Capítulo 8 — Adrián
La primera semana de la tregua se pasó entre andamios, cintas métricas y un cansancio compartido que, poco a poco, se fue pareciendo a una costumbre.
Adrián descubrió que Irene trabajaba cantando.
No cantaba bien, pero sí con convicción, mezclando boleros con canciones de los ochenta y con lo que le hubiera quedado pegado en la cabeza esa mañana.
Descubrió que dejaba las tazas de café por todas partes, a medio beber, y que él las iba recogiendo sin proponérselo, alineándolas junto al fregadero como si fueran instrumental de laboratorio.
Descubrió que se mordía la tapa del bolígrafo cuando pensaba.
Y que la dejaba de morder cuando él se acercaba, como si supiera que la miraba.
Descubrió también que el pueblo había decidido, por unanimidad silenciosa, dejar de mirarle mal.
La señora Consuelo le saludaba ya con un movimiento de bastón.
Pilar le llenaba el plato con una cucharada de más.
Y una tarde, en la puerta del cine, un niño le preguntó muy serio si el casco blanco era de verdad o de juguete, y le pidió probárselo.
El sábado por la mañana subieron juntos a la cubierta para medir las cerchas desde el exterior. La luz era limpia, de un azul lavado por la tormenta. Desde allí arriba, la ría se abría hacia el mar como una mano, y las casas del pueblo se apretaban en la ladera con sus tejados de pizarra.
—Nunca había subido aquí —dijo ella, sentándose en el borde de la lona, con las piernas encogidas—. Mi abuelo no me dejaba. Decía que las tejas eran para los gatos y para los tontos.
—Tenía razón.
—Tú eres las dos cosas. Un poco.
Él sonrió, sin mirarla. Estaba tomando notas, pero llevaba media hora escribiendo la misma cifra.
—¿Puedo preguntarte una cosa que rompe la tregua?
—Depende.
—La ermita. —Levantó una mano—. Sé lo que dice el ticket. Pero llevo ocho años con una versión de esa historia en la cabeza, y creo que la tuya es distinta.
Irene tardó en contestar. Se pasó un mechón por detrás de la oreja. Observó el horizonte.
—Yo estaba convencida de que no te importaba —dijo por fin—.
Que habías estudiado el techo como se estudia un problema de examen.
Que lo de la madera te daba igual. Y cuando dijiste lo de la nevada, en el tribunal, delante de todos, con esos gráficos, pensé: «Este tío me está diciendo que soy una irresponsable».
—Te estaba diciendo que el techo se hundiría.
—Ya. Pero yo oí lo otro.
Adrián se sentó a su lado, dejando un palmo de tejado entre los dos.
—Yo oí que me estabas llamando un hombre sin alma. Y me lo creí, durante bastante tiempo.
—Lo dije para que doliera.
—Funcionó. —Se rió sin alegría—. Yo tenía diecisiete años cuando se cayó el balcón de una obra de mi padre.
Murió un albañil. Un chico que trabajaba con nosotros.
No fue culpa mía, ni siquiera de mi padre, pero desde entonces cada vez que alguien camina por un sitio que yo he calculado, me siento responsable de que llegue al otro lado.
No sé hacerlo de otra manera. Tú miras un edificio y ves una vida.
Yo miro un edificio y veo cuánta gente hay debajo.
No había planeado decirlo. Lo dijo, y el aire se quedó suspendido un instante entre los dos, con las gaviotas describiendo círculos.
Irene no respondió enseguida. Con la punta de la bota rozó la lona, de un lado a otro.
—Esa noche —dijo—. La noche de lo de la ermita. Volví a mi cuarto y me miré tus cálculos, todos, uno por uno. Buscando el fallo. Porque tenía que haber un fallo.
—¿Y lo encontraste?
—No. —Se rió, se tapó la cara con las manos—. Estaban perfectos. Y eso fue lo peor.
Silencio. Un silencio distinto, ancho, casi amable.
—Hay otra cosa —dijo Adrián—. Hace tres años vi unas fotos en una revista.
La ermita, restaurada por otro equipo. Habían conservado las vigas originales que se pudieron, hasta el último cuarto de la cubierta.
Y las reforzaron con una estructura de acero por debajo, invisible. Las dos cosas. Tu idea y la mía.
Irene bajó las manos. Lo miraba con los ojos muy abiertos.
—Yo también las vi —susurró—. Un día de invierno, en un hospital. Estaba esperando a mi abuelo para una revisión y cogí una revista de la sala de espera. Y me eché a llorar en un pasillo delante de una enfermera, sin saber por qué.
Él giró la cabeza. Se quedaron un rato mirándose, dos personas que habían pasado ocho años peleándose contra la misma fotografía sin saberlo.
—Tenías razón con las cerchas —dijo ella.
—Y tú con la madera.
—No te ilusiones.
—No me ilusiono.
—Solo digo que no te ilusiones. —Se levantó, sacudiéndose el mono, evitando su mirada—. Vamos, que esto no se mide solo.
Bajaron por la trampilla, ella primero, él después. Adrián se detuvo un segundo en el último peldaño para mirar hacia arriba, hacia el rectángulo de cielo azul sobre el tejado y la silueta de una gaviota que cruzaba.
Llevaba media vida convencido de que a las personas se las evaluaba como a los edificios, buscando el punto débil. Acababa de enseñarle el suyo a la única persona que había tenido motivos para aprovecharlo, y el techo seguía en su sitio.