente la posibilidad de pedir asilo político en cualquier país remoto.

Haría lo que fuera con tal de no compartir techo con él.

Después de otro retorcijón, la presión inminente de un gas traidor amenaza con romper la acústica del aseo.

Intento contener el desastre apretando las nalgas a mitad de camino para que salga con discreción, pero el remedio resulta mil veces peor que la enfermedad y el tiro me sale por la culata.

El estruendo reverbera en la cerámica blanca, digno de una catedral gótica.

Echo un vistazo al reloj de pulsera Casio que tengo desde los catorce y respiro aliviada al comprobar que ya pasan de las nueve de la mañana.

Francisco debe de estar en su despacho haciendo cosas corporativas que los altos ejecutivos con palos en el culo suelen hacer a estas horas para justificar sus bonus anuales.

Saber que estoy sola me permite relajar los músculos por fin y terminar de vaciar el intestino en una sinfonía poco glamurosa.

Me llevo la camiseta del pijama a la nariz y maldigo haber pedido el cocido montañés en la cantina del hospital.

Ozzy deja de morder la zapatilla, estornuda tres veces seguidas y sale disparado hacia la esquina opuesta con las orejas gachas.

—No te quejes, chaval, que soy yo la que lleva tres días recogiendo tus regalitos del césped y te aseguro que tus deposiciones tampoco huelen a agua de rosas —le susurro.

Me limpio con presteza, me pongo en pie y presiono el botón de la cisterna.

El mecanismo emite un silbido asmático y suelta un chorro de agua sin presión que deja más de la mitad del pastel flotando.

Vuelvo a darle al botón. No pasa nada. Hundo el dedo con más fuerza.

Me cago en todo. Estoy a punto de invocar a algún ser superior para que obren un milagro fontanero cuando tres golpes firmes resuenan al otro lado. El corazón me deja de funcionar.

—Catalina, abre. —La voz de Fran llega amortiguada—. Se ha cortado el agua a mitad de mi ducha. Llamé a tu hermano. Me dijo que para emergencias instaló un depósito de agua propio y la llave de paso para activarlo está aquí, detrás del inodoro. Necesito entrar.

Me estoy marcando un puto viaje astral porque acabo de salir de mi cuerpo y veo la escena desde el techo.

Mierda. Mierda al cuadrado. Si abro ese pestillo, el señor Limpieza e Higiene Corporal va a dar un paso dentro de esta sauna tóxica y no solo se va a encontrar con mi pijama lleno de pelotillas, sino también con las pruebas del delito flotando a plena vista.

—¿Catalina? —Vuelve a golpear, esta vez con más fuerza—. No tengo tiempo para tus dramas, entro en conferencia con la junta en una hora. Abre la maldita puerta.

Miro de reojo a Ozzy, que me observa con la cabeza ladeada. Trago saliva, aprieto y me preparo para lanzar la mentira más desesperada de mi historial delictivo. Madre mía, la ley de Murphy no es que se esté cumpliendo, es que me ha tomado como su proyecto personal.

—Un momento, que me has pillado desnuda. —Miento fatal—. ¡Acabo de salir de la ducha y me estoy secando!

Me abalanzo sobre el pestillo de la ventana y la abro de par en par. Es tan diminuta que creo que ni Ozzy puede salir por ahí. Joder, el aire no corre ni disipa la nube.

Evalúo mis ridículas opciones. Si hubiera agua corriente en el lavabo, podría llenar el vaso de los cepillos de dientes un millón de veces para forzar la bajada. En cuanto abro el grifo, solo sale un goteo agónico que muere a los tres segundos.

—Venga. No me hagas perder el tiempo. Oigo cómo arrastras las cosas. Abre ya. —Su insistencia me tienta a probar el asesinato.

—¡Que ya va, pesado! ¡No encuentro las bragas!

¿Y si meto la escobilla e intento hacer vacío para empujar el desastre hacia el fondo de las tuberías? No, malísima idea. Como eso salpique o se quede atascado del todo, el panorama va a pasar de catástrofe doméstica a nivel nuclear. Ozzy suelta un ladrido agudo.

—Gracias por tu aportación, pero eso no nos va a sacar de este marrón.

Tú, el que está leyendo esto con lágrimas en los ojos.

Sí, tú. ¿Tienes alguna idea brillante o vas a quedarte ahí disfrutando de mi desgracia?

Porque te aseguro que desde tu posición es fácil juzgar.

¿Nada? ¿Ningún truco de magia? Ya me lo imaginaba, tu silencio tampoco ayuda una mierda, así que deja de reírte de mí, haz el favor.

Con los ojos desorbitados, miro la papelera del baño y luego la bolsa donde guardo los algodones desmaquillantes.

Una idea salvaje y repugnante cruza mi mente: ¿y si meto la mano en la bolsa, agarro el pastel como si fuera uno de los regalitos de Ozzy y lo tiro por la ventana al patio trasero?

Cuando visualizo el proyectil volando por los aires, los nudillos de Fran vuelven a golpear la madera, esta vez con tanta fuerza que hace vibrar los azulejos.

—Catalina, se me está metiendo el champú en los ojos y me trae sin cuidado tu vestuario. O abres en tres segundos o tiro la puerta abajo.