Capítulo 2
Cata
La puerta de la protectora se cierra tras nosotros con un chirrido metálico mientras Ozzy — ya ves, soy la puta ama poniendo nombres— sigue obsesionado con las tachas de la cazadora.
Unai camina a mi lado, sepultado por el transportín, un cojín con estampado de calaveras, una bolsa de comida orgánica y otras dos de papel reciclado repletas de un arsenal de juguetes que he juzgado vitales para el nuevo integrante de la familia.
¡Vamos! A ti también te entra la risa al verlo.
Mi hermano —pantalón de vestir impecable, reloj de marca en la muñeca y postura de no haber roto un plato en su vida— intentando mantener el equilibrio tras una torre de bolsas de papel con calaveras y un saco de pienso orgánico es mi nuevo fondo de pantalla mental.
Si tuviera una mano libre, sacaría el móvil para inmortalizar su humillación, pero sospecho que soltar a Ozzy en plena calle cuenta como terrorismo biológico.
—Sabes que en cuanto ama se entere pondrá el grito en el cielo, ¿no?
—La voz de Unai llega un poco ahogada detrás de la torre de bolsas—.
El domingo en la comida va a ser un campo de minas.
Ya la oigo: «¿Un perro, Catalina? ¿Para eso querías independencia?
Un nieto no me muerde las cortinas y, con suerte, tampoco me pega la rabia».
Suelto una carcajada que Ozzy aprovecha para lamerme el cuello.
— Ama vive en un estado de decepción permanente desde que decidí que el negro era mi color base, así que esto solo es un martes.
—Esquivamos a un grupo de adolescentes que pasan a toda leche con monopatines—.
Además, cuento con que esté demasiado ocupada despotricando sobre el nuevo hobby de aita como para fijarse en si tengo un perro.
Unai exhala un suspiro que refleja la cantidad de horas al teléfono escuchando términos náuticos del siglo XVI.
—No me lo recuerdes. Ahora está obsesionado con el tallado de las cureñas de los cañones.
El otro día me tuvo cuarenta minutos explicando la diferencia entre un mástil de mesana y uno de trinquete.
Está tan metido en su mundo de madera y pegamento que creo que, si entrara un ladrón, papá solo le pediría que no hiciera corriente porque se le vuelan las piezas.
Al detenernos en el paso de cebra, me giro hacia mi hermano, que lucha por no dejar caer nada.
—Porfa, no se lo sueltes todavía. Si se entera de que he adoptado algo que depende de mí para no morir de inanición, va a volver a darme la turra con lo de sentar cabeza y buscarme pareja.
El otro día casi me obliga a tener una cita con la hija de la Charo; según ella, «una chica muy maja que siempre va muy mona».
El semáforo se pone en verde con ese ruidito de pajarillo electrónico que me pone de los nervios y que Ozzy parece haber heredado, porque empieza a ladrar.
—¿La hija de la Charo? —Cruzamos a paso ligero—. No sabía que estabas abriendo horizontes. ¿Es una fase de experimentación o es que el desfile de idiotas de tus últimas citas te ha mandado al otro bando?
Le lanzo una mirada de reojo.
—Ojalá. Te juro que por falta de ganas no es, que estoy segura de que encontraría a alguien genial en cero coma. Pero no tengo cura: me gustan demasiado las pollas como para cambiar de acera. Es una maldición, lo sé.
Unai frena en mitad del paso.
—Coño.
—No, si justo eso te estoy diciendo —le suelto con una sonrisa de absoluta inocencia—: que el coño no me va. Lo que me va son las pollas. Céntrate, Unai.
—Voy a tener que lavarme el cerebro con lejía. Es una información que ningún hermano mayor necesita saber. —Acelera el paso cuando un coche nos pita—. De verdad, enana, a veces te falta un filtro de seguridad entre el cerebro y la lengua.
No me mires así. Tú también habrías soltado algo parecido, que la cara de asco de Unai es lo mejor del día después de haber adoptado a Ozzy.
—No puedo esperar a ver la cara de ama cuando conozca a este bich… —Mi hermano no termina la frase.
Todo sucede en ese milisegundo donde el universo decide que ya te has reído bastante y toca equilibrar la balanza.
Ozzy me mete un viaje en la oreja que me hace ver las estrellas y mi agarre se afloja, momento que aprovecha para marcarse un salto digno del Circo del Sol.
En mi intento desesperado por cazarlo al vuelo para que no termine bajo las ruedas de un autobús, le meto un codazo involuntario a la rubia que pega un cartel en un poste y parece haber sido escupida por una comuna hippie .
Tras soltar un gritito de sorpresa, da un salto hacia atrás con la destreza de una gacela borracha e impacta de lleno contra mi hermano, que ya iba en equilibrio precario con el transportín y los diez kilos de productos que he juzgado vitales para la supervivencia del perro.
—¡¡ME CAGO EN TODO!! —El alarido de Unai desgarra el aire al caer en la trampa de ingeniería civil: una tapa metálica de registro eléctrico que está más suelta que la moral de mi ex.
Se desploma sobre el asfalto, soltando el arsenal de juguetes y el saco de pienso, que revienta esparciendo bolitas de pollo y arroz por toda la acera.
—¡Unai!
Me arrodillo a su lado con el corazón en la garganta mientras Ozzy tira de la correa. Tiene la cara blanca y el sudor empieza a perlarle la frente.
