Muros de carga Capítulo 13 — Irene
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Capítulo 13 — Irene

El domingo por la mañana Irene bajó a la sala descalza, con un jersey de Adrián por encima del pijama, sintiéndose ridículamente feliz. Se le notaba. Lo sabía por cómo la miraron las palomas de la plaza.

La noche anterior habían cenado en el paseo del puerto, con un cucurucho de patatas y una botella de sidra compartida, y Adrián le había hablado de un piso que quizá alquilaría en el pueblo si el pleno salía bien, «como hipótesis de trabajo», dijo, con esa manera suya de vestir los deseos de conclusiones.

A las diez, mientras volvían, su móvil se había iluminado sobre la mesa.

Él lo había mirado, lo había girado boca abajo y había dicho: «Trabajo».

Ella no preguntó. Solo más tarde recordaría cómo había pronunciado aquella palabra.

Marta la esperaba en la puerta de la taquilla con una carpeta de cartón bajo el brazo y la cara de quien lleva dos horas ensayando una frase.

—No me digas nada —dijo Irene—. Ya sé. Nico lo ha contado y todo el pueblo lleva cuatro días apostando cuánto dura.

—No es eso.

—Entonces, ¿por qué traes esa cara de veterinaria con mal pronóstico?

Marta no sonrió. Le tendió la carpeta.

—Rosa, la secretaria del Ayuntamiento, me ha llamado esta mañana. Es prima de mi madre. Dice que ha estado dudando dos semanas y que no puede seguir sin decírtelo. Es el expediente del Coliseo. Lo que hay de verdad.

Irene la abrió de pie, en el vestíbulo, con el olor a café de la cafetera apenas encendida.

Había una carta del alcalde. Un convenio.

Una tabla de plazos. Y debajo, grapado con desgana, un documento de veintidós páginas con el membrete azul de Grupo Ávalos: Informe preliminar de evaluación estructural. Cine Coliseo, Puerto Vallín.

Lo leyó sin respirar.

Se aprecian indicios de patología severa en el anfiteatro. Riesgo de colapso inminente. La cubierta presenta un estado de deterioro irreversible. Se recomienda la demolición total del inmueble.

En la esquina superior derecha, en un tipo de letra muy pequeño, figuraba la fecha. 29 de septiembre.

Una semana antes de que Adrián llegara a Puerto Vallín.

Pasó la página. Debajo del informe había otro documento, este brillante, a todo color, con una portada de cristal y una palmera.

Coliseum Suites & Spa. Y en la página del equipo, entre el arquitecto y el director financiero, con una foto que ella reconoció por las gafas y por la corbata: Adrián Roca Laguna. Director técnico de la obra.

Irene se sentó en el borde de la taquilla. Se le habían enfriado los dedos.

—Puede que él no lo sepa —dijo Marta, con cautela.

—Es su nombre.

—Puede que se lo hayan puesto sin...

—Lo sabe. —Le sorprendió lo tranquila que sonó su propia voz—.

Claro que lo sabe. Ha llegado aquí sabiendo que la conclusión estaba escrita.

Me lo dijo el primer día: «Firmaré lo que digan los números».

Y los números ya estaban firmados, Marta.

Los firmaron en septiembre. Lo que quedaba era hacerme creer que se podía discutir.

—Irene...

—Me ha estado mirando la cara cuatro semanas. Me ha visto llorar. Ha visto la película de mi abuelo, ha estado en mi cama... —Se detuvo—. Ha estado en mi cama sabiendo que la mitad de su vida está en esa carpeta.

Marta le puso una mano en el hombro.

—Escucha. Antes de hacer nada, habla con él. Por favor.

—Ya ha hablado. Todo este tiempo.

Recordó la frase que había dicho ella una vez, en una cubierta de tejas mojadas, con el viento en la cara: No te creo. Y el modo en que él, sin enfadarse, le había ofrecido lo único que tenía: los números serán honestos.

Le pareció, mirándola desde aquí, la frase más cara de su vida.

La puerta lateral se abrió. Había pasos en el pasillo, conocidos ya como una cara.

Adrián apareció en el vestíbulo con dos cafés de la panadería en las manos y una bolsa de papel bajo el brazo, con el pelo revuelto y una sonrisa nueva, tímida, en la cara, la de quien acaba de descubrir que le gusta despertarse.

—He traído napolitanas de chocolate. Tenían una cola de...

Vio la carpeta. Vio el brillo azul del membrete. Vio la palmera.

Irene no se movió. Lo miró como se mira un techo antes de que se caiga.

—¿Tenías pensado decírmelo antes o después del pleno?