Muros de carga Capítulo 17 — Irene
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Capítulo 17 — Irene

El sobre llegó el jueves a las diez y diez de la mañana, por mensajero, con un sello de urgencia que había costado más que cualquier cosa que ella se hubiera comprado en el último año.

Lo abrió sobre el mostrador de la taquilla, con las manos torpes.

Dentro había una carpeta azul, gruesa, encuadernada en espiral, con una etiqueta impresa: Informe de evaluación estructural y propuesta de rehabilitación del Cine Coliseo.

Documento independiente. Visado por el Colegio Oficial de Ingenieros.

Y al pie, con un sello morado todavía fresco, una firma.

Encima de la carpeta, una hoja doblada por la mitad.

Irene:

No te pido nada. Solo que los números sean verdad. Aquí están todos, también los que no me favorecen. El anexo tres explica por qué el informe de Ávalos del 29 de septiembre es incorrecto. El pleno es mañana a las doce. Estaré en la última fila, si quieres que esté. Si no, no iré. Lo decides tú.

A.

Nada más. Ni una frase de disculpa. Ni una línea de esas que se escriben para que el otro las relea por la noche. Irene le dio la vuelta a la hoja, por si había algo detrás, y lo único que encontró fue el papel blanco.

Se dio cuenta de que le temblaba el labio, y de que estaba sonriendo, y de que ninguna de las dos cosas era cosa suya.

* * *

Pasó el día entero y media noche leyendo. No era una lectura sencilla. Había tablas, coeficientes, diagramas de esfuerzos, curvas de tensión, unas fórmulas que necesitó que Marta le tradujera, sentada junto a ella en el escenario con un café frío y los pies subidos a una caja de latas.

—Aquí —dijo Marta, señalando con el dedo—. Los fisurómetros. Cinco semanas de lecturas. Desde que puso los puntales, el movimiento de la grieta es de dos décimas de milímetro. Dos décimas. Estable. La estructura funciona con el refuerzo.

—Eso ya lo sabía. Me lo dijo el jueves de la tormenta.

—Pero aquí lo ha puesto por escrito. Con su firma, con su nombre, contra el criterio de su jefe. —Pasó la página—. Y esto...

Irene lo vio antes de que Marta terminara la frase.

Era un plano. El esquema de una cercha de madera vieja, de las de la bóveda, y bajo ella, dibujada con línea fina, una estructura de acero que la sostenía sin tocarla, como una mano bajo una taza.

Debajo, una nota de su letra: Conservar todas las piezas originales.

Refuerzo reversible. No sustituir madera salvo fallo de sección.

Tu idea y la mía. Lo había dicho en una cubierta, con los pies colgando. La ermita, resucitada en un plano.

Se tapó la boca.

—¿Qué? —dijo Marta.

—Nada. —Tragó saliva—. Es que ha dibujado las dos cosas a la vez.

Cerró el informe con cuidado, como se cierra la tapa de un piano. Se puso en pie. Caminó hasta el borde del escenario y miró la sala vacía, oscura, con los puntales metálicos alineados como costillas de una ballena y las butacas rojas al fondo.

—El Fondo pide un informe visado —dijo—. Lo tengo. Está aquí. Y lo he tenido siempre a mano. No he necesitado más que aceptar que lo firme él.

—¿Y lo aceptas?

—Es lo único que puedo hacer. El cine no se salva con orgullo.

—Ni con un hombre que se calla.

Irene se giró hacia su amiga.

—Ya no se ha callado —dijo Marta, levantando las manos—. Solo digo eso.

—Lo sé.

—Y que un tío que se hunde la carrera por un cine con goteras, y que además deja una nota sin ni un solo adjetivo... —Se rascó la nariz—. Es un poco pesado, pero yo lo miraría dos veces.

—Marta.

—Me callo.

Se quedaron un rato en silencio, con las luces de trabajo dibujando un círculo amarillo sobre el escenario.

Irene sacó del bolsillo un trozo de cartón azul, con el borde deshilachado.

Lo había recuperado del mostrador de la taquilla el lunes, sin admitir ante nadie que lo hacía.

La tinta de él, pequeña y recta, decía Aceptada. A.R. Le pasó el pulgar por encima.

—¿Sabes qué es lo más molesto? —dijo.

—¿Qué?

—Que se ha ido antes de que yo pudiera decirle «vete».

—Eso se llama tener educación.

—No. —Sonrió con tristeza—. Eso se llama dejarme sin la excusa.

Cuando Marta se marchó, a las doce de la noche, Irene subió a la cabina. Encendió el flexo. Miró las letras a lápiz en el marco de la puerta, Lo que aguanta el techo nunca sale en la foto, y se sentó en el sillón de mimbre, con la carpeta abierta sobre las rodillas.

—Vale —murmuró—. Tú ganas.

Nadie contestó, pero por el ventanuco redondo se coló un rayo de luz de la farola de la plaza, y cayó sobre el marco con una precisión tan elegante que Irene decidió, sin rubor, que era una respuesta.

Estuvo hasta las tres ensayando su intervención, en voz alta, en la sala oscura, con un puntero improvisado que era un lápiz atado a una regla. Practicó la primera frase quince veces. La última frase, ninguna. No sabía todavía cómo iba a terminar.