Capítulo 7 — Irene
A la mañana siguiente, el trozo de cornisa seguía en el suelo del anfiteatro, exactamente donde había caído. Irene lo miró desde la barandilla con una taza de café entre las manos.
Medía casi un metro. Pesaría veinte kilos, treinta quizá. Estaba a cuarenta centímetros de donde ella había estado colocando un cubo.
Había pasado noventa años en el sitio.
Era muy difícil, después de eso, seguir diciendo que la grieta no le preocupaba.
—Buenos días, valiente.
Marta Gil, su mejor amiga desde la guardería, entró en el cine con dos cafés y una bolsa de bollos, y con la expresión de veterinaria acostumbrada a examinar animales que niegan el dolor. Se detuvo junto a Irene y miró el escombro.
—Nico me lo ha contado.
—Nico habla demasiado.
—Nico dice que cuando llegó, estabais los dos en el suelo, cubiertos de yeso, sin gafas, y que él, cito textualmente, «se sintió como un tercero en la escena de una película de las que echaba el abuelo».
—Nico se va a quedar sin trabajo.
—Nico no cobra. —Le tendió el café—. Irene.
—No.
—No he dicho nada.
—Vas a decir algo con esa cara, y no.
—Solo iba a decir que te has puesto colorada al oír su nombre. Y que lo he dicho yo, no lo has dicho tú.
Irene se bebió el café de un trago, se quemó la lengua y maldijo en voz baja.
—Me ha salvado la vida —admitió—. Vale. Eso es un hecho. Y es un hecho que tenía razón con la cornisa. Ya está. Es un tipo que calcula bien. Eso no significa que me caiga bien. Ni que el hotel...
—¿Qué hotel?
Irene se quedó callada. Se le había escapado la palabra, del mismo modo que a uno se le escapa, sin querer, una confidencia a un desconocido.
Aquella mañana, mucho antes de que llegara Marta, el alcalde en persona había pasado por el cine, con el paso ligero y las manos a la espalda, para interesarse por «los daños de la tormenta».
Había dicho, sonriendo, que era una lástima.
Que con las nuevas inversiones que estaban llegando a Puerto Vallín, un hotel boutique con spa y cuarenta empleos, aquellos problemas de mantenimiento ya no serían responsabilidad de nadie.
Que no se preocupase. Que el ingeniero sabría lo que hacer.
—El hotel —repitió Marta.
—Ávalos. La empresa de Adrián. Van a construir un hotel en el solar y necesitan que este edificio salga como inservible.
—¿Él te lo ha dicho?
—No.
—¿Se lo has preguntado?
Irene miró el trozo de cornisa.
—Ahora mismo.
* * *
Lo encontró en la cubierta, con la lona de la claraboya y una cinta métrica.
Había dejado de llover, y sobre el tejado húmedo se veía la ría entera, plateada, con los barcos alineados como fichas de dominó.
Él llevaba el casco puesto, el jersey manchado de yeso y esa expresión seria y concentrada que a ella empezaba a resultarle peligrosamente familiar.
—¿Es verdad que Ávalos va a hacer un hotel aquí?
Él no se sobresaltó. Fue casi peor. Terminó de anotar la cifra, guardó el lápiz detrás de la oreja y la miró de frente.
—Hay un interés de inversión sobre el solar —dijo, despacio—. Lo sé desde antes de venir. No es un secreto, pero tampoco es asunto mío.
—Es asunto tuyo si tú firmas el informe que lo hace posible.
—Firmaré lo que digan los números.
—Los números. —Se rió sin ganas—. Qué cómodo. Tú vienes, mides, y el hotel se construye solo. Eres un forense que certifica la muerte del paciente para que el heredero cobre.
—Y tú eres una restauradora que se niega a ver el cadáver.
Fue como una bofetada. Irene abrió la boca y no le salió nada, porque las dos frases eran ciertas a medias y ambos lo sabían.
—Escúchame —dijo él, más suave—. Ayer estuviste a treinta centímetros de morir bajo un trozo de yeso.
No estoy diciendo que haya que demolerlo.
Estoy diciendo que ya no puedes mirar para otro lado.
Y si de verdad quieres salvarlo, lo primero que necesitas es alguien que sepa exactamente qué está fallando.
Yo puedo ser ese alguien. O puedo ser el que redacta lo que quiere el alcalde. Depende de si me dejas ayudarte.
—No te creo.
—No te lo pido.
—Si me ayudas y luego firmas la demolición, será peor.
—Si te digo que no lo haré, me creerás menos que si te digo que firmaré lo que sea verdad. —Se encogió de hombros—. Es lo único que puedo prometerte. Que los números serán honestos.
Irene lo miró, con el viento revolviéndole el pelo. Tenía razón, y lo sabía, y eso era exactamente lo que más le molestaba de él.
Buscó en el bolsillo del mono. Sacó una entrada del Coliseo, una de las viejas, de cartón azul, de las que su abuelo guardaba por rollos en el cajón de la taquilla: COLISEO — Sesión de tarde — Butaca general. Sacó un lápiz. Escribió algo en el reverso, con la letra apretada y furiosa.
Se lo tendió.
TREGUA. Treinta días. Sin portaminas. Sin trapos. Sin nombrar la ermita. Válida hasta el pleno.
Adrián leyó el papel una vez, despacio. Después otra. Levantó la vista.
—¿Puedo hacer una enmienda?
—No.
—«Sin nombrar la ermita» va a ser difícil de cumplir.
—Pues aguántate.
Él sacó su propio lápiz de detrás de la oreja, escribió algo debajo, y le devolvió la entrada. Con su letra de ingeniero, pequeña y recta:
Aceptada. A.R.
Irene la guardó en el bolsillo. Sintió el cartón contra el muslo, ligero como una promesa, el resto de la tarde.