Ni tan caótica ni tan correcta (Ni tan jóvenes ni tan sabias 3) Capítulo 1
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Ni tan caótica ni tan correcta (Ni tan jóvenes ni tan sabias 3)

Ni tan caótica ni tan correcta (Ni tan jóvenes ni tan sabias 3)

Por Eleo Gaydou

© inepub.com

Capítulo 1

Cata

De pequeña estaba convencida de que mi vida era una película.

Y no una de esas joyas de culto que guardo en VHS, sino una de esas comedias de serie B donde la protagonista tiene el pelo demasiado corto para ser la popular y el delineado siempre un poco más asimétrico de lo que dicta el canon de belleza.

Luego vi El show de Truman y mi salud mental hizo un moonwalk hacia el abismo.

Perdona, qué maleducada soy. Ni siquiera te he dicho hola y ya te estoy soltando mis traumas.

Así que eso: hola. Sí, a ti, que has decidido asomarte a este accidente de tráfico emocional.

No pongas esa cara de condescendencia, que estoy segura de que tu vida tampoco es un anuncio de compresas y te va el morbo de las causas perdidas.

Ahora que ya te he saludado, puedes acomodarte y coger un bote de palomitas de las grandes, porque el guion viene con más curvas que yo.

Volviendo al tema, durante meses viví convencida de que había cámaras escondidas entre mis cómics y que un realizador sádico emitía en prime time mis meteduras de pata, que no son pocas, porque Mercurio siempre parece estar retrógrado en mi carta natal.

No es que lo contara en voz alta, claro.

Una cosa es ser una niña creativa con tatuajes temporales y otra muy distinta que te miren con esa cara de «igual hay que llevarla a terapia antes de que empiece a hablar con amigos imaginarios».

Así que seguí con mi vida, pero con la sensación persistente de interpretar siempre un papel que no elegí, improvisando diálogos con un toque de sarcasmo defensivo y entrando en escenas sin saber si el género de mi historia era punk o una balada triste de los 80.

A veces comedia. A veces, drama. Casi nunca romance (porque mi vida amorosa tiene el ritmo de un videojuego de la Game Boy que se queda sin pilas en el nivel final).

Con los años entendí que no había cámaras, ni realizador, ni un guion cerrado que justificara por qué siempre termino metida en alguna escena sacada de una parodia absurda.

Solo estoy yo: una tía de un metro sesenta y tres, con un cuerpo voluptuoso que siempre está en conflicto con los asientos estrechos, un par de tatuajes con significado místico y un doctorado cum laude en autosabotaje sentimental.

—Cata, deja de mirar al infinito con cara de narrar un tráiler y mueve el culo. —La voz de Unai me devuelve a la realidad.

Mi hermano, el tipo que tiene la irritante manía de ser la voz de la razón cuando yo prefiero vivir en mi musical interno, me da un empujoncito para avanzar en la cola.

—Enana, avanza, que la señora que necesita un All-Bran nos empieza a mirar raro.

Doy un paso a la vez que me ajusto la correa de mi bolso vintage (que pesa diez kilos porque, por alguna razón, siempre necesito llevar encima un kit de supervivencia que incluye tres labiales rojos y un discman plateado que sobrevive a base de celo y esperanza, junto con una carpeta de CD donde conviven The Clash y bandas de rock coreano).

La voluntaria, con cara de haberse pasado con el té de valeriana, me extiende el formulario y alterna la mirada entre mi hermano y yo con un desconcierto que conozco demasiado bien. No la culpo. Para ser justos con la mujer, nadie cree que compartamos ADN.

Unai me saca casi veinte centímetros, es todo hombros, calma y esa aura de analista financiero que tiene su existencia muy bien cuadrada, sin una sola casilla en rojo.

Es el tipo de persona que sabe dónde invertir su tiempo y su energía para que los intereses siempre jueguen a su favor.

Yo, en cambio (y esto, querida persona que me lee, ya habrás podido intuirlo por mi nivel de drama) , soy un activo de alto riesgo.

Una inversión emocionalmente volátil que ha decidido que el punk, las prendas con tachas y el delineado negro son una solución válida para cuadrar el balance de mis crisis.

—Tenéis que rellenar el perfil de convivencia —dice con voz monocorde—. Esto no es un supermercado canino; aquí el perro escanea vuestra energía y decide si sois dignos de él.

Hago un inciso por lo de «escanea vuestra energía».

