Capítulo 5 — Irene
A las nueve menos diez, Adrián Roca apareció en el vestíbulo con las suelas de los zapatos cubiertas de un barro grisáceo que no existía en ningún lugar de Puerto Vallín salvo en el callejón de los contenedores.
Irene lo vio desde lo alto de la escalera y necesitó toda su voluntad para no delatarse.
Había dormido mal, con la cabeza dándole vueltas al crujido de la tabla y a la silueta larga en la puerta.
Había pensado en un ladrón. Después, con la primera taza de café, había pensado en un ladrón con gabardina.
Después había dejado de pensar en ladrones.
—Buenos días —dijo él.
—Buenos días. ¿Has dormido bien?
—Como un tronco.
—¿Has salido a pasear?
—No. —Pausa—. Un poco. Al puerto.
—Qué agradable. Con la humedad que hay, se te ha puesto un color de barro que te favorece.
Él se miró los zapatos con el gesto de un hombre a quien acaban de decirle que se le ve la ropa interior. Irene bajó los peldaños canturreando, con un aire de inocencia tan perfecto que se enorgulleció de sí misma. Le tendió el taladro.
—Hoy taladras donde yo te diga.
Le marcó con lápiz cinco puntos a lo largo de la grieta del anfiteatro. —Si te tiembla la mano...
—No me tiembla a mí —dijo él—. Te tiembla a ti, que te pones tensa cada vez que alguien agarra un taladro delante de una pared con historia.
—Llevo veinte años restaurando. Me pongo tensa con razón.
—Lo sé. Lo estoy notando en el codo.
Irene se miró el codo, que estaba, efectivamente, rígido como una escuadra, y lo aflojó con dignidad ofendida.
Él instaló los fisurómetros con la concentración de un relojero: unas piezas de plástico transparente, con una escala milimetrada, que se pegaban a cada lado de la fisura para medir cuánto se separaba con los días.
Irene sostenía la lámpara. Ninguno hablaba.
El único sonido era el zumbido corto del taladro y el jadeo de las tablas del anfiteatro bajo sus pies.
En el cuarto punto, el yeso se desprendió en una placa del tamaño de una mano y cayó a cámara lenta sobre las tablas.
—Perdona —dijo él—. Se ha ido sola.
Irene no contestó. Estaba mirando el hueco.
Debajo del yeso, en el muro, había color.
Un verde marino, aplicado con plantilla, con una línea dorada que se enroscaba en una curva perfecta.
Se le cortó la respiración de una manera tan poco profesional que se avergonzó de sí misma.
Dejó la lámpara en el suelo, agarró de su bolsa un bastoncillo de algodón y una botellita con agua desionizada y, sin decir una palabra, se puso a limpiar el borde del hueco.
—¿Qué es?
—Un friso. —Le temblaba un poco el pulso—. Art déco. Un friso de sirenas o de olas, no sé todavía. Lo taparon en los años sesenta con yeso, para modernizar. Mi abuelo me lo decía. Decía que debajo de la sala había otra sala. Yo pensaba que era una de esas cosas que decía.
—Acércame la luz.
Ella lo miró. Él se había agachado a su lado, con el casco echado hacia atrás y las gafas arrugando una ceja, y le estaba sosteniendo la lámpara en el ángulo justo, rasante, para que la luz hiciera resaltar el relieve de la pintura.
Era un gesto de una delicadeza inesperada.
Sabía dónde colocarla. Nadie se lo había enseñado, o alguien se lo había enseñado hacía mucho.
—Más bajo —dijo ella.
—¿Así?
—Sí.
Se quedaron con las cabezas casi juntas, ella limpiando, él alumbrando, y a cada pasada del algodón el muro devolvía un poco más de aquel mar antiguo. Una cola de sirena. Una escama dorada. Las tres notas de una melodía que llevaba sesenta años sin sonar.
—Lo haces como si fuera a dolerle —dijo Adrián en voz baja.
—A veces duele.
—A la pintura, no.
—A quien la pintó. —Se detuvo—. Alguien se pasó semanas subido a un andamio, aquí, con un pulso como este. Y nadie se ha acordado de su nombre.
Notó que él la miraba. No de reojo, no con la cautela con que se mira a un enemigo, sino de frente, con una atención cuya intensidad la desconcertó.
—Tienes razón —dijo él—. Se ve la mano.
Y esa frase, tan sencilla, tan inofensiva, estuvo a punto de desarmarla. Irene se puso de pie de un salto, sacudiéndose el mono.
—Hay que protegerlo. Voy a cubrirlo con papel japonés para que no se levante. No lo toques.
—No lo voy a tocar.
—Ya. Es lo que dicen todos. Tú tocas cosas hasta que se caen.
—Irene.
—¿Qué?
—Solo quería decir que es muy bonito.
Ella se quedó mirando el friso, la cola de sirena, la línea dorada. Le ardían los ojos. Se lo achacó al polvo.
—Sí —dijo—. Lo es.
Se separaron enseguida, cada uno a su parte de la sala. Pero durante todo el resto de la mañana, con una precisión que la irritó, Irene fue consciente de dónde estaba él en cada momento, como quien es consciente del sitio exacto de una escalera de mano en una habitación a oscuras.