Capítulo 9 — Irene
El segundo domingo de la tregua, Irene le abrió la cabina.
No lo decidió de golpe. Fue un proceso lento, como el de una pintura que se desprende por capas: primero dejó de esconderle la llave, después de cerrar la puerta con el cuerpo, y por fin, un domingo de octubre en que el cielo estaba tan gris que parecía un lienzo sin preparar, sacó del bolsillo la llave de latón que llevaba colgada al cuello desde marzo y se la puso a Adrián en la palma.
—La escalera de caracol cruje —dijo—. No te asustes.
—¿Estás segura?
—No. Sube antes de que cambie de opinión.
La escalera era estrecha y olía a aceite, a polvo caliente y a celuloide viejo.
Al final había una puerta de hierro pintada de verde y, detrás de ella, una habitación del tamaño de un armario grande.
Dos proyectores de treinta y cinco milímetros ocupaban el centro como animales dormidos.
En las paredes, cubriendo el yeso de arriba abajo, había cientos de entradas clavadas con chinchetas, fotografías de estrenos, carteles amarillos, una lista escrita a mano de las películas que el Coliseo había proyectado desde 1962 con una anotación al lado de cada una: llena, media sala, lluvia y solo cinco, la mejor.
Adrián se quedó en el umbral. No entró hasta que ella le hizo un gesto con la cabeza.
—Era su sitio —dijo Irene—. Cuarenta y un años. Cuando yo era pequeña y mi madre... cuando yo era pequeña, me quedaba aquí las tardes enteras. Me dormía en esa silla. —Señaló un sillón de mimbre con el asiento hundido—. Y me despertaba con la música de los créditos.
—Es precioso.
—Es un cuartucho lleno de latas.
—Es precioso —repitió él, sin mirarla, acariciando con el dedo el borde de una fotografía en la que un hombre delgado, de bigote fino y sonrisa ladeada, sostenía un carrete como si fuera un trofeo.
Irene notó un pinchazo detrás de las costillas.
Él revisó el suelo de la cabina, tanteó con la palma las vigas, se agachó junto a una esquina con una linterna.
Se comportaba como un hombre que entra en una iglesia con zapatos limpios.
Ella, mientras tanto, abrió el armario de metal del fondo y sacó una lata pequeña, redonda, más vieja que las demás.
—Esto —dijo— es lo que no he querido enseñarte.
En la tapa, escrito a rotulador con la letra de su abuelo, había una etiqueta amarillenta: PARA IRENE. Cuando lo necesites.
—Es una película de dieciséis milímetros. Me la dejó él. Hay un proyector pequeño en aquel rincón, pero el motor se quemó hace años. Y yo... —Se le quebró la voz, de un modo tan humillante que se aclaró la garganta—. No sé si quiero verla. No sé si lo necesito ya, o si necesitarla significa que...
—Que ya no está.
Ella asintió, sin levantar la vista de la lata.
Adrián se acercó despacio. No la tocó. Se quedó a un paso de distancia, tan cerca que pudo oler la espuma del jabón de barbero y el aceite de la cabina.
—El motor lo puedo arreglar —dijo—. Es un asunto de bobinado. Cuando quieras.
—No te he pedido que...
—No. Por eso lo ofrezco.
Y la cabina, con su ventanuco redondo por el que se veía el rectángulo de la pantalla vacía, se quedó muy pequeña.
Irene levantó los ojos. Adrián la estaba mirando de una manera que ya no era la de un colega ni la de un rival.
No era una mirada que tuviera prisa. Había en ella una calma paciente, casi injusta, y ella sintió que se le desordenaba algo dentro, como el contenido de un cajón que alguien abre demasiado rápido.
Se movió medio paso.
Él también.
Le tocó el borde de la mano, apenas, con la punta de los dedos. Ella dejó de respirar. Fue en ese preciso instante, con el rostro de él a treinta centímetros del suyo, cuando Adrián cerró los ojos, retrocedió un paso y dijo:
—No puedo.
—¿Cómo que no puedes?
—Tengo un informe pendiente. Si te beso, no podré firmar ni una línea con la cabeza limpia. Y necesito que lo que firme sea verdad.
Irene lo miró un largo momento.
—Qué romántico —dijo—. Hablas como un notario.
—Soy un notario. Con casco.
Se le escapó la risa, una risa nerviosa que le salió por la nariz y le hizo sentir, por fin, que respiraba. Él sonrió también, con esa sonrisa torcida y rara que solo le veía cuando no se daba cuenta de que la tenía.
—Tregua —murmuró él.
—Es un ticket, no un contrato.
—Lo sé.
—No te voy a esperar toda la vida, Roca.
—No te lo pido. Solo hasta el pleno.
Se quedaron un instante más entre aquellas cuatro paredes llenas de películas, con las dos manos que no se habían llegado a tocar del todo. Después bajaron la escalera de caracol, uno detrás del otro, sin decir nada.
En el vestíbulo, Nico los esperaba con una expresión de culpabilidad profesional.
—Tengo una noticia —dijo—. Y una mala noticia.
—Empieza por la mala.
—Pilar ha decidido, sin consultarnos, que va a organizar una Noche de Cine el sábado uno de noviembre. Ha avisado a todo el pueblo. Ha imprimido carteles. Ha pedido un permiso de aforo.
—¿Cuál es la buena?
—Que los carteles son preciosos.