Capítulo 6 — Adrián
La tormenta llegó el jueves a las nueve y cuarto de la noche, sin avisar, como llegan las cosas que se saben desde hace días.
Adrián estaba en el Bar Marinero con un plato de tortilla y el portátil abierto, revisando cifras, cuando la primera ráfaga sacudió el toldo con un golpe de escoba.
Casimiro, el sordo, levantó la cabeza. Pilar cruzó el bar en tres zancadas y bajó la persiana de la puerta.
Fuera, el mar había empezado a hablar en voz alta.
Nico irrumpió por la puerta trasera, empapado y sin aliento.
—El techo. El techo del cine. Está entrando agua por todos lados y Irene está sola.
Adrián ya se había levantado. No recordó haberlo decidido. Recordó, sí, cerrar el portátil, coger el casco de la silla, y la mirada de Pilar clavada en su espalda mientras salía a la lluvia.
El Coliseo, bajo el aguacero, tenía algo de barco a punto de zozobrar.
La puerta lateral estaba abierta. Dentro, una cortina de agua caía desde la claraboya rota sobre el pasillo central, y en mitad del desastre, en lo alto de una escalera, Irene luchaba contra una lona de plástico negro que el viento le arrancaba de las manos.
—¡Baja de ahí!
—¡La lona!
—¡Que bajes!
Ella bajó, resoplando, con el pelo pegado a la cara y los ojos brillantes de furia.
—El friso —dijo—. Está justo debajo del canalón. Si el agua le da...
—Vale. Escúchame. —Adrián la agarró por los hombros, sin pensar, y la obligó a mirarlo—.
Lo primero, la lona sobre el friso. Lo segundo, cubos bajo la gotera principal.
Yo subo a la cubierta por la trampilla del escenario y tapo la claraboya desde fuera.
Tú aguantas la escalera y no te mueves de aquí. ¿Entendido?
—Yo no recibo órdenes de...
—¿Quieres salvar el friso o quieres ganar esta discusión?
Ella abrió la boca. La cerró. Asintió una sola vez, con un gesto seco.
Trabajaron durante cuarenta minutos sin cruzar más de cinco frases.
Él subió por la trampilla, resbaló en las tejas, se agarró con las dos manos a una viga y consiguió, con la ayuda del cordón de un cortinaje y una cantidad de improperios que su madre no habría aprobado, asegurar la lona sobre el hueco.
Cuando volvió a bajar, con la gabardina hecha una esponja y las gafas empañadas, Irene había colocado doce cubos, tres barreños y una bañera de plástico que Dios sabía de dónde había sacado.
—Tú también estás empapado —dijo ella.
—Lo sé.
—Puedes quitarte la corbata, ya no sirve de nada.
—La corbata la llevo por principios.
—Tus principios están chorreando.
Y de pronto los dos se estaban riendo, agotados, sin fuerzas, con las espaldas apoyadas en la misma columna de fundición, mientras la lluvia seguía golpeando el techo como si quisiera entrar.
Fue entonces cuando Adrián oyó el crujido.
No era un crujido cualquiera. Lo conocía.
Lo había oído tres veces en su vida, en tres obras distintas, y no se le olvidaba: era el sonido de un material cediendo en silencio, una fibra que se rinde.
Levantó la cabeza. La cornisa del anfiteatro, sobre la fila siete, bailaba con un temblor casi imperceptible.
Irene estaba justo debajo.
—Irene. —Su voz salió muy tranquila—. Ven aquí.
—¿Qué?
—Ven aquí ahora mismo.
—Estoy colocando este cubo, no...
No esperó a que terminara. Se lanzó, la agarró por la muñeca y tiró de ella con toda su fuerza, y los dos cayeron hacia atrás sobre las butacas del pasillo.
Un instante después, un trozo de cornisa del tamaño de una maleta se desplomó sobre el lugar exacto donde ella había estado de pie, y estalló contra las tablas en una nube blanca de yeso y escombros.
Durante unos segundos no se oyó otra cosa que la lluvia.
Adrián se dio cuenta, con una claridad casi dolorosa, de tres cosas a la vez.
Que estaba tumbado sobre un asiento roto con Irene Sarmiento medio encima de él.
Que ella temblaba. Y que él tenía una mano cerrada en su cintura y la otra hundida en su pelo mojado, sin haber tomado la decisión de ponerlas ahí.
—Estás bien —dijo, y era una pregunta y una orden.
—Estoy bien.
—Podría haberte matado.
—Lo sé.
—Podría haberte... —No pudo acabar. La rabia, la que llevaba cuatro días conteniendo, se le subió a la garganta—. No vuelvas a hacerme esto.
—No es asunto tuyo —murmuró ella, muy cerca, con la respiración tibia en su barbilla.
—Sí lo es.
—Adrián...
Era la primera vez que decía su nombre sin que sonara a insulto.
Él lo oyó como se oye una cerradura abriéndose.
Sus caras estaban a un palmo, y ella tenía una gota de agua colgando de la pestaña, y los ojos, esos ojos de un pardo verdoso que a los veinticuatro años le habían parecido los de una enemiga, lo miraban con una mezcla de miedo y algo que no era miedo.
La puerta lateral se abrió de golpe.
—¡Traigo el generador! —gritó Nico desde el fondo de la sala, arrastrando un armatoste con ruedas—. ¡Y tres linternas! ¿Estáis...?
Se detuvo. Miró la nube de yeso. Miró las dos siluetas caídas entre las butacas, tan juntas, tan poco necesitadas de linterna.
—Yo voy a esperar fuera —dijo.
—No hace falta —contestaron los dos al unísono, y se pusieron de pie a toda prisa, cada uno por su lado, sacudiéndose el yeso con una energía que no engañó a nadie.
Adrián volvió a la pensión a las once, calado hasta los huesos. Se dio una ducha con el agua tan caliente que le dolió. Estuvo un buen rato con la frente apoyada en las baldosas.
Tenía cinco semanas. Tenía un informe redactado por otro. Tenía la muñeca de una mujer grabada en la palma de la mano, como una quemadura.
Mantener el objetivo, pensó.
Y el objetivo, esa noche, ya no tenía muy claro cuál era.