Verás, te traduzco el concepto: en Huellas Libres la dinámica de adopción no es que tú elijas al perro.

No, señor. Aquí el perro es quien elige.

Es una especie de First Dates, solo que con más babas y menos posibilidades de que te mientan sobre sus intenciones o su altura en el perfil.

El animal detecta si eres o no compatible.

Supongo que con el olfato descubre si eres una persona estable con la que se puede ir a correr por el parque o si, por el contrario, eres yo y lo que se encontrará son residuos de crisis existenciales, rastros de dependencia emocional y un poco de ese «no sé qué narices hacer con mi vida adulta» que emito en FM las veinticuatro horas.

Si ese animal tiene un radar para las vibras, va a detectar mis traumas más rápido que si fuera contrabando de explosivos oculto bajo mi cazadora de cuero.

Y créeme, mi «maleta» emocional ahora mismo pesa tanto que pagaría el exceso de equipaje incluso si viajara en primera clase con tratamiento VIP.

—Gracias. —Unai coge el formulario y me lo pone delante—. Venga, Catastrófica . Rellena e intenta que la letra sea legible, por favor.

Le arrebato el bolígrafo con una dignidad que se ve mermada porque se me ha enganchado la pulsera de tachuelas en el forro del bolso.

—Primero: no me llames así; me da flashbacks del Vietnam del instituto y me entran ganas de pedir una orden de alejamiento —gruño, aunque sé que él lo dice con cariño—. Y segundo, que yo sepa, los perros no son grafólogos. No me van a juzgar por mi caligrafía, sino por…

Al bajar la vista al papel, siento que el formulario me juzga.

¿Nombre? Vale. ¿Edad? Treinta y ocho, aunque mi madurez emocional se quedó estancada en los noventa.

¿Tipo de vivienda? Piso compartido con una cantidad ilimitada de inseguridades que pagan el alquiler con puntualidad cada mes.

Unai suspira y me quita el boli con delicadeza.

—Pon que tienes mucho amor acumulado que no sabes dónde meter.

Me quedo callada un segundo. Ese es el problema con mi hermano: me conoce demasiado bien. Sabe que detrás de mi cazadora de cuero y mis chistes de parodia barata, hay mucho más.

—Vale —susurro, mirando cómo su letra de economista limpia y perfecta empieza a llenar los huecos por mí—. Pero si el perro me rechaza por tu caligrafía estirada, te juro que me mudo a tu casa y te obligo a ver maratones de Pretty in Pink hasta que me pidas perdón.

Unai se ríe, esa risa que le sale del pecho, y me pasa el brazo por los hombros.

—Trato hecho. Ahora vamos dentro de la sala esa donde el casting va a empezar.

Al entrar, el olor a desinfectante cítrico es igual de intenso que la esperanza por una segunda oportunidad.

Es un espacio diáfano, blanco y con una luz que parece de quirófano.

Lo que llama la atención es la disposición de las sillas: conjuntos de dos o tres asientos esparcidos por el lugar sin ningún orden aparente.

Nos acomodamos en una esquina porque el instinto de supervivencia me dice que los márgenes son siempre más seguros si el destino decide joderte.

Una voluntaria con el mismo nivel de energía que un monitor de yoga un lunes por la mañana empieza a recoger los papeles, mientras otra, situada en el centro de la sala, nos hace una señal para que guardemos silencio.

—Bienvenidos al gran evento —anuncia con una sonrisa que rebosa autoridad—.

Por favor, es importante que sigáis las siguientes reglas: manteneos sentados en todo momento.

Los perros van a pasearse y es probable que os olisqueen o que os den lametones.

No los forcéis. Dejad que ellos marquen el ritmo y hagan el trabajo sucio.

Son ellos los que elegirán a su nueva familia. Dicho esto, que comience la sesión.

La puerta lateral se abre y la sala se convierte en el vestíbulo de una estación de tren en hora punta, solo que con cuatro patas.

Aparece un perro que parece un elefante bebé, un cruce de gran danés con algo prehistórico, que se acerca a nuestras sillas, nos suelta un bufido húmedo que casi me despeina el flequillo y, tras decidir que no somos lo suficientemente interesantes, sigue su camino hacia un señor que huele a beicon.

Un cachorrito de color canela, que es una nube con patas, cruza la sala disparado hacia una familia con dos niños.

El encuentro es tan instantáneo y cinematográfico que casi puedo oír los violines: los tres terminan revolcándose por el suelo en una bola de risas y pelo, y la voluntaria se acerca para invitarlos a formalizar la adopción.

