Capítulo 18 — Adrián
El salón de plenos del Ayuntamiento de Puerto Vallín tenía capacidad para sesenta personas y aquel viernes contenía a ciento diez, apretadas en los bancos, de pie en los laterales, asomadas al balcón interior y sentadas en el suelo del pasillo con la resignación de quien ha visto cosas peores.
Adrián entró a las doce menos cinco con el informe bajo el brazo y el mismo traje gris que había llevado el primer día, sin corbata. No sabía por qué había dejado la corbata en el hotel. Le pareció que aquella jornada se merecía a un hombre más ligero.
Ricardo Ávalos ocupaba un asiento en primera fila, junto al alcalde, con el aire de quien asiste a un funeral cuyo testamento conoce de antemano. Al verlo, arqueó una ceja. Adrián le sostuvo la mirada un segundo y buscó con los ojos en las filas del fondo.
No estaba.
Se sentó en la última fila, de pie primero, después apoyado en la pared, con una mano en el bolsillo. Pilar, sentada a su lado, con una pancarta enrollada entre las rodillas, le dio una palmada seca en la pierna sin decir nada.
—¿Qué pone la pancarta? —susurró él.
—Nada. Es por si pierden. Si ganan, es un mantel.
El alcalde abrió la sesión con una sonrisa ancha, tan de propaganda que casi resultaba tierna.
Recitó el orden del día. Dio la palabra al representante de Grupo Ávalos, que leyó, con una voz de locutor de radio, un resumen del informe preliminar: la patología, el riesgo, la lamentable necesidad de demoler. Los vecinos murmuraban. Alguien silbó.
—Con esto, señores concejales —dijo Aurelio Cifuentes—, creo que estamos en condiciones de votar...
—Pido la palabra.
Adrián se había puesto de pie. Notó que le sudaban las palmas, y que aquello, por lo menos, le parecía normal.
—El ingeniero Roca no consta en el orden del día —dijo el alcalde, con una sonrisa que empezaba a agrietarse.
—Consta en el artículo veintitrés del Reglamento —dijo desde su sitio una voz aguda y limpia, sin necesidad de micrófono.
Era Rosa, la secretaria municipal, una mujer menuda de gafas de pasta, que sostenía un tomo encuadernado en tela—.
Cualquier técnico colegiado con informe visado puede intervenir en asuntos que afecten a la seguridad de edificios.
El informe del señor Roca fue registrado ayer a las once y cuarto. Yo misma sellé la entrada.
Hubo un silencio nítido, seguido de un murmullo que subió como una marea. El alcalde apretó los labios. Miró a Ricardo. Ricardo miró el techo.
—Adelante —dijo, con las mandíbulas prietas.
Adrián recorrió el pasillo central. Nunca había sido buen orador. Tenía la voz grave y sin adornos, y una tendencia insoportable a decir las cosas en orden. Pero al llegar al estrado se dio cuenta de que eso, precisamente, era lo que hacía falta.
—Llegué a este pueblo hace cinco semanas —dijo—. Con un informe ya escrito. No lo escribí yo. Está fechado el veintinueve de septiembre, una semana antes de que yo pisara el edificio. Concluye que el Coliseo debe demolerse.
Se oyó un rumor. Ricardo se puso de pie.
—Esto es un despropósito. El señor Roca era un empleado de mi empresa y...
—Y sigue siéndolo, en lo que a este informe se refiere, hasta las seis de la tarde de ayer —dijo Adrián, sin levantar la voz—. Pero mi firma no está en el suyo. Está en este. —Levantó la carpeta azul—. Que dice otra cosa.
Habló durante veinte minutos. Sin adjetivos.
Explicó dónde estaban las grietas y por qué se habían movido, y dónde ya no lo hacían.
Enseñó en una pantalla las lecturas de cinco semanas de fisurómetros, con sus curvas planas, tranquilas, como un electrocardiograma de alguien que va a vivir.
Explicó el refuerzo de las ménsulas. La inyección de la cornisa.
El sistema reversible de acero que sostendría las cerchas antiguas sin sustituirlas.
El coste: cuatro millones doscientos mil euros. El plazo: catorce meses.
—Es una cifra alta —admitió—. Pero es el mismo dinero que costaría un hotel de veinte habitaciones.
Y este pueblo tiene un solar vacío, la vieja lonja, a doscientos metros del puerto, donde el hotel cabe con más luz y menos problemas de cimentación.
El proyecto de Ávalos puede hacerse igualmente. Solo que no aquí.
El alcalde parpadeó. En los bancos, alguien murmuró: «La lonja».
—Y una cosa más —dijo Adrián—. Cuando llegué, no sabía lo que era este edificio.
Lo miraba como se miran las estructuras: cuánto pesan y qué carga aguantan.
Y he aprendido que hay cosas que un plano no calcula.
Este cine ha sostenido tres generaciones de reír juntos.
Eso no cabe en ningún coeficiente. Pero se puede proteger con acero, si se quiere.
Se calló. Notó cómo la sala respiraba. Fue en ese momento cuando la puerta trasera se abrió y una silueta pequeña, con el pelo recogido en un lápiz y un mono manchado de ocre debajo de una chaqueta prestada, entró, y recorrió el pasillo con la carpeta de su proyecto apretada contra el pecho.
Irene.
No lo miró al pasar. Pero al llegar al estrado, dejó la carpeta junto al micrófono y habló con una voz que no tembló.
—Soy Irene Sarmiento, nieta de Anselmo. Restauradora.
Voy a presentarles el plan de recuperación del Coliseo, que es coherente con el informe que acaban de oír.
—Hizo una pausa, y añadió, más bajo—: Este informe lo ha firmado un hombre que llegó a este pueblo siendo mi enemigo.
Que después me ocultó una cosa importante.
Y que después lo dijo delante de todos, contra su propio interés.
Yo no sé qué hacer con eso todavía. Pero sé lo que hacer con el edificio.
No lo miró. No hacía falta.
Votaron a la una y veinte. Siete votos a favor de aplazar la demolición y conceder un plazo de doce meses para tramitar la solicitud al Fondo de Patrimonio.
Cuatro en contra. Dos abstenciones. Cuando el secretario leyó el resultado, la sala estalló en un grito que hizo temblar los cristales del salón.
Casimiro, sordo como una tapia, se puso en pie y aplaudió con los brazos por encima de la cabeza sin saber muy bien por qué.
Adrián buscó a Irene entre la gente.
Ya se había ido.