Muros de carga Capítulo 14 — Adrián
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Capítulo 14 — Adrián

Los cafés se le cayeron de las manos.

No los soltó. Dejó de sujetarlos, que es distinto, y los vasos de cartón golpearon el suelo de mármol con un ruido sordo y una mancha marrón que se extendió hacia las botas de Marta, que se apartó con una discreción heroica y salió por la puerta sin decir palabra.

—Puedo explicártelo —dijo Adrián.

—Ya lo sé. Por eso llevas cuatro semanas explicándome cosas.

—Ese informe lo escribió Ricardo. Yo no lo he firmado. No lo iba a firmar.

—Está fechado el veintinueve de septiembre.

—Lo sé.

—¿Lo sabías desde el principio?

Adrián sintió que las palabras que tenía preparadas no servían. Llevaban tanto tiempo en su cabeza, pulidas, ordenadas, como los bolígrafos de la mesita, y ante la cara de ella se le quedaban en la boca como piedras.

—Lo vi la primera noche —dijo—. En la pensión. Cuando abrí el portátil.

—El primer día.

—Sí.

—Y el cargo de director técnico.

—Me lo pusieron sin consultarme. Lo descubrí hace cuatro días.

—Cuatro días. —Irene asintió lentamente, con una calma que le dio más miedo que cualquier grito—. Hace cuatro días que sabes que tu cara está en un folleto de un hotel que se construye sobre el cine de mi abuelo. Y esta mañana me traes napolitanas.

—Iba a decírtelo.

—¿Cuándo?

—Cuando tuviera la solución.

—¿Qué solución?

Y ahí estaba. La trampa que él mismo había cavado. Adrián respiró hondo, con el estómago encogido, y decidió, a falta de mejor opción, decir la verdad entera.

—Llevo diez días trabajando en un refuerzo.

El cine se puede salvar, Irene. Cuesta unos cuatro millones.

Hay que apuntalar el voladizo con perfiles ocultos, inyectar la cornisa, reforzar las cerchas sin quitarles la madera original.

Es viable. Lo tengo casi calculado. Quería tenerlo cerrado antes de decírtelo, para no darte una esperanza falsa.

—Una esperanza falsa.

—Sí.

—Llevas diez días con la salvación del Coliseo en tu ordenador —dijo ella, muy despacio— y no me lo has dicho.

Diez días. Y en esos diez días has dormido en mi cama, me has abrazado mientras lloraba por mi abuelo y me has dejado planear una campaña con Pilar sin decirme que la solución existía y que era tuya.

—No quería que...

—No querías perder nada. —Su voz se quebró por primera vez—. Ni el hotel, ni el puesto, ni a mí. Querías tener las dos cosas hasta el último minuto. Y yo aquí, como una idiota, diciéndome «este sí».

—Eso no es justo.

—Tampoco lo es lo tuyo.

—Ricardo me dijo el miércoles que, si no firmaba, el hotel se haría igual con otro informe. Que el cine estaba condenado conmigo o sin mí.

—¿El miércoles?

—Sí.

—Hace cinco días. —Irene cerró los ojos un instante—. Entonces sabías que lo único que dependía de ti era contármelo. Que no ibas a salvar ni a perder nada con tu silencio, salvo esto. Lo que teníamos aquí.

—Tenía miedo.

—Yo también. Y te lo dije. Te conté lo de mi madre, lo de esperar en la puerta con la mochila. Me desnudé en esa cabina, Adrián. Y tú me miraste desnuda con los bolsillos llenos.

Irene se levantó y se acercó a él. No gritaba. Tenía los ojos secos, brillantes, con una dureza que él no le había visto ni siquiera el primer día. Le sacó del bolsillo del mono un trozo de cartón azul, arrugado, doblado tantas veces que se le había gastado la esquina.

—Tregua —leyó—. Treinta días. Sin portaminas. Sin trapos. Válida hasta el pleno. Y debajo, tu letra: Aceptada.

Lo dejó sobre el mostrador de la taquilla, con cuidado.

—Se ha terminado antes.

—Irene, escúchame. Dame hasta el pleno. Haré lo que haga falta. Presentaré el informe real...

—Otra vez calculando.

—No es cálculo.

—Todo lo tuyo es cálculo, Adrián. Cuándo decir la verdad. Cuánto decir. Qué momento es el bueno. —Retrocedió un paso—. Yo no te juzgué por instinto, ¿sabes? Lo hice hace ocho años, sí. Y estaba equivocada, y lo sabía. Pero hoy no. Hoy te juzgo por lo que has hecho.

—Tienes derecho.

—Lo sé.

—No me voy a defender.

—Eso también lo sé. Es lo más frustrante. —Se pasó la manga por la cara con un gesto rabioso—. Vete a Madrid. Entrega lo que tengas que entregar. Yo tengo un cine que salvar.

Adrián no se movió. Tenía la sensación de que sus pies eran una cimentación defectuosa, hundida en una arena que él mismo había puesto bajo el suelo.

Quiso decir algo. Cualquier cosa. Perdóname le pareció demasiado pequeño.

Tienes razón era demasiado cómodo. Al final, lo único que le salió fue un hilo de voz:

—Lo siento.

—Lo sé —dijo Irene, sin mirarle—. Ese es el problema. Que seguro que lo sientes.

Salió por la puerta lateral. Tardó tres minutos en darse cuenta de que estaba en el callejón de los contenedores, con la espalda contra la pared, las manos vacías, la mancha de café todavía secándose en el mármol del vestíbulo, y de que el cielo, otra vez, había vuelto a ponerse gris.

En la habitación tres, hizo la maleta. Ordenó los calcetines por colores.

Después los volvió a desordenar y los metió a puñados, sin mirar, como no había hecho jamás en su vida.