Muros de carga Capítulo 10 — Adrián
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Capítulo 10 — Adrián

Para que trescientas personas pudieran entrar en el Coliseo sin que él muriera de un ataque de nervios, hicieron falta catorce puntales de acero, cuarenta metros de tablón, tres noches de trabajo y todo su repertorio de argumentos.

Cerró el anfiteatro. Nadie iba a sentarse bajo aquella cornisa hasta que estuviera reforzada, y así se lo dijo a Pilar, a Nico, al alcalde, a Casimiro (que no lo oyó) y a Irene, que lo aceptó con un gruñido admirable.

Limitó el aforo de la sala baja a ciento veinte personas.

Apuntaló el voladizo con una estructura provisional que parecía un esqueleto de dinosaurio metálico y que él contempló, terminado, con cierto orgullo indebido.

—Es fea —dijo Irene.

—Es segura.

—Es lo mismo que decir que eres fea pero de fiar.

—Eso también lo dicen de mí.

Ella sonrió, mientras pasaba a su lado con una lata de pintura, y le rozó el brazo con el hombro sin necesidad. Tenían una nueva manera de cruzarse en los pasillos. Ninguno hablaba de ello.

El alcalde se presentó el martes a media mañana, con el paso ligero de quien pasa casualmente por un sitio al que ha ido a propósito. Se detuvo bajo la estructura de puntales y la contempló con las manos en la espalda.

—Impresionante. Ricardo me dijo que usted era minucioso.

—Es lo mínimo que se le pide a un ingeniero.

—Y que estaba de nuestra parte. —Cifuentes sonrió sin ninguna prisa—. Que entendía cómo funcionan estas cosas. Un pueblo pequeño necesita empleo, ingeniero. Cuarenta puestos fijos. Eso no se consigue con una sala de cine que da pérdidas desde que se inventó la televisión.

—Yo estoy de parte de lo que dicen los números, señor alcalde.

—Los números, por supuesto. —Le dio una palmada en el hombro, dos dedos por encima de la costura—. Los números son muy sensibles. Se pueden leer de varias maneras.

Adrián lo vio alejarse hacia la puerta, saludando a Nico con la mano, y sintió una incomodidad concreta, física, como cuando una viga cruje en una obra y uno todavía no sabe cuál. Desde lo alto de la escalera, Irene lo observaba con un pincel entre los dientes y una ceja levantada.

—¿Qué quería?

—Saludar.

—Ese hombre no saluda. Inspecciona.

—Era protocolo.

Fue una respuesta fácil, casi cierta. Y se quedó en el aire un instante más de lo necesario, como una pieza mal encajada que cualquiera podría haber visto si hubiera mirado dos veces.

El motor del proyector pequeño le llevó una tarde entera.

Se instaló en la cabina con las herramientas de Nico y una taza de café que se enfrió, y rebobinó la bobina quemada con hilo de cobre y una paciencia de monje, mientras Irene, sentada en el sillón de mimbre, le pasaba destornilladores y le hacía preguntas idiotas.

—¿Y eso para qué es?

—Para que gire.

—¿Y eso?

—Para que gire mejor.

—¿Y eso de ahí, la cosita?

—Irene.

—Perdona. Es que nunca te había visto trabajar con las manos.

—Llevas dos semanas mirándome trabajar con las manos.

—Con los planos. Con el láser. Pero esto es distinto. —Se encogió de hombros—. Se te pone una cara.

—¿Qué cara?

—La de un niño con un juguete. Sin gafas de contable.

Adrián se detuvo, con el soldador en el aire. No sabía si era un insulto. No sabía si le importaba.

Cuando por fin cerró la carcasa, pulsó el interruptor y el motor arrancó con un ronroneo limpio, ella dio una palmada, se levantó de un salto y le plantó un beso en la mejilla, rápido, de niña, antes de darse cuenta de lo que hacía. Después se quedó de piedra, con las manos a los costados.

—Eso no cuenta —dijo.

—No lo he apuntado.

—Bien.

—Pero lo recuerdo.

Ella se rió y salió de la cabina casi corriendo. Él se quedó solo con la máquina que zumbaba y la mejilla ardiéndole.

* * *

Ricardo llamó el miércoles a las seis de la tarde, cuando Adrián estaba cenando de pie en la barra del Marinero, con el teléfono entre el hombro y la oreja.

—Adelanto la fecha. Quiero el informe firmado el lunes diez de noviembre, cuatro días antes del pleno.

—Eso son cuatro días menos.

—Lo sé.

—Ricardo, la estructura tiene una patología en el anfiteatro, sí, pero la cubierta es recuperable. Estoy haciendo una serie de mediciones que...

—Dime que no te estás poniendo sentimental.

—Estoy siendo riguroso.

—Es lo que dicen todos los que se ponen sentimentales.

—Ricardo bajó la voz—. Mira, te lo voy a decir una vez, y te lo digo como amigo.

Lucas Tejedor lleva un año esperando la sociedad.

Si tú no firmas lo que hay que firmar, el hotel se hace igual con otro informe.

Pero el nombre que sale en el papel de socio no será el tuyo.

—¿Me estás amenazando?

—Te estoy informando. Que no es lo mismo.

Colgó. Adrián dejó el móvil sobre la barra. Tenía el estómago cerrado. Pilar, sin mirarle, le puso delante un vaso de vino que no había pedido.

—Ese señor no me gusta —dijo.

—No lo conoce.

—Por la voz se conoce a la gente. La gente que grita por teléfono, o es tonta o tiene miedo. —Y se fue a cortar limones.

Aquella noche, en la habitación tres, con la ventana abierta y el mar respirando abajo, marcó un número que llevaba tres semanas sin marcar.

—¿Hijo? —Ramón Roca tenía sesenta y seis años, la voz cascada y el acento ancho de Getafe—. Qué raro. ¿Ha pasado algo?

—No. Quería oírte.

—Eso es que ha pasado algo.

Adrián soltó una risa cansada.

—Estoy en un pueblo de Cantabria haciendo un informe estructural. Hay un cine. Una cosa preciosa. Y mi jefe quiere que recomiende demolerlo.

—¿Y tú qué recomiendas?

—Que hay que apuntalar el voladizo. Y reforzar las ménsulas. Y sanear la cubierta. Cuesta dinero, pero se puede.

—Entonces esa es tu respuesta.

—No es tan fácil, papá.

—Nunca lo es. —Ramón se quedó un rato en silencio. Se oía la televisión de fondo, un concurso, una risa enlatada—. ¿Es por una mujer?

—Es por un cine.

—Ya. Con mujer.

—Papá.

—Mira, Adrián. Tú siempre has creído que lo del balcón fue por culpa de una cosa que se calcula. Y no fue así. Ven un día a casa y te lo cuento.

—¿Qué quieres decir?

—Lo que oyes. Ven un día. Y hazme caso: no me digas lo que calculas. Dime lo que sientes. Hasta luego, hijo.

Adrián se quedó mucho tiempo con el teléfono en la mano, mirando el puerto oscuro, sin entender del todo la última frase, con la extraña sensación de que su padre acababa de dejarle una llave sin decir para qué puerta.