Ni tan caótica ni tan correcta (Ni tan jóvenes ni tan sabias 3) Capítulo 3
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Capítulo 3

Cata

No tengo ni idea de cómo he acabado al volante de mi coche con la tía rubia de copiloto, con Ozzy sobre sus piernas, de camino al hospital a una velocidad que roza la ilegalidad.

Después de que por fin llegara la ambulancia y los sanitarios rescataran la pierna de Unai de las fauces de la tapa metálica y lo entablillaran, lo subieron a la unidad móvil para llevárselo al hospital, dejándome plantada en mitad de la acera rodeada de bolsas de papel rotas, juguetes de goma y pienso orgánico desparramado por el asfalto.

Por supuesto, yo no podía ir con ellos porque estaba Ozzy conmigo y resulta que las ambulancias no aceptan cachorros, por mucho que pongan cara de no haber roto un plato en su vida.

Aparte, esto no es una película de Hollywood donde te puedes colar en el vehículo de emergencias y pasarte todo el viaje agarrada de la mano del herido.

En la vida real, si no tienes un pase o vas en la camilla, te quedas en la acera.

Así que me ha tocado recoger todo el desastre que ha quedado esparcido.

Menos mal que la bruja holística me ha ayudado a recoger el arsenal y llevar todo hasta el coche. El resultado es que estoy quemando el embrague en dirección al hospital con una desconocida que huele a lavanda y hierbas sentada en el asiento del copiloto.

—¿Cómo te llamas, alma de luz? —pregunta ella, con esa voz de seda que te hace sentir que la que está loca eres tú—. ¿Y cómo se llama este pequeño ser que tengo en mi regazo?

—Cata. —El coche se queja porque meto mal tercera—. Y él es Ozzy.

El perro tiembla de placer cuando ella le acaricia las orejas.

—Perdona... ¿Me repites tu nombre? —Entre el crac de la pierna de mi hermano y el festival de pienso en la acera, se me ha borrado el nombre de la persona que me está ayudando ahora por puro altruismo—. Con el estrés de ver a Unai en el suelo, se me ha ido.

—Delilah. —La sonrisa que se le dibuja en el rostro la rejuvenece—. No te preocupes, Cata. El tiempo es circular y los nombres son solo etiquetas. Respira, tu hermano ya está bajo la protección de los sanadores.

Salgo del coche de un salto después de aparcar en el primer hueco libre que encuentro frente a la entrada de Urgencias.

Delilah baja con la misma fluidez con la que se mueve un sauce al viento y me sigue, con Ozzy en brazos.

Cuando la calefacción del hospital me pega el primer bofetón en la cara, la neurona que me queda viva da la voz de alarma porque, mierda, no puedo entrar con el perro.

Miro al cachorro, luego a las puertas de cristal y por último a Delilah.

No la conozco de nada y, seamos sinceras: estoy convencidísima de que en su casa tiene una colección de cristales para hablar con los ángeles y que su prenda estrella es una camisa de fuerza.

Aun así, hay algo en sus ojos que me dice que no le haría daño ni a una mosca.

Mucho menos a un animal. Sé lo que estás pensando, que dejarle a Ozzy a una desconocida que parece salida de un festival místico es el primer paso para que mi perro acabe convertido en un sacrificio para la Pachamama, pero mírame a la cara: ¿acaso tengo otra opción?

Pues eso. Confianza ciega o caos absoluto, llámalo como más te guste.

—Oye, Delilah, ¿me haces un favorazo? —Señalo el interior del hospital—. No me van a dejar pasar con Ozzy y necesito saber si a mi hermano lo van a convertir en medio ciborg con una pierna biónica. ¿Te importaría esperarme aquí fuera con él?

—Sin problema, flor —dice, ya de camino a un banco de piedra—. Estaremos aquí, nutriéndonos del sol.

—Vale, genial. Vuelvo en nada. —Salgo disparada hacia la recepción.

El olor a desinfectante me perfora el hipotálamo en cuanto me planto frente al mostrador.

—Estoy buscando a mi hermano, Unai Uriarte Ruiz, acaba de entrar en ambulancia —suelto sin respirar.

La mujer teclea con lentitud hasta que por fin me mira por encima de las gafas.

—Está en triaje, box cuatro. Puede pasar a verlo un momento.

Cruzo el pasillo casi derrapando y lo encuentro allí, en una camilla que parece minúscula para sus piernas de metro ochenta, con el tobillo entablillado y una vía puesta en el brazo. Tiene los ojos un poco vidriosos y ha recuperado el color.

—Joder, Unai, ¿estás bien? —Me acerco a la camilla.

—Es probable que me haya quebrado algo. —Que arrastre las palabras delata que los calmantes han hecho su magia—. Me van a llevar ahora a hacer unas radiografías para ver el destrozo. Ya veremos qué tan malo es.

