Capítulo 12 — Adrián
Se despertó con el sonido de una cafetera y con la sensación absurda de que se había dejado algo encendido.
Tardó un momento en reconocer el techo bajo, de vigas de madera, el papel pintado de florecillas descoloridas, la ventana pequeña con los visillos de ganchillo.
El piso del abuelo. La habitación olía a café, a lana y a algo cálido que no sabía nombrar.
En el otro extremo del apartamento, Irene tarareaba una canción de los ochenta con un desafino admirable.
Adrián se quedó mirando el techo. Una sonrisa involuntaria, ancha, ridícula, se le extendió por la cara y no pudo evitar que ocupara todo el espacio disponible.
Ella apareció en la puerta con dos tazas. Llevaba puesta su camisa. La blanca, la de vestir, la que se había traído a Cantabria por si acaso.
—Buenos días, notario.
—Buenos días.
—Te has dejado la camisa en el suelo. Me la he apropiado. Es una incautación cautelar.
—Me parece razonable.
—Me alegro de que sea razonable. —Se sentó en el borde de la cama, le tendió una taza y se quedó mirándolo con la cabeza ladeada—. ¿Te arrepientes?
—No.
—¿Ni un poquito? ¿Ni un microscópico?
—Estoy cronometrando los segundos de arrepentimiento. Llevo cero.
Ella se rió. Se inclinó, y le dio un beso corto, con sabor a café y a mañana de domingo.
Aquel fue el principio de una semana que Adrián recordaría durante mucho tiempo como se recuerda una cifra exacta.
Trabajaban juntos desde las nueve. Ella le enseñaba a distinguir un yeso original de uno de posguerra por el sonido que hacía al golpearlo.
Él le explicaba cómo se distribuía una carga en una viga de madera, con un boli y las servilletas del Marinero.
Comían bocadillos sentados en el borde del escenario, con las piernas colgando, y se contaban sus infancias en fragmentos.
Ella, que su madre se había marchado a Buenos Aires cuando tenía siete años y no había vuelto, y que había aprendido a esperar en una cabina de proyección.
Él, que había querido ser astronauta y que su padre le había regalado a los ocho años un nivel de burbuja.
Por las noches no dormían mucho.
Y hubo un momento, a mitad de semana, en que Adrián se sorprendió a sí mismo tarareando mientras medía una cercha. Pilar, desde la taquilla, le lanzó una mirada de una sabiduría cósmica.
—Se le nota —dijo.
—¿El qué?
—Que ya no calcula todo el rato.
Él no contestó, pero se le escapó una sonrisa que le duró la tarde entera.
El viernes por la noche bajaron a la playa de la ría con una manta y una botella de sidra. El mar estaba negro y quieto, y las luces del puerto temblaban en él como monedas. Irene se quedó un rato callada, con la barbilla sobre las rodillas.
—¿Qué pasa el día quince?
—Pasa el pleno, y...
—No. El día quince. —Se apoyó en su hombro—. Cuando esto se acabe. Tú tienes un despacho en Madrid. Yo tengo un cine, o una ruina, o una tienda de recuerdos con el nombre de mi abuelo.
—No lo sé —admitió él—. Es la primera vez en mi vida que no lo sé.
—Mejor. Los que lo saben todo me dan miedo.
Adrián le besó el pelo. No dijo lo que estaba pensando, que era que había una carpeta en su portátil que todavía no se había atrevido a enseñarle.
* * *
Fue esa misma semana, una noche, cuando Irene se durmió a las once con la cabeza sobre su hombro y una mano agarrada a su camiseta, cuando Adrián se levantó con cuidado, se sentó a la mesa de la cocina y abrió el portátil.
Llevaba cuatro días con una idea. Se había puesto a hacer números en secreto: un sistema de refuerzo para las ménsulas con perfiles de acero ocultos, una inyección de resina en la cornisa, una cubierta nueva de cerchas híbridas que conservaran la madera vieja y la sostuvieran con una estructura discreta.
Era una solución elegante. Cara, pero no ruinosa.
Con un presupuesto de cuatro millones que podía justificarse ante el Fondo de Patrimonio.
Era, en fin, la respuesta. La de verdad.
Y no se lo había dicho.
Se lo había dicho a sí mismo veinte veces: primero los números, luego se lo cuento. No quería darle esperanzas antes de tenerlo todo cerrado. No quería que ella, tan valiente, tan ilusionada, se aferrase a una cifra que tuviera un error. Era una razón perfectamente lógica, razonable, consistente.
Y era mentira. O una media verdad, que a estas horas de la noche venía a ser lo mismo.
Porque la otra razón era que, si se lo contaba, tendría que contarle también todo lo demás.
Que el informe preliminar de Ricardo existía.
Que estaba fechado antes de que él llegara.
Que había un hotel. Que había un despacho de Madrid donde esperaba un nombre en una placa.
Y tenía miedo, un miedo tonto y enorme, de que esa lista la hiciera levantarse de aquella cama.
Apareció una notificación en la esquina de la pantalla.
Era un correo del Ayuntamiento, remitido por el alcalde, con copia a Ricardo Ávalos y a él mismo. El asunto decía: Presentación definitiva — Proyecto Coliseum Suites. Un PDF adjunto. Lo abrió sin pensar.
Portada: un dibujo digital, reluciente, de una fachada de cristal y piedra, con una palmera absurda delante.
Página dos: el resumen del proyecto. Página tres: el equipo.
Y allí, en una fila de retratos con sonrisa de foto de pasaporte, entre el arquitecto y el director financiero, estaba su cara.
Con su nombre debajo. Con un cargo que no le habían consultado: Director técnico de la obra.
Cerró el archivo. Cerró la tapa del portátil. Se quedó con las dos manos sobre la mesa, en la cocina de un anciano muerto, escuchando el reloj de pared.
Desde el dormitorio, Irene murmuró algo dormida.
—¿Adrián? ¿Vienes?
—Ya voy —dijo. Y le salió la voz normal, con lo cual comprendió, con un vértigo sordo, que había empezado a mentir bien.