Muros de carga Capítulo 20 — Adrián
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Capítulo 20 — Adrián

El sábado nueve de mayo, a las siete y media de la tarde, el Coliseo abrió sus puertas.

—Por antigüedad en el cine —había dicho Irene, cuando él propuso el orden alfabético.

—Es una razón sin ninguna base técnica.

—Es una razón sentimental. Tú las respetas ahora.

—Lo intento.

El Fondo de Patrimonio había concedido la subvención en febrero, con una carta de tres párrafos que Irene guardaba enmarcada en la cocina, junto a la fotografía de su abuelo.

La obra había durado tres meses más de lo previsto y setecientos mil euros por encima del presupuesto, y aun así Adrián no había dormido tan bien en su vida.

Había un placer particular en calcular una cosa que iba a permanecer.

Ahora, desde el vestíbulo, con un traje sin corbata y un casco blanco que se había quedado en la mano por hábito, veía entrar al pueblo entero.

La señora Consuelo. Los mellizos de la panadería, de punta en blanco.

Doña Aurora con su termo. El niño de once, que ya tenía doce, con una gorra puesta del revés y una entrada que sostenía con las dos manos como un tesoro.

Pilar, con un vestido rojo a juego con el pelo, vigilando la taquilla como una capitana.

Marta, que había traído un pastel de tres pisos con forma de bobina y que lo defendía de Nico con una espátula.

Casimiro, que llevaba tres días diciendo que no oía nada, pero que había aparecido una hora antes de tiempo.

Y entre todos ellos, con un traje de domingo que le quedaba estrecho por los hombros, Ramón Roca, llevando en las manos una tortilla de patata del tamaño de una rueda.

—Papá, no se puede entrar con comida.

—Es una ofrenda.

—Eso no cambia la norma.

—Ya he hablado con la nuera.

—Papá, Irene no es... —Adrián se atragantó—. No es todavía...

—Todavía —repitió Ramón, con el gesto más orgulloso del mundo, y desapareció hacia la sala.

El alcalde, tocado por el peso de una derrota con buenos modales, había acudido con corbata nueva y una sonrisa nerviosa.

El hotel de Ávalos se había construido finalmente en la lonja, con un nombre distinto.

Adrián no había vuelto a hablar con Ricardo.

Ni con nadie de aquel despacho de la planta veintidós, salvo con un chico joven, becario, que le había enviado una postal con una sola frase: Gracias por decir que no.

A las ocho menos cinco lo buscó Nico, ahora proyeccionista oficial del Coliseo, con un chaleco nuevo y una placa en el bolsillo que decía Cabina.

—Irene te espera arriba.

Subió por la escalera de caracol, que ya no crujía.

La había reforzado él mismo, con una rabia tierna.

En la cabina, Irene estaba de pie ante el marco de la puerta, con un vestido verde botella y el pelo suelto, más largo que en octubre.

Había enmarcado allí, con un cristal fino, la inscripción a lápiz de su abuelo.

Junto a ella, con una chincheta de latón, había clavado un trozo de cartón azul.

Tregua terminada. Se abre sesión continua.

—Te he traído esto —dijo Adrián, y le tendió una entrada nueva, recién impresa, de cartón blanco.

COLISEO — Sesión de reapertura — Butaca general.

Y al reverso, con su letra pequeña y recta:

Válida para el resto de mi vida. Sin condiciones. A.

Irene leyó. Se quedó un rato callada, con los labios apretados. Después levantó la cabeza, con los ojos brillantes y una sonrisa en la que cabían ocho años de peleas.

—Roca.

—Dime.

—Esto es una propuesta.

—Es un ticket.

—Es una propuesta. Muy poco estructural. Habrá que hacer un estudio de viabilidad.

—Tengo tiempo.

—Yo también. —Se acercó, y le arregló con dos dedos las gafas torcidas—. Sí.

Él tardó un segundo en comprenderlo.

—¿Sí?

—Sí. Sin coeficientes.

Se besaron en la cabina pequeña, con el olor a aceite y a polvo caliente, ante las paredes forradas de películas, de estrenos, de noches llenas, de noches lluviosas, de noches en que solo habían venido cinco personas.

Abajo, la sala se llenaba de voces, de sillas que crujían, de toses y risas contenidas.

Nico encendió la lámpara, y el haz de luz salió por el ventanuco redondo, cargado de polvo dorado, y cruzó la sala hasta la pantalla.

Y en aquel instante, en el silencio de esa primera imagen, cuando el pueblo entero contuvo la respiración, Adrián pensó lo que Anselmo había escrito en el marco de la puerta, y comprendió por fin lo que quería decir.

Los muros de carga no se ven. No salen en las fotos.

Nadie los aplaude. Pero todo lo demás, el techo, la luz, la risa, la gente que entra y se sienta, depende de ellos.

Por primera vez en su vida, en la fotografía de la reapertura que publicó al día siguiente el periódico local, se le veía a él.

Al fondo, junto a la puerta, con las gafas torcidas y el casco blanco en la mano.

Sonriendo como quien acaba de darse cuenta de que también él, sin saberlo, era una estructura habitable.

FIN