—Todo irá bien. Voy a llamar a ama y aita para contarles la película, y veré si alguna de las chicas puede venir a recoger a Ozzy, así me puedo quedar aquí contigo. Soluciono eso fuera y vuelvo volando, ¿vale?

Esboza una sonrisa ladeada, medio grogui por la química que le corre por las venas.

—No te preocupes, no voy a salir corriendo.

Le doy un golpe seco con la palma en el hombro y él suelta un quejido exagerado.

—¡Eh! Que estoy convaleciente, Catalina, no seas así de bruta —protesta.

Apoyo las palmas en el borde metálico de la camilla, le planto un beso sonoro en la mejilla, de esos que odia porque le pringo de maquillaje, y salgo de allí con el móvil ya en la mano, directa a la puerta de urgencias.

Al cruzar las puertas automáticas, la encuentro sentada en el banco, con los ojos cerrados y la cara apuntando a los rayos del sol de diciembre. Ozzy duerme sobre ella, ajeno a que su dueña tiene los nervios bailando la conga.

Antes de romperles el trance místico, saco el móvil. Necesito hacer la llamada que más pereza me da en este mundo. Marco el número de mi padre porque, si llamo a mi madre, es capaz de montar tal drama que una ambulancia tendrá que recogerla a ella también.

—¿Qué tal está mi pequeña? —La voz de mi padre consigue que los hombros me bajen tres centímetros.

De fondo escucho a mi madre preguntando si soy yo para, acto seguido, soltar algo sobre que Charo le ha jurado que su hija está soltera y que sería la pareja ideal para Unai o para mí.

Tengo que conseguir que deje de ver Los Bridgerton porque, si no, cualquier día de estos nos organiza un matrimonio concertado por decreto ley.

— Aita , escucha... —Cojo aire y trato de sonar lo más serena posible—. Unai está en Urgencias. Se ha caído en una alcantarilla y parece que se ha roto el tobillo.

Dos segundos después del murmullo de mi padre, el auricular escupe una ráfaga de chillidos tan agudos que me toca alejar el teléfono del oído un palmo si no quiero perder la audición del tímpano derecho.

Apuesto mi colección de VHS de los noventa a que Ama está hiperventilando al otro lado de la línea.

—En un cuarto de hora estamos allí —dice mi padre antes de colgar.

Con una sensación de derrota, entro al grupo de «Ni tan jóvenes ni tan sabias» pidiendo auxilio desesperado para que alguien se quede con Ozzy. Mientras tecleo a toda velocidad, hago una nota mental para retocarme el esmalte verde flúor, que está descascarado.

Con el tema logístico resuelto, una vez que Blanca se ofrece para venir a recogerlo, guardo el teléfono en el bolsillo y me acerco a Delilah. Me siento a su lado en el banco de piedra. El frío del cemento contrasta con el sol que resplandece. Ella esboza esa sonrisita sin abrir los ojos.

—El universo no comete errores —murmura sin moverse—. A veces tiene que ponernos una zancadilla para que nos detengamos un momento a reflexionar. O para que conozcamos a alguien que tiene que estar en nuestro mapa.

Si esto fuera una película, ahora mismo sonaría música de piano superprofunda y yo tendría una revelación mística.

Y aquí estoy, sentada en un banco del hospital, con mi perro recién adoptado roncando sobre una desconocida que probablemente hable con los muertos.

Sí, ya sé lo que me vas a decir. A estas alturas deberías saber que mi realidad siempre supera la ficción de la forma más absurda posible.

Te voy a ser sincera: estoy un poco cansada de que me pase siempre lo mismo.

Adoro mi vida, me gusto y no cambiaría ni un solo pelo, pero a veces estaría bien que la vida no fuera un caos constante.

Que el guionista de mi existencia se tomara unas vacaciones y me dejara un capítulo donde voy a comprar el pan y vuelvo a casa sin terminar en Urgencias con una chamana de bolsillo.

—¿Tú crees que el mapa de mi hermano incluía acabar con la pierna como un acordeón? —le pregunto, aunque ya intuyo su respuesta.

—El dolor es una transición hacia algo nuevo.

—Abre un ojo igual de celeste que el cielo—.

Los hilos invisibles del universo ya han empezado a trenzarse.

Siento una vibración distinta en el aire, una frecuencia nueva, que me dice que este accidente es el primer dominó de una fila muy larga que acaba de empezar a caer.

Me recuesto en el banco, cierro los ojos y elevo el mentón para dejar que el sol me acaricie la piel.

Un escalofrío me recorre la nuca a pesar del calor.

Las palabras se me quedan dando vueltas en la cabeza y un cosquilleo extraño me pincha el estómago.

Conociendo al universo y su retorcido sentido del humor, la onda de choque viene directa a por mí.