Muros de carga Capítulo 11 — Irene
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Capítulo 11 — Irene

El sábado uno de noviembre, a las siete de la tarde, había cola en la calle.

Irene la vio desde la ventana del piso de arriba, la vivienda minúscula de su abuelo encima de la taquilla, donde llevaba durmiendo desde marzo.

Cien personas, ciento veinte, todas abrigadas, todas con la cara de estar esperando algo que ya no esperaban.

La señora Consuelo, con su bastón. Los mellizos de la panadería.

El sordo Casimiro con su bufanda de rayas.

Doña Aurora, la maestra jubilada, con un termo.

Un niño de diez años, tal vez de once, que nunca había puesto un pie en el cine y miraba la marquesina apagada con desconfianza, como se mira a un animal que ha estado dormido demasiado tiempo.

—Hay más gente que en la procesión —dijo Nico, sin aliento, en el umbral.

—Es que no hay procesión hasta Semana Santa.

—Ya. Pero Pilar está llorando en la taquilla. Y me da miedo.

Bajó. Al entrar en el vestíbulo, con el olor a palomitas, a tortilla de Pilar y a cera recién dada, se le encogió algo debajo del esternón.

Había encendido cada una de las lámparas de bronce.

Había puesto flores de plástico, de las viejas, sobre el mostrador.

Adrián estaba junto a la puerta con su chaleco reflectante y una libreta, contando entradas con gesto de aduanero.

—Ciento diecinueve —dijo, al verla—. Uno menos del límite. Si entra uno más, lo devuelvo a la calle.

—No serás capaz.

—Con mucho dolor.

Irene le apretó el brazo un segundo, un apretón corto, de camarada, y él ladeó la cabeza con esa sonrisa de medio lado.

Proyectaron La quimera del oro en la vieja copia de treinta y cinco milímetros que el abuelo había cuidado como a un hijo.

Fue ella misma quien subió a la cabina a las ocho, con el corazón a mil, para colocar la bobina.

Lo hizo como la había visto hacer mil veces: dedos ágiles, un giro de muñeca, la cinta que se deslizaba entre los rodillos con un chasquido antiguo.

Encendió la lámpara. El haz de luz cruzó la sala, cargado de polvo dorado, y cayó sobre la pantalla.

Y la sala entera, ciento diecinueve personas, dejó escapar un suspiro.

Cuando el hombre del bombín se comía el zapato en la pantalla, los mellizos de la panadería aullaron de risa.

El niño de diez años se dobló sobre su asiento.

La señora Consuelo lloraba sin ruido. Irene, en la cabina, con la frente pegada al cristal, comprendió una cosa simple y enorme: que el Coliseo no era un edificio.

Era un aparato para hacer que la gente se riera junta, y llevaba noventa años funcionando.

* * *

A las once y media, cuando el último vecino se hubo marchado, Irene se quedó sola en la sala. Bueno, casi sola.

—¿Estás bien? —preguntó Adrián desde el pasillo.

—No.

—Vale.

—Estoy fenomenal. Pero no.

Él se sentó en la butaca de al lado sin decir nada. Habían apagado las luces de sala. Solo brillaba la pantalla en blanco, y sobre ella, dispuesta ya en el proyector pequeño que él había reparado, la lata de dieciséis milímetros esperaba en la cabina.

—Quiero verla —dijo Irene—. Ahora. Contigo aquí.

No hizo falta más. Adrián subió, cargó la bobina, dio dos golpecitos a la carcasa y bajó. Se sentó otra vez. Ella notó su mano buscando la suya en el reposabrazos, sin fuerza, como quien deja una puerta entornada. Irene la tomó.

La pantalla se llenó de ruido gris y de repente, de una imagen.

Anselmo Sarmiento, a los ochenta y tres años, sentado en su sillón de mimbre de la cabina. Delgado, con el bigote ya blanco, el jersey de cuello redondo, las manos llenas de manchas. Miraba a la cámara con la expresión traviesa que ella conocía desde siempre.

Irene, dijo la película, con la voz rota por el tiempo. Si estás viendo esto, es porque el cine te necesita o porque tú necesitas al cine, que viene a ser lo mismo. Y si estás mirando con alguien al lado, quítale la mano de encima un segundo, que voy a decirte una cosa seria.

Irene soltó una carcajada que era medio sollozo, y no le quitó la mano.

Este edificio lleva noventa años en pie no porque sea fuerte, sino porque lo hemos querido.

Eso es un secreto de albañil, aunque yo solo fui proyeccionista.

No dejes que nadie te diga qué aguanta y qué no aguanta sin haber mirado bien lo que hay debajo.

Y no te fíes solo de lo que brilla. Fíate de quien mira lo que sostiene.

El Abuelo guardó silencio un momento, se rascó el bigote.

Y hazme un favor. No te quedes sola. Yo ya me quedé solo demasiado tiempo. Es un desperdicio.

Y guiñó un ojo. La película tembló, se llenó de rayas, y se cortó.

La sala se quedó a oscuras. Irene lloraba con la boca abierta, sin ruido, como lloran los niños que han aprendido demasiado pronto a no hacer ruido. Sintió que Adrián la abrazaba, que su pecho era ancho y firme y olía a jabón y a aceite de motor. Aguantó ahí un rato largo.

Cuando levantó la cara, la luz reflejada de la pantalla en blanco le iluminaba a él los ojos, húmedos también, detrás de las gafas.

—¿Tú lloras?

—Lloro a veces con el mal tiempo.

—Está despejado.

—Entonces, lloro con las películas.

Ella soltó una risa temblorosa. Le tomó la cara entre las manos, le quitó las gafas con cuidado y las dejó sobre la butaca. Él se quedó muy quieto.

—Ha pasado el pleno —dijo Irene.

—No ha pasado el pleno.

—Ha pasado el mío.

Y lo besó.

Fue un beso lento, entre dos personas que habían estado peleándose durante ocho años y se conocían de memoria las respuestas.

Un beso que empezó tímido y acabó con el cuerpo entero, con las manos de él en su pelo y las de ella agarrando el jersey, con el olor a polvo dorado de la sala y la pantalla blanca, encendida, sobre sus cabezas como un sol pequeño.

Detrás de ellos, en la cabina, el proyector siguió girando en vacío, ronroneando su música sin película.