Capítulo 15 — Irene
Trabajó durante dos días como trabajan las personas que no quieren pensar.
Tapó el friso con papel japonés. Limpió doce metros de cornisa.
Repasó los presupuestos de restauración tres veces, sin que le salieran las cuentas, y una cuarta vez, porque el número se negaba a bajar de los cinco millones.
Sin el aval técnico que solo Adrián podía darle, la solicitud al Fondo de Patrimonio no tenía base.
Sin la solicitud, no habría cine el lunes siguiente al pleno.
Tenía un problema técnico, y un problema que no era técnico, y los estaba confundiendo a propósito.
El lunes por la mañana llamó al Fondo. Le atendió una funcionaria con voz de biblioteca, que le explicó, con la amabilidad de un manual, que la solicitud debía incluir un informe estructural independiente, visado por el colegio profesional y registrado antes del pleno.
«Sin él, el expediente se archiva. Es la norma.
No hay excepciones.» Irene colgó y se quedó mirando el teléfono como quien mira un ascensor averiado.
Solo había una persona en el mundo capaz de firmar ese papel, y hacía quince horas que su coche había salido de Puerto Vallín.
El lunes por la tarde, Pilar apareció en el vestíbulo, sin avisar, con un bocadillo envuelto en papel.
—Come.
—No tengo hambre.
—Come, que estás verde.
Se sentó a su lado en las escaleras del vestíbulo, con esa manera suya de ocupar un espacio como quien lleva cuarenta años ocupándolo. Irene mordió el bocadillo de tortilla con desgana.
—Yo te vi la cara la primera semana —dijo Pilar—.
Cuando lo viste llegar. Era la misma que tenías a los siete años, cuando tu madre se fue.
No lloraste. Te quedaste plantada en la puerta con la mochila puesta, esperando una hora, mirando la carretera.
Y luego dijiste: «No importa». Y no volviste a hablar del tema.
—Pilar.
—Déjame terminar, que a mi edad no me interrumpen. —Se ajustó las gafas—. Tú tienes un problema, hija. Y es que no soportas que se vayan. Y como no lo soportas, te vas tú antes. Es una habilidad muy mala. Yo la tuve. Me costó un marido.
Irene se quedó mirando el bocadillo.
—Él me mintió.
—Sí.
—Me lo ocultó.
—Sí. Es un cobarde, entonces. Un cobarde con buen corazón.
Que hay de los dos y no son tan raros. —Pilar cruzó las manos sobre el regazo—.
Pero yo, que le he visto comer aquí cuatro semanas, te digo otra cosa.
Que ese muchacho se ha pasado la vida creyendo que quien habla equivocado paga con la vida de otro.
Y que hasta hace un mes, no había conocido a nadie que le hiciera querer arriesgarse.
—No lo estás defendiendo.
—Lo estoy explicando. Es distinto. Defender es cuando no tienes razón. —Se levantó con un crujido de rodillas—. El café te lo dejo en la barra, que sigo teniendo un negocio.
Se fue. Irene se quedó sentada, mirando la puerta.
* * *
Subió a la cabina a las diez de la noche. No sabía por qué. Necesitaba el olor de las latas, el vaivén de las sombras. Se sentó en el sillón de mimbre, tan hundido, tan suyo, y encendió el flexo.
Fue al ir a apoyar el codo cuando lo vio.
En el marco de la puerta de hierro, al lado del interruptor, a la altura de una cabeza de hombre sentado, había unas letras a lápiz. Débiles. Casi borradas. Las había visto mil veces sin verlas, del mismo modo que uno no ve la cornisa de su propia casa.
Lo que aguanta el techo nunca sale en la foto. Y debajo, más pequeño: A. S., 1984.
Se quedó mucho rato mirándolas.
Su abuelo había pasado cuarenta y un años en aquella caja con una sola ventanuca.
Había proyectado miles de películas sobre gente que ni siquiera sabía que él existía, alguien que sostenía la luz desde detrás.
Nunca había aparecido en una foto de estreno.
Nadie había escrito su nombre en la marquesina.
Y entonces pensó, con una lucidez que le dio vértigo, en lo que había dicho el Abuelo en la película: Fíate de quien mira lo que sostiene.
Pensó en Adrián sosteniendo la lámpara en el ángulo justo sobre el friso.
En Adrián, bajo la lluvia, agarrándola por la muñeca antes de que se cayera la cornisa.
En Adrián, colocando catorce puntales de acero para que un pueblo entero pudiera entrar a reírse una noche.
Todo lo que había sostenido durante cuatro semanas, sin foto.
Y en el hombre que la había mentido por miedo.
Los dos, en la misma persona. Al mismo tiempo. Como las dos mitades de una viga que soportan cargas distintas.
Se secó los ojos con las palmas, con rabia.
—Qué injusto eres, Abuelo —dijo, en voz alta—. Cuarenta años para que yo aprendiera una cosa y me la dices por carta.
En la sala, muy abajo, sonó la puerta lateral. Pasos rápidos. Irene se asomó al ventanuco. Era Nico, con la gorra torcida y la respiración cortada.
—El coche del ingeniero ya no está en el puerto —dijo, levantando la cabeza—. Lo digo por si te interesa.
—No me interesa.
—Vale.
—No me interesa nada.
—Ya. —Nico se quedó mirándola un segundo, con los ojos muy abiertos, y añadió con toda su inocente crueldad—: Tienes la cara de la película del final de Casablanca.
Irene cerró el ventanuco de golpe.