Capítulo 5
Fran
La arruga en la nariz de Catalina al escuchar el mote es el primer indicio de que los próximos minutos van a exigir una dosis de paciencia.
El problema es que no me queda. El viaje ha incluido casi cuatro horas de vuelo desde Estocolmo y tres más de reunión con el equipo directivo de la empresa cuya gestión acabo de asumir.
Sus ojos oscuros también reflejan la misma terquedad que gastaba a los doce años cuando se empeñaba en que la dejáramos escuchar música en la casa del árbol.
Sin embargo, y por mucho que picarla suponga el único punto positivo en lo que va de jornada, el charco a nuestros pies requiere una atención bastante más urgente que el duelo de miradas.
—No me llames así, que ya tenemos una edad —dice, cruzándose de brazos—. Y ahora, si no te importa, explícame qué haces en el recibidor de mi hermano con un baúl del tamaño de un descapotable.
Respiro hondo e intento evaluar los daños. El cachorro acaba de arruinar una maleta de doscientos euros en menos de tres segundos. Coloco el maletín sobre la consola de la entrada, fuera del alcance del animal.
—He venido a instalarme. —Uso el tono autoritario que guardo para los becarios—.
Conseguí un nuevo puesto y, como el mercado inmobiliario de esta ciudad es un absoluto caos, Unai no paró hasta convencerme de que me quedara en la habitación de invitados hasta que la consultora tramite los papeles del apartamento que me han asignado.
Ella arruga aún más la nariz y el bicho de orejas caídas vuelve a olisquear la esquina del ficus.
—Pues va a ser que tenemos un problema. Unai se ha destrozado el tobillo, tiene una prohibición médica tajante de apoyar el pie durante semanas y yo he pedido vacaciones para instalarme en esta casa y vigilar que no termine en urgencias otra vez por culpa de su incapacidad patológica de pedir ayuda.
—Ya veo. —Aguanto la punzada en el estómago. La planificación de mis próximas semanas se acaba de desmoronar—. Supongo que a tu hermano se le olvidó mencionar esa parte de la agenda familiar cuando pasé por el hospital a recoger las llaves.
Ella suelta un bufido, da media vuelta hacia la cocina y regresa con un rollo de papel, un bote de desinfectante y una bolsa de plástico. Se arrodilla y comienza a frotar la superficie de la maleta con energía.
—Me da igual si a mi hermano la anestesia lo tenía en otra dimensión y no te ha avisado —dice desde el suelo, tirando los trozos de papel empapados en la bolsa—. Yo no pienso moverme de aquí. Unai me necesita, así que te aguantas.
Me quedo absorto en el movimiento de su pelo y comprendo que discutir con Catalina es una pérdida flagrante de tiempo y energía.
—Lo entiendo —zanjo antes de agarrar el asa de la maleta una vez que termina de limpiarla y camino hacia el pie de la escalera—. Hablaremos de la distribución de las tareas después de habernos instalado.
Necesito estar solo un momento porque el dolor de cabeza empieza a ser insoportable y tengo la sensación de que toda esta situación logística va a superarme.
Subo los peldaños a paso firme, con el eco de unas pisadas apresuradas y el tintineo de las uñas del maldito perro siguiéndome de cerca.
El calor que me sube por el esternón es consecuencia del esfuerzo físico y la falta de sueño; nada tiene que ver con el aroma dulce que me acompaña.
Al alcanzar el piso superior, me detengo frente a las dos puertas contiguas flanqueadas por una pared desnuda que enmarca la entrada a unas habitaciones cuyo interior queda a la vista.
—Mierda. —La palabra se me escapa.
Ella se asoma por la derecha, tan cerca que su perfume me obliga a apretar los dientes.
—¿Qué pasa ahora?
—Pasa que solo hay un dormitorio. —Señalo la de la izquierda—. Ese es el despacho de tu herm...
No llego a terminar la frase. Catalina aprovecha el hueco entre el equipaje y mi cuerpo para atropellarme sin miramientos y colarse en el dormitorio de invitados.
—¡Me pido esta! —grita desde el interior.
El golpe de la puerta al cerrarse en mis narices es tan potente que la corriente de aire me mueve mechones de pelo.
Contemplo la madera lacada en blanco. La lógica me exige golpear la puerta y forzar una renegociación del espacio basada en criterios racionales.
Antes de que pueda hacer el primer movimiento, la hoja se abre y el rostro de Catalina se asoma.
—Perdón —dice, y por un milisegundo estúpido llego a pensar que la madurez de los treinta y ocho años ha hecho acto de presencia y que todo el numerito de la reserva del espacio era una simple provocación de las suyas.
Nada más lejos de la realidad. Se agacha con rapidez hacia mis pies y atrapa la bola de pelos, que se había quedado fuera de la habitación y llevaba los últimos treinta segundos destruyendo el dobladillo de mi pantalón.
Catalina pega el bicho contra su pecho, se incorpora, me guiña el ojo izquierdo y vuelve a cerrarme la puerta en la cara.
Espero que salga otra vez. No ocurre. Exhalo el aire de los pulmones despacio, tiro del nudo de la corbata y me masajeo la nuca con fuerza para mitigar los latidos que amenazan con partirme la cabeza en dos.
Toda mi vida adulta se ha basado en la premisa del aislamiento preventivo para que su vorágine no me alcance.
Hasta el día de hoy, había sobrevivido a la existencia de Catalina porque nuestras interacciones se limitaban a pequeñas dosis administradas con rigor: una cena de Navidad planificada con semanas de antelación, un encuentro fortuito de diez minutos en el cumpleaños de Unai o alguna llamada cruzada donde su voz estridente se filtraba de fondo por el altavoz del teléfono.
Eran eventos para los que podía prepararme.
Eran situaciones que tenía bajo control.
Esto no estaba programado.
Esto no figuraba en ninguna de las páginas de mi agenda. Me he mudado al país en busca de la consagración de mi carrera profesional, persiguiendo un puesto por el que llevo años sangrando en despachos extranjeros. Y, en lugar de un santuario de orden y silencio, me encuentro atrapado con ella.
Las pequeñas dosis ya no son una opción disponible. A partir de esta noche, el caos viste un diseño alternativo, huele a notas dulces y duerme a escasos dos metros de mi almohada.
Arrastro la maleta hacia el despacho de Unai, decidido a reclamar la estancia para evitar que el cachorro vuelva a marcar territorio.
Una vez a salvo tras la puerta cerrada, me hundo en el sofá de cuero y contemplo el techo.
En el mundo corporativo, catorce días bastan para reestructurar una firma o declararla en quiebra.
El problema es que acabo de ejecutar la evaluación de riesgos para las próximas dos semanas y, por primera vez en mi carrera, el balance arroja un déficit absoluto.
He venido a esta ciudad a reflotar una compañía.
Ahora tengo la inquietante certeza de que el verdadero activo en peligro de liquidación es mi cordura.