No es el momento de decirle que he oído el crac desde aquí, ¿no?
La mujer de las trenzas se inclina sobre nosotros con los ojos azules tan abiertos que parecen dos platos de porcelana.
—Oh, qué intercambio de energía tan intenso —susurra, ignorando que mi hermano se tambalea al borde del desmayo—. Tu aura acaba de volverse de un gris tormenta precioso, pero tu amigo ha bloqueado su flujo vital de forma muy brusca.
Miro a la rubia, luego a mi hermano, que está empezando a hiperventilar, y finalmente a Ozzy, que ha decidido que la lluvia de pienso orgánico es el mejor regalo que le ha hecho la vida.
—Escúchame, Pocahontas —le digo con el nivel de agresividad que solo te da ver a tu hermano encastrado en la acera—, su flujo vital se llama tibia y peroné, y creo que acabas de convertirlos en un puzle de mil piezas.
En un parpadeo, la expresión de la chica cambia de la calma a la compasión.
—Oh, lo siento muchísimo —habla tan suave que casi no logro escucharla—. No era mi intención.
—¡¡AMBULANCIA!! ¡¡NECESITO UNA PUTA AMBULANCIA!! —brama Unai.
Saco el móvil con los dedos temblorosos y marco el 112.
Apenas logro mantener a raya la histeria.
Unai yace de espaldas en el asfalto con la mandíbula tan apretada que el músculo del cuello se le marca.
La piel compite con el gris de la acera y la posición antinatural de su pierna me revuelve el estómago.
—Emergencias, ¿dígame? —responde una voz de mujer, tan profesional y calmada que por un momento me dan ganas de pedirle que sea mi terapeuta.
—Sí, hola, necesito una ambulancia en la calle...
¡No sé qué calle es! La de la protectora Huellas Libres.
Estamos frente a… —Escaneo el lugar en busca de algo que pueda usar de referencia y mis ojos aterrizan en un escaparate lleno de botes de cristal y plantas secas—.
¡La herboristería La Caléndula! Mi hermano tiene la pierna metida en un agujero de la acera y...
—¿Presenta deformidad evidente o hay hemorragia?
—Ha habido un crac . Dense prisa, por favor.
—Mantenga la calma. Ya hemos dado el aviso. ¿El paciente está consciente?
—Si por consciente entiendes que está insultando a todo el ayuntamiento y sudando como si estuviera en una sauna, sí, lo está.
—Bien. Escúcheme: no toquen la pierna y, sobre todo, no se muevan de ahí hasta que lleguen los sanitarios.
—¿Movernos? —Me río por no llorar—. Pues menos mal que me lo dices, porque estaba pensando en que era el momento ideal para que nos pusiéramos a hacer un poco de parkour .
Después de contestar un par de preguntas más, que la mujer hace con un tono de lo más cortante —se ve que mi sugerencia sobre el parkour no va a ganar el premio a la mejor interacción ciudadana del año—, cuelgo y me encuentro con una escena que bien podría protagonizar un episodio de Cuarto Milenio .
Mi hermano gime en el suelo con la pierna en un ángulo que desafía cualquier ley de la anatomía.
Mi perro intenta lamerle la cara con un entusiasmo suicida y, a nuestro lado, la mujer aparta los juguetes y el resto de los bártulos hacia un borde de la acera con tanta calma que dejaría al perezoso de Zootopia como un adicto a la cafeína.
Cuando termina de despejar el terreno, coge en brazos a Ozzy y le susurra algo al oído en un idioma que supongo es escandinavo por el burbujeo de las aes. El traidor, para mi absoluta humillación, entorna los ojos con la lengua fuera, a punto de entrar en un coma profundo de puro placer.
La mujer, cual ser etéreo de la mitología nórdica, se deja caer de rodillas sobre el suelo sin importarle la falda de lino y, con el perro en su regazo, posa una mano sobre el hombro tenso de Unai, que se estremece.
—Me llamo Delilah. Respira conmigo. Imagina que el dolor es solo una luz roja que parpadea y que, poco a poco, se vuelve azul.
Unai, que tiene la cara del color de un queso de Burgos y el cuello lleno de venas que parecen a punto de estallar, la mira como si acabara de ver a un marciano bajar de un platillo volante para pedirle fuego.
—¿Azul? —gime él entre dientes—. ¡¿Azul?! ¡Lo que veo es negro! ¡Negro como la tapa de alcantarilla que me ha jodido la vida!
—El negro es solo el lienzo donde el universo escribe sus lecciones más potentes —suelta ella con una sonrisa tan plácida que dan ganas de pedirle el número de su camello—.
Nada ocurre por accidente; si el universo ha puesto este obstáculo en tu camino, es porque necesitabas detenerte y conectar con la tierra de esta forma tan literal.
Abraza el momento y busca el aprendizaje que se esconde tras el dolor.
Por suerte, la sirena de la ambulancia se acerca.
—¡Ya están aquí! —grito.
Unai cierra los ojos, aprieta los puños contra el suelo y suelta un gruñido.
—Cata —me llama con la voz quebrada. Me inclino sobre él hasta que mi cara casi roza la suya y me susurra—: Por lo que más quieras...
dile a la tía esta que se vaya a colorear un par de mandalas, porque como me vuelva a decir que esto es una lección del universo, te juro que el que se va a detener para siempre es mi corazón.