—¡Es el destino! —murmuro, con un nudo en la garganta—. Unai, mira eso, es como el final de una peli de Disney.

—No te emociones, Cata. Tú siempre quieres el final feliz antes de los créditos iniciales. Mantén la calma.

Un tirón seco en el bajo de mi pantalón me hace apartar la mirada de la preciosa escena.

Una criatura diminuta, de pelo largo y negro tan despeinado que parece que ha metido las patas en un enchufe, mordisquea la tela.

Los ojos saltones ocupan el ochenta por ciento de su cara y el hocico es tan chato que los dientes de abajo se le ven por fuera junto con un trozo de encía rosa.

—Cata —susurra Unai con una mueca de asco—, no lo mires. Si haces como si no existiera, seguro que el gremlin sigue camino.

El bicho, sin intención de irse, empieza a lamer con un entusiasmo sospechoso la puntera de mi bota derecha, dejando un rastro de babas sobre el cuero negro. Unai, con una sutileza nula, le lanza un «fu, fu, fu» entre dientes, intentando espantarlo sin que las voluntarias lo vean.

—No seas insensible. —Le doy un golpe con la mano en la pierna para que deje en paz al pobre perrito—. ¡Si es una monada!

Me inclino y lo cojo en brazos. El perro, en lugar de lamerme la cara como en las películas, decide que lo más divertido es clavarle los dientes a mi pulsera de tachuelas. Oigo el chasquido del metal contra sus dientes de sierra y sus ojos me retan a que le diga que pare si tengo cojones.

—¿Monada? —Unai se echa hacia atrás—. Cata, si te refieres a esos bichos feos con ojos saltones que parecen tener la rabia y un plan para dominar el mundo, entonces sí, es una monada.

A ver, entre tú y yo, tengo que reconocer que el bicho es feo de cojones; en estos pocos segundos ha demostrado que tiene el potencial de ser un grano en el culo y que su respeto por la autoridad es nulo.

Sin embargo, esa vibra de «nadie me quiere y me importa un bledo» me hace imposible soltarlo.

Ahora, por lo que más quieras, de todo esto a Unai ni una palabra, porque si se entera de que soy consciente del error que voy a cometer, no me dejará, y todo el mundo sabe que la vida sin cagadas grandiosas es solo una espera monótona hasta la muerte.

Una de las voluntarias se acerca a nosotros con una carpeta en la mano y una sonrisa que me indica que ya no hay marcha atrás. Mi hermano hiperventila con más intensidad que un asmático en un concurso de inflar globos.

—Parece que os ha elegido. Es especial; tiene mucha personalidad.

—Personalidad es una forma muy generosa de llamar a eso. —Unai mira al perro como si fuera a atravesarme la caja torácica—. Cata, ¿estás segura? No hay que apresurar las cosas.

—Es el mejor match que he tenido en años. —Lo estrujo contra mi cazadora, que él empieza a morder para no perder la costumbre—. Es un psicópata y tiene los dientes de un tiburón puesto de anfetas, no te lo niego, pero ¿quién coño es perfecto en esta familia?

Cuando la voluntaria nos hace un gesto para que la sigamos, me levanto con mi nuevo compañero en brazos, que ahora ha decidido que mi pelo corto es un nido de cuervos al que debe atacar con saña.

Los dos kilos de furia y rebeldía mal gestionada que llevo en brazos intentan suicidarse saltando al vacío cada tres pasos.

Mi hermano me sigue con las manos en los bolsillos y cara de escoltarme a mi ejecución.

Este es el momento de la película donde la protagonista siente que por fin ha tomado las riendas de su vida.

Sin embargo, mientras noto cómo un diente de leche se me clava en el lóbulo de la oreja, solo puedo pensar en lo irónica que es esta mierda.

Llevo años buscando a mi media naranja en bares abarrotados y aplicaciones con algoritmos diseñados por Satán, y resulta que quizás mi «pareja ideal» estaba en una jaula, tiene pelo de estropajo quemado y debe desparasitarse.

Aunque desprende menos toxicidad y confío más en sus intenciones que en las de cualquiera de los tipos con los que he desperdiciado mi tiempo.

Así que tú verás. Puedes cerrar esto ahora y ahorrarte el espectáculo, o puedes quedarte a ver cómo nos estrellamos, algo que todos sabemos que pasará. Yo que tú, me quedaría; las hostias siempre son más divertidas cuando no te las llevas tú.