Muros de carga Capítulo 19 — Irene
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Capítulo 19 — Irene

Salió del Ayuntamiento sin saber adónde iba, con las rodillas flojas de una manera vergonzosa y un ruido de abejas dentro de la cabeza.

Había ganado. Lo habían ganado. El Coliseo seguía en pie, con doce meses de vida por delante y un pueblo entero gritando su nombre en la escalinata.

Irene sorteó abrazos, palmadas, besos de la señora Consuelo, un pellizco de Marta en la mejilla, dos lágrimas de Nico.

Todo aquello le llegaba amortiguado, como si estuviera bajo el agua.

Solo quería una cosa. Y le daba tanto miedo que, cuando por fin se quedó sola, echó a andar hacia el puerto sin decidirlo.

Eran las seis de la tarde. El cielo tenía un color amarillo pálido, de pergamino, y el mar estaba raso.

En el último muelle, frente a las barcas de colores desconchados, un hombre alto con una maleta gris esperaba sentado en una bita, con las gafas en la mano y la mirada fija en el horizonte.

Una gaviota caminaba a su lado, con las manos a la espalda, como un inspector.

Irene se detuvo a diez metros. Respiró hondo.

—El autobús a Santander sale a las siete y diez —dijo.

Adrián se giró. Se levantó despacio, con tanta cautela como si ella fuera un animal que se asustara.

—Lo sé.

—Ibas a irte sin decirme nada.

—Ibas a decir tú lo que hubiera que decir. Yo ya había hablado todo lo que me tocaba.

—Qué modesto.

—He aprendido a callarme a tiempo.

—Es exactamente lo contrario de lo que necesitabas aprender —dijo Irene, y se le escapó una risa corta, temblorosa.

Él tampoco sonrió. Pero algo se le aflojó en los hombros.

Ella se acercó dos pasos. Se sentía torpe, desnuda, con un mono de trabajo y el pelo despeinado por la carrera. Con toda la preparación del mundo, con quince ensayos de una frase, no tenía nada que decir.

—Yo también me callé —dijo por fin—. Me callé ocho años.

Con lo de la ermita. Me repetí una versión que me convenía: que tú eras un calculador sin alma.

Porque era más fácil odiarte que admitir que tenías razón.

Y esta semana, cuando me enteré de lo de Ávalos, lo hice de nuevo.

Te expulsé antes de que pudieras marcharte tú.

—Tenías motivos.

—Los tenía. Y también tenía miedo. —Se secó la cara con el dorso de la mano—. A mí me dejaron una vez, con siete años, plantada en una puerta con una mochila. Y desde entonces me largo yo primero. Es un sistema muy eficaz. No falla nunca. Y me deja siempre sola.

—Yo me callo antes de que me lo quiten —dijo Adrián, con la voz ronca—. Todo. La verdad, lo que siento. Llevo diecisiete años convencido de que el que habla se equivoca y otro paga por ello. Mi padre me lo contó esta semana. Lo del balcón. —Tragó saliva—. Tampoco era un cálculo. Era un silencio.

—Lo siento.

—Yo también. —Dio un paso—. Debería haberte dicho lo de Ávalos el primer día. Y el cargo. Y lo de la solución. Y más que eso: debería haberte dicho que llevaba cuatro semanas enamorado de ti, y que eso era lo que me asustaba de verdad.

Irene se quedó quieta. El mar hacía un ruido pequeño contra el muelle.

—Repítelo.

—Debería haberte dicho...

—La última parte.

—Que estoy enamorado de ti. —La voz le salió más clara de lo que esperaba, con una sencillez que le pareció ridícula—. Es la primera vez que lo digo en voz alta. Me ha salido regular.

—Te ha salido perfecto.

Él bajó la vista. Ella dio los últimos dos pasos, hasta que los zapatos de los dos casi se tocaron, y buscó en el bolsillo del mono. Sacó un trozo de cartón azul, muy gastado, casi blando de tanto doblarlo.

Le dio la vuelta. Debajo de la letra de él, con un lápiz de carpintero, había escrito algo nuevo.

Tregua terminada. Se abre sesión continua.

Adrián lo leyó una vez. Levantó los ojos.

—¿Cuánto dura una sesión continua?

—Indefinidamente. Es su gracia.

—¿Y el precio de la entrada?

—Alguien que arregle el motor de un proyector de vez en cuando. Y que no se calle.

—Puedo hacerlo.

—Vas a tener que hacerlo. —Sonrió, con los ojos llenos—. Tengo un cuarto encima de la taquilla, con unas vistas malísimas y un colchón blando. He oído decir que un ingeniero ha dejado su empresa y busca sitio para montar un estudio de rehabilitación.

—¿Dónde has oído eso?

—Me lo ha contado una gaviota.

Adrián soltó la maleta, que cayó de costado sobre el adoquín sin que a nadie le importara.

Le puso las manos en la cara, con un cuidado infinito, como quien sostiene una pieza única que alguien podría llevarse.

Y Irene, que llevaba ocho años esperando un fallo en aquellos cálculos y jamás lo había encontrado, se puso de puntillas y lo besó, entre el olor a sal y el rumor de las barcas, mientras el autobús de las siete y diez arrancaba en la lejanía sin ellos.