Capítulo 4
Cata
El contraste entre mi coche destartalado y la fachada de la casa de Unai es casi un chiste.
Aparco en la entrada del garaje abierto, detrás de su berlina reluciente, contemplando esas paredes blancas de líneas rectas y la columna de piedra que combinan a la perfección con las palmeras del jardín delantero.
Ya me hubiera gustado a mí heredar su don para las finanzas y poder permitirme un lugar como este.
Suelto el cinturón de seguridad, cojo a Ozzy en brazos, para evitar que se escape y tenga un encuentro poco ortodoxo con algún vecino estirado de la zona, y camino hacia la entrada principal.
Abro la puerta con el juego de llaves de repuesto, dejo al cachorro en el recibidor, donde olisquea un ficus con desconfianza, y regreso por la maleta y el cargamento de provisiones indispensables para la supervivencia diaria de mi perro.
Tras el desastre del domingo y la confirmación médica sobre la fractura en el tobillo derecho, Unai pasó la primera noche ingresado a la espera de que bajara la inflamación.
Por fin, hoy martes, lo han operado y la intervención ha resultado un éxito rotundo.
Sin embargo, el cirujano ha dictaminado reposo absoluto durante al menos dos semanas.
Así que, ejerciendo los derechos constitucionales de cualquier hermana menor, me he pedido unos días de vacaciones en el trabajo, he metido la ropa justa en una bolsa y me he autoinvitado a instalarme en su santuario privado por tiempo indefinido.
Unai no ha puesto ninguna objeción al respecto, sobre todo porque los efectos de la anestesia y los analgésicos lo mantienen en un estado de flotación mental donde apenas logra articular palabra.
De todos modos, la alternativa era ver a ama con las maletas hechas para mudarse aquí y, aunque la adoramos con locura, también conocemos su intensidad.
Estás pensando que soy una exagerada, pero no conoces a nuestra madre.
Puedo asegurarte que, al segundo día de convivencia con las rutinas de limpieza y los interrogatorios dignos de una agente de la CIA, Unai habría reunido las fuerzas necesarias para arrastrarse por el suelo, dejarse rodar escaleras abajo y terminar con el sufrimiento de una vez por todas.
Arrastro la maleta por el espacio diáfano de la planta baja, donde los muros brillan por su ausencia y todo fluye hacia una sala de estar de tonos neutros equipada con un sofá enorme que invita a abrir una botella de vino.
Camino directa hacia la cocina americana, conectada con el comedor, y dejo las bolsas sobre la barra elegante de taburetes altos.
Coloco los cuencos de Ozzy en la esquina y contemplo la pantalla gigante del salón.
Dos semanas de encierro forzado, barra libre de películas de los noventa, pizza y risas flojas con mi hermano, sin horarios ni obligaciones.
Se me escapa una sonrisa: si este era el supuesto desastre que anunciaba Delilah, estoy por mandarle una cesta de frutas al universo como agradecimiento.
La vida adulta nos ha robado esos momentos.
Extraño pasar tiempo con él de esa manera tan nuestra, sin horarios ni obligaciones, así que considero este encierro un auténtico regal...
No. Olvida la cesta de frutas. Borra las últimas palabras de tu mente ahora mismo, porque el puñetero universo acaba de escupirme en toda la cara.
Parado en medio del recibidor, al lado del ficus que Ozzy acaba de inspeccionar, está el hombre capaz de congelar el mismísimo infierno.
Lleva un traje a medida de corte impecable, el cabello rubio peinado sin un mechón fuera de su sitio y sostiene un maletín de piel oscura que destila poder económico por cada costura.
Lo peor de la estampa no son esos ojos azules, los más fríos de la historia de la humanidad, clavándose en los míos con la precisión de dos estalactitas, sino el bulto situado a la izquierda.
El Innombrable trae consigo una maleta de dimensiones colosales, por la que le habrán cobrado una fortuna en el mostrador de facturación, y el maravilloso perro acaba de levantar la pata trasera decidido a bautizar el tejido de marca con un chorro de orina.
Se me congela la mano a medio camino del armario. Las latas de atún pesan veinte kilos. Tengo la garganta seca y la mandíbula desencajada. Las dos estalactitas clavadas en mí bajan despacio desde mi rostro hasta el estropicio que Ozzy está perpetrando a sus pies.
Como norma general, siempre dispongo de tiempo antes de cruzarme con él, algo fácil de gestionar porque Fran es un enfermo del control.
Debe de tener agendada hasta la hora exacta en la que va a cagar.
Procuro esquivar la inmensa mayoría de nuestros encuentros y, para los inevitables, Unai siempre se encarga de ponerme en preaviso.
Solo que esta vez mi hermano no ha abierto la boca.
Quiero pensar que la culpa es de las drogas o del trauma de tener un hueso roto, detalles comprensibles que habrán ocupado todo el espacio de su mente sin dejar un miserable hueco para informar a su hermana de que su mejor amigo venía a la ciudad.
Y encima, a juzgar por ese bulto colosal que el cachorro sigue decorando con entusiasmo, el plan consiste en quedarse una larga temporada.
Lo que no logro procesar es qué narices hace aquí y no en su hábitat natural: hoteles de cinco estrellas que derrochan opulencia y huelen a Chanel Nº5 por los conductos del aire acondicionado.
Por desgracia, no puedo seguir indagando en teorías porque su voz, que parece grabada en un estudio de doblaje, interrumpe mis divagaciones.
—¿Se puede saber qué es ese bicho y por qué está vaciando la vejiga sobre mi equipaje?
Enderezo el cuerpo y escondo los puños detrás de la barra americana.
A pesar de los metros que nos separan, su imponente figura llena el recibidor con la postura de un emperador romano que mira al resto de la humanidad desde la cima del Palatino.
La pose, diseñada para hacer temblar hasta al mejor ejecutivo, en mí no produce el más mínimo efecto.
No, su postura no me altera en absoluto. Tampoco vamos a hablar ahora de lo que sí lo hace, que nos conocemos y me lías.
Aflojo los puños, rodeo la barra y avanzo hacia él esbozando la mejor de mis sonrisas, esa que le irrita y que comencé a usar a los dieciséis.
—En primer lugar, no es un bicho, se llama Ozzy. Y en segundo lugar... —Levanto la barbilla al llegar frente a él—. Solo está dándote una cálida bienvenida a la península. Mi perro es más de fluidos que de palabras.
El único movimiento en su rostro es una leve contracción en el músculo de la mandíbula.
Observa el charco amarillento expandirse por el tejido de la Samsonite hasta rozar la puntera de sus zapatos italianos de piel.
Luego eleva la mirada y, sin perder un ápice de esa compostura desquiciante, vuelve a centrarse en mí.
—Veo que no has cambiado nada, Catastrófica. —La comisura derecha se le eleva apenas un milímetro—. Y ahora tienes un esbirro.